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15 de junio de 2018 | #1506

Lo que deja esta enorme victoria popular

La media sanción del aborto legal fue arrancada bajo la presión de una inmensa movilización popular, que le imprimió un envión decisivo al ya ascendente movimiento de la mujer en estos años. El gobierno de Macri terminó accediendo a abrir la discusión parlamentaria sobre el aborto legal en vísperas del pasado 8 de marzo. Lo hizo para zafar de una posible sesión especial del Congreso en esa fecha, que hubiera tenido lugar bajo el cerco de una movilización multitudinaria. Pero la decisión de “abrir el debate” -o sea, de fugar hacia adelante-, concluyó en el mismo punto: este miércoles, los diputados deliberaron con el telón de fondo de una movilización que algunos calculan en un millón de personas. Bajo esta presencia contundente, quedaron enterradas las maniobras del clero, el Estado y los partidos que, antes y ahora, conspiraron contra esta reivindicación fundamental.
                                                            
Crisis política

El gobierno lanzó el debate sobre el aborto legal después de atravesar un verano caliente, signado por las grandes movilizaciones contra la reforma previsional y por los primeros síntomas de desbarajuste financiero. Aunque -como ya dijimos- actuó bajo el acicate de la movilización de la mujer, quería servirse del aborto legal para ‘cambiar el eje’ de la agenda política e introducir una cuña en la oposición, incluidos los movimientos sociales orgánicamente ligados al clero. Para el gobierno, este “manejo” no excluía, de ningún modo, un entierro parlamentario del proyecto, bajo el peso reaccionario de buena parte de su bancada y la del pejota-kirchnerismo.

Pero, de entonces a hoy, se ha colado la crisis política y, como nunca, la redoblada movilización de la mujer.

La corrida cambiaria y el desmadre económico llegaron cuando el aborto legal transitaba el debate en Comisión en el Congreso. Con estos episodios, se redoblaron también las presiones del clero. La transacción era clara: la Iglesia -y sus agentes- ofrecían reforzar su papel de bombero de la creciente crisis social, a cambio del bloqueo del proyecto por parte del gobierno. Algunos días atrás, se revelaron detalles del encuentro de Vidal y Stanley con el papa Francisco. “Si se llegara a estar en condiciones de imponerse -relataba este lunes el principal editorialista de La Nación- habrá que ver si no se ausenta algún legislador del PRO cuyo voto (a favor) pudiera ser decisivo para la media sanción” (La Nación, 11/6). A este nivel de conspiración habían llegado los “republicanos”, de la mano del clero.

Mientras esto ocurría, el movimiento de lucha por el aborto legal alcanzaba niveles inusitados. Las exposiciones en el Congreso trazaron un retrato brutal de la coacción que representa para la mujer el aborto clandestino y, muy principalmente, cuando se trata de las mujeres explotadas. Un capítulo especial de estos relatos le cupo a las jóvenes, que presentaron la indefensión que implica una educación sexual siempre ninguneada o malversada, para luego, en caso de embarazarse involuntariamente, terminar en las manos de los carniceros clandestinos. Como la punta de un iceberg, cada uno de estos relatos tenía por detrás a una acción movilizadora, en los barrios, en los colegios y facultades, atravesados por asambleas, debates y tomas. El 8 de marzo lo expresó cabalmente, incluso con numerosas delegaciones de mujeres fabriles. Este ascenso de la movilización de la mujer está completamente entrelazado con la crisis social y con las tendencias de lucha más vastas que se expresan todos los días. En definitiva, el aborto clandestino es el último eslabón de una cadena precedida por la miseria social, la desocupación, el hacinamiento y la violencia social en todas sus manifestaciones. Los que separan a la conquista del aborto legal de este escenario más amplio de la bancarrota social del capitalismo, sencillamente no perciben lo que ha ocurrido en la Argentina en la madrugada de este jueves.
                                                               
Desenlace

En las semanas previas, varios mecanismos de desvío político fueron desbordados por la movilización de masas de la mujer. La Marcha Federal, lanzada por el trío San Cayetano en común con el Episcopado, levantó políticamente al clero reaccionario como adalid de la defensa de los pobres, junto a la centroizquierda sindical, cuando la Iglesia lanzaba su estocada final para influir sobre los resultados parlamentarios. El 4J, distintos agrupamientos al interior del movimiento de la mujer quisieron relativizar la bandera del aborto legal. Pero la Plaza de los Dos Congresos se transformó en un mar verde, a nueve días de la sesión histórica.

Las 24 horas cruciales del debate en Diputados estuvieron atravesadas por todas estas tendencias. De un lado, los pasillos parlamentarios eran pasto de múltiples versiones sobre las presiones de la Iglesia. Las listas de votos indecisos y negativos en el gobierno y sus opositores revelaba una cuestión muy clara: la hostilidad visceral de los partidos que gobiernan o han gobernado la Argentina hacia el aborto legal, como resultado de sus compromisos de hierro con el clero. Como lo reconoció la antiabortista Graciela Caamaño en su intervención de cierre, sólo el Frente de Izquierda podía exhibir una posición homogénea y principista en favor del aborto legal.

