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1 de septiembre de 2005 | #915

La campaña electoral

La campaña electoral ha sido el detonante que ha expuesto abiertamente la crisis larvada del peronismo. Está en disputa el control de un aparato acéfalo, que además está dividido en numerosas fracciones. Se dirime también el escenario para la sucesión presidencial, que debería tener lugar en el 2007. Los que se quejan por la ausencia de un debate programático simplemente no tienen en cuenta que las elecciones, aunque están referidas al Congreso y se disputan por distrito, envuelven una crisis de poder. El peronismo, que se jacta de ser el único capaz de timonear el Estado y de haber encaminado la salida a la crisis de 2001, ha vuelto a descubrir que es la víctima privilegiada de su completo fracaso como fuerza de gobierno, pues es el verdadero responsable de la debacle que volteó a De la Rúa. Para cumplir las nuevas funciones que les dicta la crisis, estos ex menemistas han tenido que cambiar la camiseta y algunos hasta se declaran ‘setentistas’. Cuando la burguesía se ve obligada a cambiar de frente (en el caso argentino como consecuencia de una crisis colosal) no ahorra demagogia.

La burguesía y sus políticos

La prensa en general y los medios empresarios en su mayoría no han vacilado en exhibir su contrariedad por la disputa entre Kirchner y Duhalde. Alegan que es un factor de desgobierno. Desconfían, por otra parte, de que las consecuencias de una victoria de la camarilla del presidente entrañe, no un reagrupamiento de fuerzas en torno a Kirchner, sino una mayor división del peronismo y una mayor división política en general. Por razones diferentes, Lavagna y Scioli, de un lado, y Bielsa, del otro, han expresado esta posición. Es decir que el propio gobierno se encuentra dividido en relación a esta disputa.

El azuzamiento al gobierno para que reprima a los piqueteros de parte de los medios de comunicación y de la oposición política, es un elemento subordinado de la crisis y está condicionado por los enfrentamientos en el peronismo. A los que hacen antipiqueterismo no les importa el tránsito (que es un caos como consecuencia de la anarquía capitalista en el transporte y de la quiebra de hecho de sus empresas), ni mucho menos los derechos de los demás, que pisotean cotidianamente. Fundamentalmente, tratan de demostrar que la política de romper los puentes con el duhaldismo podría afectar la gobernabilidad. La campaña es, por esta razón, no solamente impulsada con entusiasmo por la esposa de Duhalde y por Patti, sino por los alfonsinistas, Macri y Carrió. Incluso los politiqueros del Encuentro Amplio, que prohijó el partido comunista, disparan sus dardos contra los piquetes y la lucha del Garrahan.

Política y economía

A la burguesía le molesta lo que ella llama el ‘ruido’ político, porque no quiere que estos enfrentamientos perjudiquen sus negocios. La renegociación de la deuda externa de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, ya ha abierto una nueva crisis con los acreedores del exterior; la Legislatura, sin embargo, no ha podido acordar todavía la designación del nuevo presidente del Banco Provincia. Lo mismo vale para la obligación que tiene el gobierno de conseguir la aprobación del Congreso para los nuevos contratos con las privatizadas. En todas las ramas de los negocios hay conflictos patrimoniales, derivados de la crisis del 2001, que exigen un arbitraje claro del Estado, que podrían ser perturbados por los enfrentamientos entre las camarillas. Pero del mismo modo que la bancarrota de hace cuatro años tuvo como consecuencia un nuevo reparto de poder entre los grupos económicos capitalistas, la responsabilidad política de los partidos patronales en ese derrumbe también debe provocar un nuevo reparto de poder político, el cual tiene inevitablemente que ocurrir por medio de enfrentamientos, escisiones políticas, desplazamientos de unas camarillas por otras y, en general, un sacudimiento de toda la estructura del Estado. Las denuncias de desgobierno de parte del duhaldismo reciben la réplica gemela de conspiración golpista de parte del kirchnerismo. Las cartas están marcadas: no hay mejor prueba de golpismo que una acusación de ingobernabilidad, ni mejor prueba de incapacidad de gobierno que la acusación de que los opositores son golpistas.

