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12 de diciembre de 2017

Macri, el anfitrión tardío de la OMC

Mauricio Macri se ha comprado una misión difícil: ser el anfitrión de una reunión de la Organización Mundial de Comercio que, al igual que las rondas anteriores, podría terminar en un nuevo y sonoro fracaso, después de los pobres resultados de Seattle (1999), Doha (2001) y Hong Kong (2005). Hace pocos días, en ocasión del 70 aniversario del antecesor de la OMC –el Acuerdo general de Aranceles (GATT) firmado en la postguerra– un veterano negociador decía que ”esto se parece más a un velorio que a un festejo” (Financial Times, 4/12). La reunión de Buenos Aires, que el macrismo presentará como su “carnet de entrada al mundo”, será el escenario de un conjunto de disputas por un mercado mundial que no sólo se mantiene bajo la impronta de la crisis inaugurada en 2007/2008. Soporta, además, el escenario de la desaceleración económica y sobreinversión en China, como telón de fondo de todos los antagonismos en el comercio internacional. Por caso, la administración Trump considera que el actual sistema de solución de controversias comerciales de la OMC es “funcional” a las exportaciones de China, a las que acusa de precios predatorios. En represalia, decidió vaciar el organismo de la OMC que se ocupa de laudar sobre este tipo de controversias. En esa línea, el representante comercial de Trump ha reivindicado el carácter “no vinculante” del viejo GATT, anticipando la posibilidad de un régimen de represalias bilaterales que pondría en una severa crisis a la OMC. 

Globalización y OMC

El impasse de la OMC retrata vivamente la crisis de la llamada “globalización”, al influjo de la cual nació este organismo en los años 90. La desaparición de la URSS y la apertura de la restauración capitalista en China abrieron ilusiones ilimitadas en una armonización internacional del comercio y las inversiones, que abriría un largo período de progreso bajo la égida de las grandes corporaciones capitalistas. La “liberalización”, sin embargo, muy pronto mostró sus contradicciones y, particularmente, el papel revulsivo de la restauración del capital en los ex estados obreros, en el marco de un capitalismo en declinación. Un ejemplo de estas contradicciones es el acuerdo sobre liberalización de productos textiles en la propia OMC (2005), que le abrió a China una fabulosa plataforma de exportación sin barreras a los países occidentales. Una parte de la burguesía imperialista saludó esta liberalización, porque contribuía a abaratar la fuerza laboral de sus países por dos vías: proveyendo de vestimentas más baratas a sus obreros, y compitiendo brutalmente con sus salarios y conquistas. Pero esta compuerta muy pronto abrió la amenaza de una penetración más vasta de China, al calor de sus pretensiones de ingresar al mercado internacional en industrias más complejas. Esta tensión se expresa hoy en la negativa de Trump y la UE a que China sea declarada “economía de mercado”, lo que liberaría de las actuales objeciones al agresivo comercio del gigante asiático. El nacionalismo de Trump, sin embargo, no es defensivo: las quejas por el llamado “comercio desleal” están colocadas en la mesa de las pretensiones expansionistas del imperialismo yanqui sobre China: El departamento de Estado apunta a abrir la Bolsa y la banca de ese país al capital extranjero, y también a la privatización de sus industrias estratégicas (lo que incluiría una política de “adquisiciones hostiles”–comprar para cerrar). En vez de “globalización”, asistimos a la  guerra de rapiña por un mercado mundial en crisis.  

Plan B

En medio de este impasse, algunos observadores señalan que, a falta de acuerdos de liberalización comercial de fuste, la reunión de la OMC podría adoptar como agenda un “plan B”: éste incluiría avances en una “política de facilitación de inversiones, comercio electrónico y de servicios”. 

Detrás de estos términos, se oculta el papel de la OMC como factor de opresión: los supuestos “liberalizadores” del comercio no se han privado de someter a las posibilidades comerciales de los países atrasados a un paquete de condiciones despóticas: entre ellas, aceptar el monopolio capitalista sobre la ciencia y la técnica (patentes), a través del cual los pulpos farmacéuticos han privado de salud a millones de personas. Lo mismo ocurre con el comercio agrícola y las semillas modificadas, donde los “liberales” exigen la rendición incondicional ante el monopolio Monsanto. Quienes niegan al imperialismo como categoría histórica, o como una cuestión de “los tiempos de Lenin”, deberían detenerse en el régimen dictatorial y extorsivo que –a través de la OMC– un puñado de países le impone al conjunto de los países más débiles del planeta. 

