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17 de julio de 2017

El programa de Cristina, flojito de papeles

El enorme descontento popular y las fuertes luchas sociales contra el ajuste de Macri dan marco a la operación electoral de Cristina que, ausente de apoyos orgánicos de sectores de la burguesía, da rienda suelta a la demagogia nac&pop y al “volveremos”, como si sus socios políticos no fueran parte de quienes votaron las 84 leyes macristas en el parlamento, con mayoría del FpV en el Senado. Como si sus gobernadores no fueran parte del ajuste en las provincias, desde Vidal hasta Alicia Kirchner –quien acaba de reprimir a los docentes que ocupaban el Ministerio de Educación de la provincia de Santa Cruz. O ignorando que el 13 de junio firmaron junto a Macri  el “Pacto Federal Minero” –un verdadero estatuto colonial de la entrega de los recursos y el medio ambiente, de los más permisivos y privatistas del planeta– desde Urtubey hasta Alicia Kirchner, pasando por la catamarqueña Corpacci.
 
Por otro lado, Randazzo, considerado hoy “traidor” por la militancia K, siendo ministro de Cristina fue el autor de la ley de ferrocarriles, de última generación privatista, aplaudida en su momento por Pinedo y Sturzenegger, porque permite la adquisición de formaciones a las corporaciones capitalistas para circular por las vías estatales. Un curro completado por los acuerdos privatistas y desindustrializadores de importación ferroviaria con China, camino seguido ahora por el mismísimo Macri.
 
Cristina denuncia a Macri por “romper el contrato electoral”, algo relativo desde el foco nacional y popular, porque devaluó levantando el cepo, pagó puntualmente el negociado escandaloso del dólar futuro, hizo el pacto con los buitres, entregó los recursos petroleros como estaba previsto, hizo un blanqueo que ya había hecho Kicillof, empezó a quitar los subsidios en las tarifas en beneficio de las privatizadas -que antes disfrutaban de los subsidios del Estado kirchnerista- y duplicó el festival de Lebacs que empezaron Kicillof y Vanoli. Eso sí: perpetuó el Impuesto a las Ganancias y había prometido eliminarlo; pero es algo de lo que Cristina no puede acusarlo, porque el “Impuesto al Salario” es marca registrada de la confiscación kirchnerista de los salarios, cuestión que inclinó a muchos trabajadores (defraudados) a votar a Macri en el ballotage. Es más fácil, para Cristina, acusarlo de romper el contrato electoral que caracterizar el programa macrista, que tiene infinitos puntos de contacto con la política de ajuste aplicada por el kirchnerismo, especialmente, en los últimos años.
 
Marketing y represión
 
Cristina acusa al macrismo de valerse del “marketing electoral”, pero ha copiado íntegramente a Durán Barba, no sólo por sus escenarios circulares, sino por sobre todo por esconder bajo la alfombra a los 48 intendentes, veteranos barones del pejotismo bonaerense que vienen de los tiempos de “Coppola Duhalde” –como ella lo llamó–; sólo que en algunos casos se trata de los hijos de aquellos o de algunos de sus herederos políticos. La Unidad Ciudadana es el nombre del nuevo marketing cristinista, que siguió al “Partido Transversal” de D´Elía y Cía, a la “Concertación Plural” con el liberal de la derecha radical Cobos, al Frente para la Victoria que fue el nombre de la vuelta al PJ. La nueva mutación llega ante la disgregación nacional del FpV, con expresión en sólo cinco provincias, y busca ocultar a los Boudou, Aníbal Fernández, De Vido y siguen firmas –aunque Fernanda Vallejos, en su primera aparición pública, arruinó el marketing nac&pop al reivindicar a Boudou como un mártir perseguido del “espacio”.
 
Citando a Perón (“la única verdad es la realidad”), CFK acusa a Macri de “en menos de un año y medio endeudarnos por casi 100.000 millones de dólares”. Cierto; con el Presupuesto y el pacto buitre aprobado por los muchachos del FpV, de Massa y de Bossio, por supuesto. Pero Cristina olvida que ella tomó el gobierno con 140 mil millones de dólares de deuda y lo dejó con 240 mil millones, tras el pago “serial” de 180 mil palos verdes, de los cuales pagó 100% al Club de París e indemnizó a Repsol, vaciadora de YPF, en uno de los premios a la rapiña imperialista que pasarán a la historia de la sumisión nacional.
 