La crisis política que ha puesto al desnudo la campaña electoral se encuentra en contradicción, es cierto, con la llamada recuperación económica. La sociedad capitalista se encuentra más cohesionada que dos años atrás y mucho más que hace cuatro años. Pero esa contradicción se disipa largamente cuando se consideran los límites de la recuperación sobre el tejido social e incluso cuando se tienen en cuenta sus perspectivas. La ‘recuperación’ ha acentuado la explotación y la miseria sociales y ha solidificado la cuestión de la pauperización y la lucha contra el empobrecimiento como un factor político. Cuando los Fernández o Bielsa reclaman que los piqueteros no transgredan el límite de lo ‘social’, están pidiendo algo imposible, pues la cuestión del empobrecimiento ha ganado al conjunto de la sociedad. Es razonable que les preocupe que un problema que el capitalismo tenía encuadrado dentro del asistencialismo se haya transformado en un factor de presión de las masas hambrientas sobre el Estado. Pero esto no ocurre solamente en Argentina. La politización de la pobreza es un enorme progreso de las masas.

También están los límites de esta recuperación, que está fuertemente condicionada por los precios internacionales de algunos productos. Ya existen síntomas, en la actualidad, de que la tendencia alcista de los precios podría estar cambiando de dirección. También podría estar cambiando de rumbo la política de dinero fácil que han venido aplicando los principales bancos centrales. Una combinación de crédito caro y precios de exportación en caída pondrían un fin a la ‘recuperación’.

Tienen la sartén por el mango

La versión de que habría desgobierno o una crisis de gobernabilidad incipiente es, sin embargo, totalmente interesada; es un macaneo ideológico de las camarillas en disputa. Dos grandes factores la desmienten: las ganancias extraordinarias de todos los sectores capitalistas, de un lado, y el éxito del gobierno en imponer, por medio de la burocracia sindical, unos 600 convenios colectivos en perjuicio de los trabajadores. El 60% establece básicos inferiores a los 600 pesos, lo que significa la consolidación de un nuevo piso de explotación de la clase obrera. Combinado con la situación en que han quedado el 55% de los trabajadores en negro, Duhalde-Lavagna, primero, y Kirchner-Lavagna, después, han convertido a Argentina en un paraíso del capital. No se trata solamente de que han impuesto una determinada ‘política económica’; han estructurado, igualmente, un régimen político capaz de imponer esa orientación económica. Cooptación de piqueteros truchos, de la CGT; cooptación o neutralización de la CTA (¡Ctera!); cooptación de hecho de gran parte de la izquierda (Binner y el Encuentro de Rosario).

El gobierno ha comprado adicionalmente este apoyo de la burguesía. Ha diseñado un programa de subsidios y exenciones de impuestos para 24 ramas de la producción y del comercio. Ha establecido por decreto la asociación pública-privada, que significa destinar a fondo perdido una parte del presupuesto del Estado en beneficio de los pulpos (¡debe cotizar en la Bolsa!). Subsidia a la ‘cadena automotriz’ con 6.000 millones de pesos al año y acaba de dictar un decreto de subsidio para la biotecnología. Aplica a rajatabla la consigna de ‘reconstruir la burguesía nacional’ sobre las espaldas del pueblo, no a costa del capital extranjero. Está diseñando un decreto de ‘incentivos’ para la exploración petrolera en el mar continental. Es cierto, como se puede ver, que el kirchnerismo ha restablecido la ‘centralidad del Estado’, como han venido pidiendo nacionalistas e izquierdistas. Esta ‘centralidad’ le cuesta a los trabajadores el pan y el trabajo.

Frente único contra la clase obrera

La ausencia de un debate programático no sólo obedece a la ofuscación de la crisis política; también responde a que los candidatos más cotizados apoyan la orientación oficial. Apoyaron el canje de deuda (y hasta el dólar alto y la política del Banco Central) y apoyan, especialmente, la liquidación de los subsidios sociales para entregar a los desocupados como fuerza de trabajo a precio vil, en especial en el trabajo agrario, en el comercio y en la construcción. La ‘pasión’ de Carrió por las madres sin trabajo (que nunca pasa de dos o tres billetes de cincuenta pesos) apenas oculta su ambición de entregar a quienes tienen aptitud laboral, en especial los jóvenes, a la voracidad capitalista (cristianamente bautizada la ‘cultura del trabajo’). Las divergencias programáticas tienen que ver con el futuro de la economía, de modo que no pasan de conjeturas y son fuertemente ideológicas, o sea distorsionadas.