En este plan B, y en lo que refiere al comercio electrónico, las cosas no serán fáciles entre los grandes bloques: por caso, la UE acaba de aplicarle  una enorme multa a la americana Apple, por eludir impuestos en su enclave informático de Irlanda. 

En previsión de estas trabas multilaterales, el macrismo ha decido avanzar con su propio plan B, junto a Temer, en un acuerdo colonial y bilateral del Mercosur con la Unión Europea. Aunque se anunciará “en el marco” de la reunión de Buenos Aires, este acuerdo confirma la crisis de la OMC –los acuerdos entre bloques, en definitiva, expresan la incapacidad de una liberalización de carácter general. Por el contrario: la UE concibe el acuerdo con el Mercosur como un recurso para contener el avance de China en América del Sur. Inicialmente, el pacto UE-Mercosur consistía en otorgarle una serie de concesiones al ingreso de productos industriales europeos a la región, a cambio de un beneficio similar para productos agrícolas del Mercosur. Nada indica, sin embargo, que la UE acceda a algo importante en este punto. Pero los negociadores argentinos han aceptado reemplazar esta concesión a cambio de la difusa promesa de inversiones en la región. Para ello, el tandem Macri-Temer ofrecería las rebajas impositivas y degradaciones laborales que ya están en la agenda de Argentina y de Brasil. Un periodista de Ámbito Financiero (11/12) asoció este “modelo de inversiones” al acuerdo firmado en Tierra del Fuego con la industria electrónica, donde se incluyó el compromiso sindical –luego rechazado por los delegados obreros– de aceptar un congelamiento de sueldos por dos años. Ello demuestra dos cosas: primero, que la apuesta a las “inversiones” reposa en un ataque a los trabajadores. Segundo, que la ‘supuesta industria’ europea podría ser una mera armaduría o tercerizada de insumos asiáticos. Notablemente, es la misma queja que la UIA ha presentado en relación a las futuras importaciones industriales europeas, donde la preocupación “pasa por evitar que Europa triangule productos de China, India o el sudeste asiático”. (Cronista, 5/12). La UE suma al Mercosur a un acuerdo para frenar a China, pero China se filtra por todos los poros del acuerdo. En suma, la única ‘oferta’ de Macri al mundo supuestamente ‘globalizado’ es el paquetazo de jubileo impositivo a los capitalistas, de un lado, y de degradación de los trabajadores, por el otro. 

Globalofóbicos 

Los críticos globalofóbicos en la Argentina han señalado los aspectos coloniales y despóticos de la OMC, y advierten sobre una “liberalización que viene por todo”. Llamativamente, no se han detenido en el notorio impasse de la Organización, como resultado de la crisis mundial, ni en los arrebatos proteccionistas de Trump o del nacionalismo europeo. El nacionalismo continental no se ha delimitado del nacionalismo imperialista –ver, por caso, los elogios tempranos de Cristina Kirchner a Trump por su “defensa del mercado interior” yanqui. Es un planteo que, en primer lugar, no aprecia la naturaleza reaccionaria y expansionista del proteccionismo imperialista, que busca reforzarse en la lucha por el copamiento del mercado mundial. Pero en el plano continental, el nacionalismo burgués ofrece la autarquía económica y una supuesta integración regional en la cual sus gobiernos han fracasado sin atenuantes. Denunciamos a la OMC a partir de todos los agravios coloniales y antiobreros que encierran sus acuerdos, donde la competencia internacional toma la forma de una lucha por degradar y liquidar las conquistas obreras. En oposición a ello, llamamos a una acción obrera internacional para defender esas conquistas; a la abolición de los acuerdos que conducen a la privatización del conocimiento, de la educación y de la salud; pero principalmente, llamamos a la unidad de la clase obrera del continente e internacional para oponerle a los imposibles acuerdos interimperialistas –que apenas enmascaran a la rapiña y a la guerra– la unidad internacional de los trabajadores. La crisis de la OMC demuestra la contradicción insoluble entre el desarrollo de las fuerzas productivas –que ha superado largamente el marco de las fronteras nacionales– y el carácter nacional de los Estados que actúan como gendarmes de la acumulación de capital de las corporaciones imperialistas. Esa contradicción sólo puede resolverse progresivamente mediante la superación del capital y sus Estados, y una “armonización” mundial bajo la única clase que reconoce intereses sociales comunes –la clase obrera. 

 

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