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16 de septiembre de 2018

Cruzando la barrera de los cuarenta, y no sólo

La superación de la barrera de los 40 pesos en el precio del dólar tuvo lugar a pesar de que el Banco Central salió a vender divisas en forma directa, lo cual está a contrapelo de las exigencias del FMI en favor de la “libre flotación”. La disparada se produjo, además, después del acuerdo con los gobernadores pejotistas para recortarles ingresos y transferirles mayores gastos a las provincias. O sea que la promesa del “déficit cero” no logró frenar la fuga de capitales. En esas mismas horas, quedaba sin renovar el 30% de un vencimiento de Letras del Tesoro (Letes), a pesar de que el gobierno ofrecía por ellas un rendimiento usurario del 7%. Mientras tanto, trascendía que en la primera quincena de septiembre el sistema bancario sufrió una pérdida de depósitos del orden de los mil millones de dólares. En ese cuadro, el Banco Central volvía al nivel de reservas previo al primer desembolso del Fondo Monetario. O sea que los 15.000 millones de dólares aportados por el organismo se evaporaron, sin impedir por eso que el dólar se fuera de 24 a 40 pesos. 

Este balance desastroso del acuerdo explicaría por qué las negociaciones por un segundo acuerdo se encuentran trabadas. Por un lado, los funcionarios macristas quieren poner un tope a la devaluación; el FMI, por el contrario, un límite al uso de reservas, para que puedan servir al pago de la deuda externa (en siete meses, ya se vendieron 20.000 millones de u$s). Para presionar por este planteo, el Fondo congeló la segunda remesa de su `asistencia financiera´, de 3000 millones, que debía depositarse este lunes. Pero si prevalece la “libre flotación” del Fondo, puede abrirse paso a una hiper-devaluación todavía mayor. Esto último alimenta la sospecha de que el FMI podría estar a la búsqueda de una dolarización    

Otra vez, la deuda

Es en este contexto que la presidenta del FMI puso el dedo en “la sustentabilidad de la deuda” (Ambito, 12/9), una referencia evidente a una cesación de pagos. La megadevaluación acrecentó colosalmente el monto de la deuda externa en pesos y la perspectiva de quiebra del Tesoro nacional. La relación deuda/PBI hoy se acerca al 80% y se encuentra –según el propio FMI- “por encima del umbral de nivel alto de riesgo” (El Cronista, 12/9). Ese porcentaje no computa la deuda externa de las provincias, ni la del Banco Central. En el caso de las provincias, ya aparece el “fantasma del default” (Clarín, 13/9). Del otro lado, la expectativa de que el dólar a 40 pesos elimine el déficit comercial y aporte un financiamiento en moneda `dura` encuentra numerosos límites: los exportadores tienen libertad para dejar las divisas en cuentas del exterior; la cosecha norteamericana y los aranceles de China a la soja de EEUU están tirando abajo el precio del poroto. A esta caída presiona también la devaluación del real brasileño. 

La deuda externa de las grandes corporaciones privadas también cuenta, porque “el violento ajuste cambiario aumenta la exigencia de pesos para comprar los dólares necesarios para pagar intereses y capital de su deuda externa” (Página 12, 9/9). Nada menos que Telecom acaba de resignar una emisión internacional de 1000 millones de u$s, por falta de compradores de deuda. Esta crisis de financiamiento explica la violenta caída de la capitalización bursátil de las grandes compañías locales, unos 60.000 millones de dólares, entre las que se encuentran las energéticas, debido a los obstáculos a la dolarización de tarifas. La “quiebra del Estado”, la forma superior de la bancarrota, es acompañada por la del llamado sector privado, precisamente el que reclamaba eliminar el ‘cepo’ con la intención de endeudarse en el mercado internacional. El “índice de actividad” económica de junio pasado, similar al de junio de 2013, y apenas superior al de ese mes de 2011, grafica el derrumbe de un régimen social. El macrismo –y su recurso al capital internacional- ha fracasado en sacar a la burguesía argentina de una impasse que se acerca a una década. 