Las encuestas de opinión no son abundantes y además poco confiables. Nada menos que Aurelio y Rouvier admitieron que sus empleados no van a las villas y los barrios pobres. Pero incluso si se confirma que el kirchnerismo le gana por 20 puntos al duhaldismo en la provincia de Buenos Aires, el conflicto estará lejos de haberse zanjado. Apenas entrará en una nueva fase (en la Capital la mayoría de las encuestas lo da tercero; en Santa Fe pierde; y en otras provincias gana a través de un intermediario). El kirchnerismo ya se bajó del ‘plebiscito’ y ahora anuncia que va a bajarse de la denuncia de golpismo. Empezó con los botines de punta, se va arrugando como piel de gallina y en poco tiempo empezará a rosquear de nuevo con sus ‘enemigos’.

Nuestra política

Del conjunto de elementos expuestos se concluye que la campaña electoral está dominada por la burguesía, pero su agenda pública no logra superar el escenario de la crisis peronista. Los trabajadores disputan la agenda de los capitalistas por medio de luchas parciales y consiguen plantar en el debate la gran reivindicación del salario mínimo igual al costo de la canasta familiar y, en los últimos días, la exigencia de una paritaria de las organizaciones desocupadas y el Estado. Pero esta lucha no tiene, en el plano electoral, la representación adecuada a sus dimensiones. Una parte de los que luchan es abstencionista, es decir que le deja libre a la burguesía el terreno de lucha por la conquista de los sectores que aún no intervienen en esas luchas. El rechazo de la izquierda democratizante, por otro lado, a un frente de izquierda que polarice con el gobierno, expresa precisamente una estrategia política que no quiere presentarse en nombre de los trabajadores en lucha, de su agenda y de sus métodos. ¿Qué significan sino las candidaturas de un Rivas, un Basteiro o un Cafiero, o las alianzas con carreristas políticos en varias provincias? La ruptura de IU ha parido dos engendros de características similares, que por otra parte no pasan de una expresión localizada y que ya ha entrado en crisis, como lo demuestra el portazo de Alicia Castro. Esa misma ruptura es la expresión del agotamiento de una tentativa de conciliar una política de adaptación al Estado capitalista con una verborragia ‘luchista’.

Las encuestas sólo le otorgan una representación parlamentaria a nuestro partido en Salta, e incluso un incremento de votos en esa provincia. Las ‘primarias’ en Santa Fe reflejaron un considerable progreso en el cordón industrial, lo mismo que la Constituyente de Santiago del Estero. Esas mismas encuestas indican la posibilidad de acceder a una representación en la Legislatura porteña. Con relación a la provincia de Buenos Aires las encuestas brillan por su ausencia o por su confusión. De todos modos, nuestro partido ha logrado proyectar a nuestro líder sindical y piquetero, Néstor Pitrola, como un dirigente político, en el mismo momento en que participa activamente de la lucha de su sindicato y de la dirección del Polo Obrero y del Bloque Piquetero. Para cualquier partido obrero esto sería una conquista de peso, lo es para nuestro partido. Se trata, precisamente, de aquello que la burguesía busca impedir o neutralizar, que los activistas obreros (sociales) se transformen en los cuadros políticos de su clase.

La campaña electoral será usada de nuestra parte para clarificar esta situación y los límites insalvables de la salida que los partidos patronales y en especial el peronismo pretenden imponer y que sólo pueden intentar por medio de crisis y choques. El contenido de nuestra campaña será darle alcance nacional y general a la agenda de los trabajadores en lucha, en todos los casos en que tenga un potencial de transformación social y de desarrollo político para los propios trabajadores. Sobre esta base nuestra campaña electoral será también una campaña de reclutamiento, porque en definitiva la crisis en curso es solamente un ensayo general de crisis próximas de mayor envergadura. Denunciaremos el derrotismo de la izquierda, que es precisamente lo que ella esconde cuando presenta su sometimiento a políticos patronales secundarios como un triunfo. Procuraremos por medio de la lucha política ganar a los luchadores abstencionistas y, más que eso, iniciar con ellos y con todos los luchadores un debate para construir un partido obrero sobre la base de las nuevas condiciones creadas por la crisis y por la irrupción de una nueva generación de luchadores.

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