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9 de agosto de 2018

De Angeli y la esclavitud de la mujer

Por Maro
@romano_m

El senador de Cambiemos por la provincia de Entre Ríos, Alfredo De Angeli, fue uno de los 38 que votaron en contra de la legalización del aborto. Sus argumentos, reaccionarios como los de la mayoría, sin embargo, resaltaron por la forma en que hizo hincapié abiertamente en la defensa de la obligación de la mujer de sostener con su trabajo a la familia. De Angeli puso de relieve que el aborto ilegal, además de condenar a las mujeres a peligros para su salud y su vida, es una enorme herramienta de control social.

De Angeli dijo que de lo que se trataba era de que, en lugar de decidir sobre su cuerpo, la mujer “sea una madre feliz” y proclamó “la dignidad” de las mujeres que sostienen con su esfuerzo material y simbólico la unidad familiar. En su discurso, valoró “a las mujeres que jamás se le pasó por la cabeza abortar” –criminalizando a aquellas “indignas” que hubieran abortado o incluso pensado en abortar– y  que llevan a cabo “con humildad” – es decir, con sumisión- las tareas del hogar y la crianza de los hijos. Para ello puso de ejemplo a su propia madre, a la recordó cosiendo las medias de sus ocho hijos y cocinando pan casero para toda la familia.

Con esa descripción, que pretendió ser pintoresca, hizo una legitimación explícita del rol social de lo que la Iglesia católica y sus personeros políticos imponen que “debe ser” el que ocupemos las mujeres en la sociedad y al que el régimen nos somete: la reproducción y protección de los hijos (“abogados o doctores” preferentemente, para De Angeli). El sojero, en lugar de emanciparnos de la esclavitud del trabajo doméstico y de la maternidad forzada para poder entonces dedicar nuestra vida y nuestro tiempo a otras cuestiones, reivindica que las mujeres tengamos que vivir como en el siglo XV.

De Angeli descartó todos los argumentos presentados por “científicos, médicos y filósofos” (sic) y privilegió, para legislar sobre una ley clave para la vida de las mujeres, los de una señora llamada Ercilia, quien, según el senador, dijo que las mujeres que abortan jamás pueden sacarse ese “trauma” de la conciencia. Una calumnia nefasta: el stress del aborto responde, antes que nada, a la práctica clandestina, cargando a la mujer con el terror de que es un delito para el Estado y, a los ojos del clero y sus voceros, como De Angeli, en seres aberrantes.

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Las ideas de De Angeli nada tienen que ver con lo que viven y sienten las millones de mujeres en todo el país, a las que jamás debe haber consultado por sus deseos, ni a las que posiblemente nunca se han abierto otras posibilidades. Gran parte del triunfo del movimiento de mujeres de estos años de lucha implicó haber conquistado un mayoritario apoyo social en favor del aborto legal.

La mención final de De Angeli a la tradición de “regalar plantas a las mujeres embarazadas” responde al concepto clerical de que las mujeres somos seres creados para la protección de un otro, como está contenido en el slogan de “la defensa de las dos vidas”. 

El discurso del senador entrerriano pone en evidencia que la legalización del aborto plantea una lucha estratégica por la emancipación de las mujeres. Porque nos dota de más derechos sobre nuestro cuerpo contra la presión criminalizadora del Estado, pero especialmente porque pone en cuestión la univocidad del rol social al que nos somete la Iglesia y de su predicamento como organizador de nuestra vida y de la de la sociedad en su conjunto.

La movilización por el aborto legal asestó un duro golpe al control de la Iglesia sobre la vida social y política del país. Por eso el Vaticano y el Estado le temen al movimiento de mujeres y ha llevado al gobierno a cerrar filas con la Iglesia. 

La lucha por el aborto legal plantea a fondo la necesidad de la separación de la Iglesia y el Estado, contra todos los bloques políticos capitalistas que pretenden perpetuar esa alianza reaccionaria.

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