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10 de agosto de 2018 | #1514

CFK, encubrimiento y pacto con la Iglesia

El discurso de Cristina Kirchner en el Senado tuvo dos claros propósitos. El primero, encubrir el ninguneo del aborto legal bajo su mandato. El segundo, apuntalar ahora un compromiso reaccionario con el clero y los enemigos del derecho al aborto. En el medio de las dos cuestiones, la ex presidenta encubrió otra: la participación activa del kirchnerismo en la operación política que, en las últimas semanas y días, y bajo la batuta del Vaticano, se urdió para que el Senado archivara el proyecto. Cristina arrancó, precisamente, absolviendo al clero de esta conspiración política contra el aborto legal -“no culpemos a la Iglesia”. Al presentar al apoyo a la media sanción como una decisión de “todo el bloque” (FpV), Cristina ocultó la deserción de la senadora ultra K Larrabure, que viró al voto en contra en medio de una feroz campaña mediática y sin que tuviera lugar la menor delimitación o crítica por parte de su jefa política.

Formateados

Para justificar el rechazo de doce años de presidencia a la reivindicación del aborto legal, CFK utilizó un curioso recurso: presentar a esta lucha como una cuestión novedosa, a partir de la irrupción de la “marea verde”. Según Cristina, y a diferencia de lo que ocurre ahora, los setentistas habríamos sido ‘formateados’ (sic) por la mística de la revolución cubana pero “no por las cuestiones de la mujer”. Sin embargo, estas “cuestiones”, y el derecho al aborto en primer lugar, formaron parte del arsenal histórico y programático del socialismo internacional y, como tales, fueron rescatadas por la generación obrera y juvenil que irrumpió con el Cordobazo. La negación del aborto legal y de otras reivindicaciones de la mujer fue perpetrada por el nacionalismo burgués, como parte del desvío y freno que operó sobre el ascenso obrero de esos años. No olvidemos que el peronismo fue el mentor de la comunidad organizada, un planteo de carácter corporativo que incluía la Iglesia como una de sus columnas vertebrales, a la cual se le reservaba la tarea de reorganizar integralmente el país. Pero a partir de esta falsificación histórica, CFK incurrió en otra impostura más grave y reciente -la de presentar a su política respecto del aborto legal como una mera “omisión”. Mucho más que eso, su gobierno actuó activa y sistemáticamente para bloquear este derecho de la mujer. Por caso, la reforma kirchnerista del Código Civil (2014) incluyó al “inicio de la vida desde la concepción”, el gran argumento de los ‘antiderechos’ para enfrentar al aborto legal. En el Congreso de esos años no hubo “grieta” entre el macrismo y los K para bloquear el progreso del proyecto de la Campaña por el Aborto Legal. Las razones de esta conducta son claras: el clero fue un pilar de hierro en el sostenimiento de los “nac y pop”. Primero, para reconstruir la autoridad del Estado bajo la batuta de los K y, en el último período, para sostener la transición política entre un gobierno en declinación y el viraje al capital internacional que culminó con Macri -y que Bergoglio sintetizaba con la frase: “Cuidemos a Cristina”.

Feminismo tardío

Para explicar su viraje hacia el aborto legal, CFK anunció una adscripción tardía al feminismo, al cual desarrolló enseguida en su faceta más conservadora. Dijo, por caso, que la violencia a la mujer se ejerce “sobre todas las clases sociales, incluso a mujeres de elevado nivel social”. Si ello está fuera de duda, la cuestión es otra, a saber, si la violencia de género y otras reivindicaciones de la mujer pueden sustraerse -o encontrar salida- fuera de la lucha por una transformación social de carácter general. CFK, en este punto, no dejó dudas: la cuestión de la mujer es “específica” y debe ser apartada de una consideración social de conjunto. O sea que puede encontrar salida en el marco del régimen social existente. La ex presidenta definió al kirchnerismo como “nacional, popular, democrático y -ahora- feminista”. El amontonamiento de calificativos retrata al nacionalismo burgués, que propugna salidas “particulares” a los agravios más diversos bajo la batuta del actual Estado y sus partidos. Pero la “unidad nacional” con los capitalistas y el clero es antagónica a la emancipación nacional, a la democracia política y a las reivindicaciones de la mujer. El socialismo, en cambio, no necesita amontonar adjetivos: la emancipación universal de toda forma de explotación libera a todos los explotados y, como parte de ellos, también a la mujer.

Pero el feminismo tardío de CFK es mucho más que una disquisición ideológica. Tiene consecuencias muy claras en lo que refiere a cómo sigue la lucha por el aborto legal: al abogar por una salida “particular” y “especifica”, Cristina sustrajo a esta lucha de la acción más general contra el régimen ajustador y la colocó, en cambio, en el terreno de un compromiso con las fuerzas “de Estado” -el clero, en primer lugar. Este fue el sentido de su llamado a buscar “alternativas” al proyecto votado en Diputados, y a discutirlas con quienes estaban votando en contra. En vez de convocar a una lucha por la victoria del aborto legal, la ex presidenta aboga por una componenda con sus enemigos. Se inscribió, de este modo, entre los que en estas horas plantean trastocar al aborto legal en una mera “despenalización”.

El movimiento gigantesco de mujeres que se puso en marcha por el aborto legal debe sacar sus conclusiones políticas. También, para esta lucha crucial, necesitamos la organización política independiente de los partidos del capital y del clero, incluso -y principalmente- cuando estos se revisten de “nacionales y populares”.
 

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