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Otra gran operación de ocultamiento

Conclusiones del acto antimacrista en Av. Belgrano y 9 de Julio

Al igual que en el pasado 25 de mayo, el acto que fogonearon en el centro porteño organizaciones kirchneristas, el moyanismo y otras fuerzas partidarias de un “frente antimacrista” no estuvo liderado por sus jefes políticos. En su lugar, el palco central estuvo ocupado por artistas y personalidades de derechos humanos. El documento central del acto fue leído por dos actores, mientras algunos diputados y dirigentes sindicales se mezclaban en la multitud. 

Cuando están en juego definiciones políticas, en el cuadro de una gran crisis nacional, este ocultamiento tiene un significado. Los dirigentes sindicales y políticos convocantes no quisieron asumir, ante la multitud presente, una responsabilidad y un curso de acción frente al mal que denunciaban –la “condena a generaciones de argentinos a pagar los negocios de unos pocos”. Entre los que miraban el palco desde abajo, se encontraban Hugo Yasky o Pablo Moyano, líderes de reagrupamientos sindicales sin la menor pretensión de llevar adelante una acción consecuente contra el “plan fondomonetarista”. El pasado 25, los sindicatos dirigidos por moyanistas y kirchneristas acompañaron el carácter “dominguero” que le imprimió la CGT al paro general, con apenas algunas excepciones en el interior. Por el lado político, la negativa a “poner la cara” también tiene sus razones. La gran “unidad antimacrista” atrae en la voz de actores y cantantes.

Pero si se tuviera que corporizar, mostraría en el palco al arco de gobernadores pejotistas que viene ejecutando el ajuste en las provincias; al massismo que le ha votado todas las leyes antiobreras y antinacionales a Macri y, por último, a las administraciones provinciales y municipales del kirchnerismo que, desde Santa Cruz hacia arriba, no han vacilado en transferirle a sus trabajadores las consecuencias de la política nacional. 

Pero además, ese frente no podría corporizarse a través de sus dirigentes… porque se encuentra profundamente dividido. El kirchnerismo pregona la unidad con quienes, desde el pejota, ya anticiparon que no los harán de la partida. Mientras tanto, la pata derecha del frente antimacrista en grado de tentativa discute con Macri los términos del presupuesto 2019, el cual tendrá que incorporar los ajustes brutales exigidos por el FMI. 

La (siempre pagada) deuda impagable 

El documento leído por Gerardo Romano y Carolina Papaleo expresó claramente el carácter encubridor de la convocatoria. Califica a “la deuda externa contraída por el gobierno de Macri” como “ilegal e ilegítima”. Pero ¿acaso la que contrajeron otros gobiernos no tuvo este carácter? El kirchnerismo pagó casi 200.000 millones de dólares de esa “deuda odiosa”, algo de lo que se ufanó Cristina Kirchner cuando era presidenta. En su consigna central, el acto plantea el rechazo al acuerdo con el FMI, pero no el repudio al pago de la deuda.

¡Tampoco impugna directamente al gobierno que trajo al Fondo, y que será el ejecutor político del plan de hambre! La convocatoria, por lo tanto, fue inscripta en los términos de la “oposición responsable” al macrismo, que critica “la decisión de recurrir al FMI” cuando “podrían haberse explorado otros caminos” –por ejemplo, llevar adelante el mismo ajuste brutal pero a través de un gran acuerdo político. El documento leído en el palco de Avenida Belgrano y 9 de Julio levantó las principales reivindicaciones de la patronal industrial –“frenar la importación, defender a nuestras pequeñas y medianas empresas”. Pero no dice que esa patronal se resarce de la competencia externa o del elevado costo del crédito precarizando trabajadores, despidiendo a otros y buscando reducir el salario. Los “nacionales y populares” atacan al FMI, pero no sonó una sola palabra sobre la principal consecuencia que hasta ahora ha tenido el acuerdo con Mrs Lagarde, la devaluación de la moneda, pulverizando salarios en beneficio de los capitalistas que “necesitan competir”. 

En estas condiciones, la multitud que se congregó en el acto no encontró respuestas – ni un rumbo de acción- frente a su enorme inquietud política. 

Como ya había ocurrido el 25M, el nacionalismo burgués intenta asumir la representación política de la nación en quiebra, sin distingos entre oprimidos y opresores. Pero esa bancarrota agudiza los antagonismos de clase: la gran “unidad antimacrista” detrás de estos ajustadores sólo podría prosperar a costa de la resignación total de los trabajadores que deben luchar por la reapertura de las paritarias, la reforma laboral, los despidos y tarifazos. Para luchar por esas reivindicaciones, y por una salida de los trabajadores a la presente crisis, es necesario que desarrollemos una alternativa política y un programa propios. 

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