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17 de noviembre de 2016 | #1437

Brotes xenófobos (que de verdes no tienen nada)

Por Jacyn
El gobierno se encuentra preparando un decreto de “endurecimiento” de los controles migratorios. Incluiría un reforzamiento de los controles fronterizos y medidas para propiciar “la aceleración de la expulsión de los inmigrantes irregulares” y la habilitación de lugares de retención hasta la deportación (Clarín, 12/11).
 
Según fuentes del gobierno, para el oficialismo, la vía del decreto sería preferible “a un debate legislativo con destino incierto” (ídem, 13/11). Sin embargo, los primeros pronunciamientos de los bloques parlamentarios del PJ y el Frente Renovador fueron favorables a la iniciativa. Por su parte, Stolbizer dijo que el planteo era “demagógico y peligroso”, aunque ha sido el caballito de batalla de su nuevo socio político, Sergio Massa.
 
La ofensiva xenófoba cobró impulso a partir de las declaraciones del jefe del bloque de senadores del PJ, Pichetto, contra las “lacras” de Bolivia y Perú.
 
Poco antes, el programa de Jorge Lanata emitía un “informe” sobre una supuesta invasión de estudiantes latinoamericanos en (los posgrados pagos de) la UBA y sobre hordas de paraguayos que viajarían especialmente a la Argentina para parir en nuestras maternidades y abarrotarse de medicamentos contra el Sida.
 
Al gobierno de Cambiemos, que montó sucesivas campañas contra cualquiera que traspasara la General Paz para atenderse en los hospitales públicos de la Ciudad o inscribir a sus hijos en las escuelas porteñas, no le costó mucho recoger el guante. Por su parte, los gobiernos de Misiones y Chaco establecieron convenios de compensación económica con el gobierno de Paraguay por el uso de su infraestructura hospitalaria.
 
Capitalismo e inmigración
 
Estos ataques cumplen la doble función de dividir a la clase obrera y de acentuar las condiciones de súper-explotación de los trabajadores inmigrantes. La presión policíaca sobre ellos los empuja a aceptar condiciones aún más miserables de subsistencia, mientras se discute una nueva reforma laboral flexibilizadora. La xenofobia oficial complementa el ajuste. Asertos como los de Lanata son la punta de lanza para justificar el arancelamiento de los hospitales y universidades.
 
Durante los gobiernos K, que se caracterizaron por una enorme apertura al trabajo precario, industrias como la textil consolidaron su basamento en el trabajo semi esclavo de los inmigrantes. En el caso de la comunidad boliviana, se produjo una diferenciación social entre los dueños de los talleres -en los cuales las grandes marcas tercerizan su producción– y sus compatriotas, conchabados por salarios de pobreza más la comida y el alojamiento, en el mejor de los casos.
 
El rechazo a los inmigrantes en nombre de la defensa del “trabajo argentino” o del presupuesto nacional es una farsa.
 
La regulación de las olas migratorias está sometida a las necesidades del ciclo capitalista. En  etapas de expansión, los países compiten por captar flujos de inmigrantes. En épocas de crisis, son expulsados o sometidos a aceptar las peores condiciones de existencia. En un país despoblado como la Argentina, el rechazo a la inmigración es la confesión de un fracaso histórico de su burguesía. “Gobernar es poblar”, decía Sarmiento.
 
Los arranques de los xenófobos criollos reproducen a pequeña escala la ofensiva fascistizante de Trump contra la población latina en Estados Unidos y la hostilidad de los gobiernos europeos hacia los refugiados de las guerras imperialistas de Medio Oriente.
 
El problema no es la inmigración -sea entre países limítrofes, del campo a las ciudades o de la periferia a las metrópolis- sino la organización social capitalista que pauperiza a los trabajadores, más allá de cualquier frontera.

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