Su extenso programa nos dice que “Como nunca se había visto desde el advenimiento de la Democracia en 1983, se ha instalado en nuestro país la persecución política a través del Estado en articulación con los medios de comunicación. Sin embargo en esta etapa histórica, a diferencia de lo ocurrido en las Dictaduras, aparecen nuevos actores para cubrir la tarea que desempeñaron –en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional– las Fuerzas Armadas y de Seguridad.” Se olvida de Milani, el Proyecto X (que sigue vivito y coleando), de la Ley Antiterrorista (intocada) y del alineamiento fundacional del kirchnerismo, -recordemos a Néstor en la ONU-, con la llamada “política antiterrorista” de Bush y el envío de tropas a Haití, por cuenta y orden del imperialismo.
 
Salario y jubilaciones
 
La representante de la “década ganada”, que dejó un tercio de los trabajadores en negro y la mitad de la población trabajadora precarizada, con un salario promedio en un 40% de la canasta familiar y el impuesto al salario para los que arriman a esa canasta, propone “declarar la emergencia laboral, prohibir los despidos por un año y un aumento de emergencia del salario mínimo”. Pero durante su gobierno, por su iniciativa, en 2014 se aprobó una “ley de blanqueo laboral” con rebajas de costos laborales como los que plantea Macri y que no blanquearon a nadie. Cristina dejó 11,5 millones de pobres y se agregaron dos millones más como resultado de esta política.
 
En los puntos, Cristina denuncia a Macri por “no cumplir el 82%” para los jubilados (que ella vetó). Oculta que era el 82% del salario mínimo, su nivel aproximado actual –ambos, una miseria. Junto a Massa y Bossio, hoy opositores, CFK metió -igual que Macri- la mano en los fondos de los jubilados, cuyo fondo de garantía está empapelado de bonos de deuda pública. El conjunto de la burguesía marcha a la extensión de la edad jubilatoria. Solamente nosotros planteamos devolver el Anses a los trabajadores y jubilados, reponer los aportes patronales que rebajó Menem y liquidar el trabajo en negro para un aumento de emergencia y reponer el 82% móvil del mejor salario.
 
Cristina propone “defender las empresas públicas”. Otro embuste, porque mantuvo todas las jugosas privatizaciones, a excepción del Correo, Aguas y Aerolíneas –las empresas que, quebradas, nos tiraron por la cabeza el grupo Macri, la francesa Suez y Marsans, respectivamente. Si se refiere a YPF SA de Bolsa, tiene el 49% en manos de Soros y otros jugadores del capital financiero, y el Estado controla por tanto sólo el 16% de la producción petrolera nacional, en función de la política de hidrocarburos del pacto YPF-Chevron. Nada para rescatar; encubre que el kirchnerismo fue un régimen de prolongación de las privatizaciones, con la excepción de las AFJP, para disponer los fondos del Anses para los bonos de la “deuda intraestatal” que caracterizaron los últimos años de su administración.
 
Contra el ajuste, votemos al Frente de Izquierda
 
En resumen, el programa de la Unidad Ciudadana está flojito de papeles si nos detenemos en cada caracterización y en cada punto. La cuestión es de hierro: Cristina gobernó con la UIA, las mineras y en función del repago de una deuda usuraria e ilegítima que jamás investigó. Su programa no escapa a su base social y hoy, la UIA y los demás hacen eje en la liberalización del capital y en un ataque en regla a los trabajadores mediante una nueva reforma antilaboral y antijubilatoria. En otro orden, la burocracia sindical kirchnerista firmó sin lucha las mismas paritarias a la baja que el resto, y no por casualidad fueron los grandes ausentes de Pepsico.
 
Nuestro programa, basado en una reorganización integral de la economía bajo la dirección de los trabajadores, mediante un gobierno de trabajadores, arranca de cada reivindicación de los trabajadores y de sus luchas. Es decir, se basa en la irrupción de los trabajadores en el escenario nacional para enfrentar y derrotar el ajuste con su fuerza social, algo antagónico a los planes de Cristina, que llamó a sus sindicalistas a cuarteles de invierno, sumándolos a la tregua electoral del conjunto de la burocracia sindical, empeñada en el voto opositor a las distintas fracciones del peronismo, incluida “la pata peronista” de Cambiemos.
 
La “articulación opositora en el nuevo Congreso” que propone Cristina, no escapa –ni podría escapar– al pacto de “paz social” impulsado por el Papa Francisco, hacia la inevitable segunda fase del ajuste contra la clase obrera. Por eso Cristina es indulgente con sus ex jefes de Gabinete, Massa, Abal Medina y Alberto Fernández (jefe de campaña de Randazzo).
 
El voto contra el ajuste es el voto al Frente de Izquierda. Nuestra campaña está al servicio de las obreras y obreros de Pepsico, como antes de AGR, de los docentes, las y los choferes cordobeses y de todas las luchas de la clase obrera. La base social de nuestra perspectiva de poder son los trabajadores.

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