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19 de mayo de 2018

¿De qué gradualismo hablan?

Los diarios nos anuncian que el FMI apoyaría el “gradualismo” y Macri ha dicho que “el mundo nos pide acelerar las reformas” y estaríamos por lo tanto ante una “aceleración de ese gradualismo”. Más allá de que “el mundo” serían los fondos buitres y capitales financieros especulativos que armaron la corrida cambiaria y la fuga de capitales, se nota que los que plantean así las cosas no viven de un salario en la Argentina, cuya moneda se devaluó un 45% en lo que va del año y tuvo el 9,6% de inflación en el primer cuatrimestre. Esto contra un 15% en cuotas en las paritarias para todo el año y de un aumento del 5,7% en marzo a los jubilados (y planes sociales) desde septiembre hasta el próximo julio.

¿Cuál sería el ´gradualismo´?

Veamos. Desde la aprobación del pacto con los fondos buitres –votado por un Congreso con amplia mayoría pejotista-FpV–, en 2016, Macri aplicó una devaluación de $9 a $16, el tarifazo de ese año, miles de despidos estatales y privados (al tiempo que vetó la llamada ´ley antidespidos´); estableció un presupuesto de ajuste en el gasto educativo y social con la contrapartida de rebaja de retenciones a sojeros y mineras, y logró la aprobación –nuevamente con el voto del peronismo, en sus diferentes variantes– de la ley de perpetuación del impuesto al salario y, a fin del año, de la ley de ART. Por otro lado, las paritarias cerraron en promedio en el 31%, perdiendo 10 puntos aproximados contra una inflación del 41,6%. En 2017, en un año electoral, el gobierno no aflojó las riendas del ajuste y los salarios perdieron otra vez, con un promedio paritario de 21,6% frente a la inflación de 24,8%, nuevos despidos masivos –entre los que vale recordar las grandes luchas de AGR y Pepsico contra el cierre de las plantas respectivas. Ramas enteras de la industria sufrieron una verdadera devastación, como calzado, textiles o gráficos.

Tras la victoria electoral 2017, Macri se envalentona y convoca a los gobernadores, 23 de los cuales –incluida Alicia Kirchner– firman el pacto fiscal que da base a la trilogía de leyes de reforma previsional, tributaria y laboral. La CGT se prende en el pacto y acuerda una reforma laboral de 127 artículos, consensuada con 23 abogados de sus sindicatos, entre ellos “Huguito” Moyano, el menor del clan. Se aprueban las primeras dos y la reforma laboral se posterga luego del tropezón de las extraordinarias de febrero. Peña que había anunciado la convocatoraria a extraordinarias el 28 de diciembre pero éstas finalmente nunca se realizaron, porque tras las jornadas calientes de diciembre, el pejota, a través del mismísimo Pichetto, exigió “que venga la CGT a defenderla”. Pero ya casi no había CGT. El Triunvirato había estallado como consecuencia de la desobediencia masiva de las bases obreras del 14 y 18 de diciembre, que terminó en un cacerolazo.

A esta trilogía de leyes, el Partido Obrero la llamó “plan de guerra contra los trabajadores”.

La postergación de la reforma laboral fue consecuencia de las jornadas de diciembre, que desprestigiaron al gobierno y obligaron a una mínima toma de distancia de parte del PJ. Pero en su lugar empezó a funcionar el tope del 12/15% a las paritarias que acompañaron, transversalmente, todas las burocracias, incluso kirchneristas, como Santa María de porteros (12%), Aceiteros San Lorenzo y más tarde el propio Palazzo. Al mismo tiempo y antes de la corrida cambiaria y la crisis que llevó a los brazos del FMI, tuvimos un desborde inflacionario en el marco de los enormes tarifazos  de este año, que conmovieron a todo el país; de la mano del aumento casi mensual de combustibles y el reguero de despidos, especialmente estatales, que se estimaron en 35.000 a febrero, según datos de la seguridad social.

¿Y el gradualismo?

Se le ha dado en llamar así a ciertos límites puestos en realidad por la resistencia popular y del movimiento obrero. Por ejemplo, el movimiento que llevó a la Corte a moderar los primeros tarifazos en 2016, a las luchas que desplazaron algunos topes paritarios 2016/2017, a la rebelión obrera y los cacerolazos del 18 de diciembre que obligaron a postergar y dividir en leyes parciales la reforma laboral –aunque Macri no se privó del megaDNU de enero.

Lo que tenemos, en realidad, son los fracasos de los ajustes de los primeros dos años. Luego, el fracaso del “plan de guerra”, no obstante que la “opo” votó en ambas cámaras el robo a los jubilados y la reforma tributaria que le roba al Anses y les regala los aportes de los trabajadores a los capitalistas.

El fracaso de las dos primeras fases del ajuste condujo al golpe de los “mercados” contra el Banco Central, contra sus reservas, a la fuga de capitales, al forzamiento de la devaluación, al encarecimiento del crédito argentino en el marco de un nuevo escenario de la crisis capitalista, con el aumento de las tasas y del precio internacional del petróleo.

Con la apelación al rescate ´stand by´ del FMI, un gobierno políticamente en caída libre se apresta a aplicar la tercera fase del “plan de guerra”. El más fuerte, políticamente, de los gobiernos de ofensiva capitalista en América Latina ha tenido que guardar por ahora los planes reeleccionistas de 2019 y ser tapa de los diarios del mundo por caer en las garras del FMI. Todo esto, sin embargo, está muy lejos de “gradualismo” alguno.

La clase obrera no puede ser el ´valet´ de los operativos de recambio capitalista de 2019. Es la única que puede levantarse, con sus métodos y programa, contra el tercer capítulo del plan de guerra. Ellos no son “graduales”, y nosotros tampoco podemos serlo.

Paro activo nacional y plan de lucha, para derrotarlos con los métodos de la huelga general. Congreso de delegados mandatados por las bases de todos las centrales y sindicatos, para imponerlo.

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