Pero a despecho de estas maquinaciones, otra lucha gigantesca se libraba, en esas horas, en la calle. En una acción nada inocente, los funcionarios de “seguridad” dividieron en dos la Plaza de los dos Congresos, para recibir -en supuesta paridad- a los abortistas y a los antiabortistas. Así, querían presentar que el reñido escenario del Congreso era la mera expresión de la que ocurría en la calle. Pero la realidad fue distinta y abrumadora. Los defensores del aborto clandestino, generosamente financiados por la Iglesia, no pudieron ni de lejos colmar el espacio que le asignaron. Entrada la noche, un puñado de fanáticos religiosos portaban sus banderas celestes. Del otro lado, la ola verde se extendía por cuadras y cuadras, con una impresionante presencia de jóvenes. Fue esta movilización contundente la que terminó desatando en el recinto una crisis política. Hacia la madrugada, el conteo de los votos indicaba una ajustada derrota del aborto legal. Este era el “resultado” imposible que debía ser informado a la multitud que se renovaba a las puertas del Congreso y que podía desatar un estallido. Si hace dos meses atrás el gobierno fantaseaba con “manipular” a la causa del aborto, ahora las cosas se presentaban de otro modo. El voto negativo, en medio de una verdadera pueblada, echaba nafta al fuego de un país sacudido por el derrumbe económico y por un acuerdo con el FMI, que pretende una verdadera masacre social. Los históricos negadores de derechos recularon, y aparecieron los votos necesarios para una victoria: después de décadas de lucha, el movimiento de la mujer le doblaba el brazo a un Estado históricamente enlazado al clero.

Conclusiones

Apenas horas después de la votación, gobierno y opositores se desviven por apropiarse de la conquista del aborto legal. Lo cierto, sin embargo, es que para todos ellos este desenlace es un revés estratégico. En el macrismo, el debate terminó promoviendo una fractura interior, la cual, en el tiempo, terminará enlazándose con otras disidencias -las que se desencadenen como resultado del desmadre económico. Las principales figuras electorales del macrismo, de Vidal o Carrió, mordieron el polvo de la derrota. Después de haber obtenido el 50% de la elección en la Ciudad de Buenos Aires, Carrió atravesó el debate parlamentario en silencio, una señal, o de impotencia o de cobardía política. Afuera, las hijas de sus votantes blandían contra ella los pañuelos verdes. Del lado de la oposición, el debate trajo a colación los doce años de bloqueo del kirchnerismo en relación con el aborto legal y, por supuesto, el carácter reaccionario de sus caudillos provinciales, con diputados que, en sus discursos, hasta celebraban el oscurantismo y el atraso que oprimen a sus distritos. Nuestra compañera Romina Del Plá los denunció sin vacilar, mostrando que la oprimida mujer del interior era quien más necesitaba del derecho al aborto legal. ¿Qué decir de la Iglesia y el Vaticano, que fracasaron hasta en movilizar a sus aparatos? Muchas de las estudiantes de los colegios religiosos nutrían a las multitudes del aborto legal. La derrota del Vaticano, en el propio país del Papa, tiene un alcance internacional, y se enlaza con el resultado del reciente plebiscito de Irlanda.

En la lista de derrotados, ocupa un lugar destacado la burocracia sindical, y por partida doble. Primero, porque su clericalismo los llevó a bloquear cualquier iniciativa de movilización por este derecho. Pero después, porque desenmascaró su parálisis y complicidad respecto de los ajustadores. En un país donde los burócratas dejan pasar despidos y retrocesos en las conquistas de los trabajadores, el movimiento de la mujer -con métodos opuestos- arrancó una conquista histórica.

La media sanción del aborto legal, en definitiva, es un golpe a los aparatos y partidos que hoy, de la mano del FMI, pretenden resarcir la quiebra del país que gobernaron -o cogobernaron- a costa de una catástrofe social. Hay que apoyarse en esta victoria para reforzar la lucha contra todos los agravios del ajuste -la carestía infernal, la devaluación, los tarifazos y despidos en puerta. El régimen que quiere llevar adelante esa escalada asiste al derrumbe acelerado de su propia política, como lo demuestra la nueva corrida cambiaria y la crisis de gabinete (renuncia de Sturzenegger).

El primer paso, naturalmente, es que no bajemos los brazos en relación con el propio aborto legal: el pasaje de la ley al Senado será un nuevo escenario de presiones y maniobras contra los derechos de la mujer. Exijamos su aprobación perentoria y sin modificaciones.

Apoyémonos en esta victoria contra la opresión a la mujer -eso representa el aborto clandestino-, para ir por el fin de todas las opresiones. Sumemos a esa conclusión a las y los millones de jóvenes que, en estas horas, han despertado a la lucha.

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