fbnoscript

La lucha por la separación de la Iglesia del Estado: una batalla contra el capitalismo

“La religión es el opio del pueblo: esta frase de Marx es la piedra angular de toda la ideología del marxismo sobre la religión. Todas las religiones e iglesias modernas, todas y todo tipo de organizaciones religiosas son siempre considerados por el marxismo como los órganos de la reacción burguesa, utilizados para la protección de la explotación y la estupefacción de la clase obrera” Lenin

En enero de 1918, apenas unos meses después del triunfo de la revolución, el Estado soviético promulgó un “Decreto sobre la libertad de conciencia y las asociaciones eclesiásticas y religiosas”, cuyo primer artículo sentenciaba que “la Iglesia queda separada del Estado”. La legislación estipulaba que la escuela sería separada de la Iglesia, que las instituciones religiosas no recibirían ningún tipo de subsidio estatal y que todos los bienes de las asociaciones eclesiásticas y religiosas eran declarados propiedad del pueblo, entre otros puntos.

Cinco años después, en 1923, León Trotsky escribía un artículo en el cual se pone de manifiesto la necesidad de culminar efectivamente con esta tarea. El mismo sería publicado en el libro “Problemas de la vida cotidiana”, en el cual el revolucionario destaca las adquisiciones de la clase trabajadora tales como la dictadura del proletariado, el Ejército Rojo como sostén material de esa dictadura, la nacionalización de los medios de producción y el monopolio del comercio exterior. Pero plantea un dilema a resolver: lo relacionado con la cultura. Las tareas de la etapa luego de estas adquisiciones girarían en torno a la organización cultural. Sin desatender la función política del Partido, Trotsky postula que es inmensamente necesario atender el trabajo cultural para terminar de ganar a los trabajadores y el campesinado a la consolidación de la revolución.

Es por ello que Trotsky dedicó un capítulo entero a analizar el vínculo de las masas con la Iglesia Ortodoxa rusa, entendiendo a la misma como un conjunto de ritos y una organización oficial que cumplía un rol social, pero que no logró penetrar profundamente en la conciencia de las masas populares ni introducir sus dogmas. De todas formas destaca que, si bien los obreros rusos pudieron fácilmente soltarse de las amarras de la Iglesia gracias al acceso a la cultura post revolución, esta separación fue más difícil para el campesinado –el cual, frente a la vida monótona y rutinaria que sostenían, estaban estrechamente ligados a los rituales de la Iglesia y sus celebraciones. Trotsky afirmaba que el trabajo cultural en el Estado obrero se traduciría en un beneficio al socialismo, lo que equivaldría a una poderosa expansión de la cultura, la del hombre liberado de las relaciones de su clase; y hacía hincapié en ese sentido en el desarrollo de la cultura como competencia a la Iglesia, ya que “la influencia de la iglesia responde, la mayor parte de las veces, a la costumbre, sobre todo en la mujer (...) El elemento de distracción, de entretenimiento, de pasatiempo, desempeña un papel enorme en la ceremonia religiosa. A través de la escenificación, la iglesia actúa sobre los sentidos: la vista, el oído, el olfato (el incienso), sobre la imaginación. La afición de los hombres al teatro (ver y oír algo nuevo brillante, que los saque de la cotidianeidad) es muy fuerte, indestructible e insaciable desde la infancia hasta una edad avanzada. Para que las amplias masas renuncien al formalismo, al ritual de la vida diaria, no basta la propaganda antirreligiosa”. Hacía falta, entonces, el desarrollo incesante del trabajo cultural.

Reversión

La degeneración burocrática que siguió a la revolución le pondría fin a aquel valioso decreto: en 1941, cuando Stalin vuelve a reconocer a la Iglesia Ortodoxa Rusa y le otorga concesiones para ganarla como aliada contra la agresión extranjera, como promotora del reforzamiento del patriotismo ruso contra las potencias enemigas. Este retroceso va en sintonía con otros operados sobre los derechos de la mujer trabajadora: el aborto, que había sido legalizado en 1920, volvió a ser criminalizado en 1936.
En 1988, Mijail Gorvachov recibió a un grupo de jerarcas de la Iglesia Ortodoxa rusa, prometió el derecho a celebrar el bautismo del príncipe Vladimir y, un año después, él mismo fue a visitar al Vaticano al Papa polaco Juan Pablo II. Una nueva ley en 1990 proclamó la libertad total en materia religiosa y hasta se permitió la enseñanza de la religión en las escuelas estatales de Rusia.

El viejo régimen burocrático, agotado, dio lugar al proceso de restauración capitalista. Las contradicciones sociales que condenaban al régimen stalinista llevaron a la burocracia a una alianza con el imperialismo. Al asumir Gorbachov, la perestroika se convirtió en una salida frente al descontento popular, pero implicó una asociación aún más estrecha con el imperialismo. El supuesto “estado socialista de derecho” traía consigo un avance en los derechos de propiedad.

En este cuadro, la alianza con la Iglesia se consolidó, como se dijo anteriormente, en pos de que la misma cumpliera su rol contención social y reforzamiento del nacionalismo, en el marco de un proceso de restauración capitalista.

Iglesias en Argentina

La enorme lucha por el aborto legal en nuestro país durante el transcurso de este año puso a la Iglesia en el centro de la escena, como una institución que jugó profunda y descaradamente contra este derecho. La injerencia del clero junto a todos los partidos patronales fue explícita y evidente (y se expresó en las votaciones en diputados y senadores)  al igual que las enormes presiones que ejercían los curas y pastores en los barrios contra las mujeres trabajadoras. 
Las y los millones que coparon las calles por la legalización el 13J y 8A han tomado nota del papel reaccionario de la Iglesia, y ha comenzado a madurar la idea de que es necesario comenzar a quebrar ese enorme poder que la Iglesia ejerce en los asuntos del Estado. Son enormes las filas en los puestos callejeros que se vienen montando en la ciudad para firmar la apostasía.

Es una lucha que debemos tomar en nuestras manos para que el conjunto de los trabajadores y las trabajadores puedan arribar a conclusiones políticas: la Iglesia es una pata fundamental del sistema capitalista y los beneficios que el Estado le otorga tienen el objetivo de que la Iglesia opere como un factor de contención, de garante del orden social y de regimentación sobre la familia obrera y en particular sobre la mujer. La misma Iglesia que insta a las mujeres de los barrios a tolerar la violencia en sus hogares para “preservar la familia y su orden” es la que intenta sumir al pueblo trabajador en el adormecimiento y la resignación: no por nada en el tedeum del 25 de mayo y en la movilización a San Cayetano del 7 de agosto, los curas advirtieron que “toda crisis se atraviesa con cierta dosis de religiosidad”. Por el contrario, es necesario desarrollar toda la capacidad de lucha de los y las trabajadores para derrotar el ajuste y la miseria y luchar por condiciones dignas de vivienda, estudio y salud. “

En los barrios, entre los jóvenes, entre los trabajadores, la lucha por la separación de la Iglesia del Estado es una lucha que va de lleno contra el capitalismo. Vamos con todo por la separación de la Iglesia del Estado.

Tenemos que fortalecer la lucha popular contra el oscurantismo, la explotación y el sometimiento.

En esta nota:

Compartir

Comentarios