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6 de julio de 2006 | #953

La agenda patronal

El domingo pasado, un artículo de Clarín Económico comenzaba con la siguiente frase: “Las filiales extranjeras en la Argentina vienen registrando ganancias récords, superiores a las obtenidas en los años ’90...”. Este dato, es claro, no constituye una prueba de que bajo Kirchner prosiga la ‘política neo-liberal’, pero sí demuestra que la ‘política nacional y popular’ es tanto o más eficaz que aquélla para engordar a los monopolios. La información agrega que “en 2005 las utilidades y dividendos devengados sumaron 3.646 millones de dólares, superando el récord anterior, registrado en 1998”. Pero con un detalle más, porque el dólar es ahora más caro, o sea que esas utilidades y dividendos representan un poder adquisitivo en pesos considerablemente mayor.
 
Tres días antes, La Nación revelaba un hecho incluso aún más contundente —que “el Senado aprobó un dictamen de la renegociación del servicio de energía del Nordeste impulsado por el ministro De Vido (...) que transfiere como capital de las empresas las obras realizadas por el Estado”. Como se ve, aunque quedamos en los cuartos de final, para lo que tiene que ver con la confiscación del patrimonio público Kirchner se quedó con la Copa hace mucho. Lo que sorprende en este hecho es que la información diga que “hay preocupación por los juicios que puedan iniciar las empresas que quedaron fuera de la renegociación” —en lugar de preocuparse con la posibilidad de que De Vido vaya en cana. El mismo artículo añade que “hay informes de la Auditoría General de la Nación que llegaron a la Justicia y que revelan irregularidades en la renegociación de contratos de los peajes con algunas empresas que adeudan más de 800 millones de pesos al Estado por anteriores incumplimientos de contratos”. El articulista observa, finalmente, que “Nada de ello discuten Kirchner y Lavagna, que se enfrascan en un debate sin rumbo sobre el papel del Estado”.
 
Esta selección sencilla de la información relevante sería suficiente para demostrar el carácter esencialmente capitalista del gobierno actual, que por otra parte no se detiene en las fronteras entre la ‘burguesía nacional’ y el capital extranjero, porque reparte a manos llenas para los dos. Sin embargo, una lectura más detenida de esa misma información nos ayuda a entender las crisis cotidianas que tienen lugar entre distintos grupos patronales con el gobierno y la división operada entre Kirchner y Lavagna —que dejaría entonces de ser “un debate sin rumbo”.
 
Es que el artículo de Clarín Económico pone el énfasis en otra cosa, a saber, que las remesas de utilidades al exterior triplicaron, en 2006, a las de 2005, pues pasaron de 432 millones de dólares a 1.220 millones. O sea que las ganancias se van afuera, lo mismo que los Verbitsky decían de la etapa anterior a 2001. Dice Clarín que “la reinversión de utilidades en 2005 fue de apenas el 9,1% de lo ganado, muy por debajo de los niveles anteriores de recesión y crisis iniciados en 1998”. Es decir que los capitalistas no reinvierten en el país lo que ganan en sus operaciones locales —lo cual es siempre la manifestación de crisis en el proceso capitalista. Consultado por el diario, el especialista Kosacoff caracteriza a “la escasa reinversión de utilidades (como) un tema central”. Agrega, asimismo, que “Las empresas transnacionales no están invirtiendo aquí y eso se debe a que las casas matrices no asignan producciones globales en la Argentina (...); esa carencia es una asignatura pendiente”. La solución de esta ‘asignatura’ es, precisamente, uno de los ejes de la divergencia de Lavagna con Kirchner.
 
La rama que acapara tanto las utilidades capitalistas como las remesas al exterior es la petrolera. “Según el Indec, informa Clarín, ‘la renta del sector saltó de 400 millones de dólares por año entre 1992 y 1998 a 2.000 millones desde el año 2000 a 2002’. Sin embargo, el Indec agrega que los giros al exterior ‘se incrementaron un 85% pasando de 2.200 a 4.000 millones de dólares debido a que muchas empresas pagaron dividendos utilizando las ganancias acumuladas...”. Esto explica holgadamente la disminución de reservas de gas y petróleo de Argentina y la inminencia de su importación, como en parte lo ha reflejado el reciente acuerdo por el gas con Bolivia.
 
Para el economista kirchnerista Héctor Valle, estos enormes beneficios capitalistas se explican porque “los grupos económicos más concentrados y de capital extranjero (...) pudieron ajustar sus precios en pesos según crecía la cotización del dólar”, y porque luego de esto “se fueron produciendo nuevos incrementos en pesos hasta el presente por otro 23%”. Dice Clarín “que los precios mayoristas industriales desde enero de 2001 acumulan un aumento del 138,6%”. O sea que redolarizaron sus negocios, porque este porcentaje de aumento equivale a casi 2,50 pesos el dólar; el salario promedio en dólares se encuentra, en cambio, en 1,50 pesos por dólar.
 
La conclusión que emerge de todo esto es que no estamos ante ningún gobierno que pretenda encabezar un proceso de independencia nacional o redistribuir los ingresos en dirección a los trabajadores. Todo lo contrario, Kirchner preside, con toda determinación, un proceso de reorganización capitalista que todavía no ha llegado a su término, como lo demuestra la casi nula tasa de inversión de las grandes corporaciones y del capital extranjero. “Se produce más que en 1997, titula Clarín (28/6), pero con menos trabajadores”, lo que “hizo bajar 28,4% el costo laboral”, aunque el diario omite hacer referencia a la caída de los salarios de esa cantidad relativamente menor de trabajadores.
 
La competencia entre Kirchner y Lavagna, por lo tanto, expresa la contradicción capitalista objetiva entre ganancias fabulosas de los pulpos, de un lado, y falta de reinversión, del otro. No cuesta nada pronosticar, a partir de esta situación, que el gobierno hará suyos los planteos de Lavagna, como ya lo demuestran los tarifazos prometidos en el viaje a España que ya se están efectivizando en el interior del país; la privatización parcial de la seudo-estatal Aysa, en la provisión del servicio de agua; la tanda de licitaciones petroleras en las provincias, en especial de áreas que habían sido concedidas hasta ahora por el Estado nacional; y la ‘normalización’ de las entregas de Aeropuertos 2000 y de Aerolíneas Argentinas.
 
Una oposición política clara, en estas condiciones, que pretenda dar una expresión a las necesidades de los trabajadores y que traduzca al plano político el antagonismo objetivo que esta situación crea para el conjunto de los trabajadores —esa oposición debe tener un carácter obrero y socialista. Esta es la delimitación política que trazamos en la lucha contra el gobierno de Kirchner y las oposiciones patronales.

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