Dolarización y reestructuración 

En este cuadro, las declaraciones de Larry Kudlow, el presidente del Consejo Nacional de la Casa Blanca, a favor de la reimplantación de un régimen de convertibilidad para la Argentina, provocaron una sacudida política, porque demostraron el carácter fuertemente condicionado del supuesto apoyo de Trump a Macri. La convertibilidad o, directamente, la dolarización, supone un dólar que cotizaría cerca de los ochenta pesos, porque necesitaría, como mínimo, equiparar la base monetaria en pesos con las reservas netas del Banco Central, que son apenas de 16 mil millones de u$s. La convertibilidad o la dolarización condicionarían el crédito interno al internacional, en un momento en que este refluye debido al aumento de la tasa de interés norteamericana y a la repatriación de capitales a Estados Unidos, para aprovechar la rebaja fabulosa del impuesto a las ganancias que logró imponer Trump. 

La “convertibilidad” de Cavallo-Menem-De la Rúa-Chacho Alvarez, duplicó la deuda argentina entre 1992 y 2000. Pero las condiciones para una bicicleta similar a aquélla han sido arrasadas por la actual fase de la crisis mundial. El macrismo se subió al último vagón de la ola de liquidez internacional, posterior a la crisis mundial de 2007/8, cuando tuvo lugar una inyección de 40 billones de dólares para rescatar al capital internacional. Hoy la corriente de dinero se dio vuelta. Argentina ha perdido el financiamiento externo, por la magnitud de su deuda y por el ingreso a una nueva etapa en la crisis mundial. 

Pero la convertibilidad cavalliana no fue sólo un planteo monetario. Es muy oportuno recordar ahora que el Plan Cavallo fue precedido por una “reestructuración” de la deuda (Plan Brady) y por un remate de activos (privatizaciones). En esta línea, Macri firmó un decreto, el año pasado, que lo autoriza a ofrecer las reservas petroleras, mineras y gasíferas como garantía de nueva deuda. Un “rescate” del Tesoro norteamericano, condicionado a la convertibilidad, tendría como contrapartida a las reservas de Vaca Muerta, o al litio del norte o a la minería de Catamarca, Chubut o Santa Cruz. El plan Cavallo fue precedido también por severos ataques a la clase obrera, e impuso una desocupación del 17%. En el listado de Kudlow-Trump, revista con seguridad un ataque decisivo a las conquistas laborales y previsionales. 

La conclusión es que el recurso a estos extremos implicaría uno de los mayores ‘ajustes’ de la historia económica mundial. Pero, de otro lado, destaca en forma brutal que la política del FMI-Macri no tiene destino, porque choca con la imposibilidad de honrar la deuda externa sin pasar por una reestructuración o un default. Guillermo Nielsen, el vocero de la burguesía no macrista, acaba de proponer exactamente esto: “un realineamiento” (sic) de la deuda externa, sin ninguna clase de quita. Nielsen fue quien negoció el default de 2001/2, cuando la deuda externa con acreedores privados era de 100 mil millones de u$s; ahora la deuda total supera los 400 mil millones y, con el sector privado, alrededor de 300 mil millones. 

Del otro lado, un default de Argentina, cuatro veces mayor al de 2001/2, sería un “momento Lehman Brothers” para la economía mundial, que dispararía un derrumbe a repetición de los mercados financieros. Estos son los términos de la discusión dentro del FMI y el Tesoro de los Estados Unidos.

Salida política 

En los cenáculos del imperialismo, no sólo se baraja la insolvencia económica de la Argentina, sino también la insolvencia política del macrismo. 

Aunque Lagarde reclama una salida `seria`para anticipar sus rescates financieros a Argentina, el propio FMI es ambiguo a la hora de formularla, a la luz de las opciones que están en juego. En cualquier caso, chocan con el inmovilismo político y el gabinete “cerrado” que Macri preservó para pilotear un ‘ajuste’ que, en última instancia, luce catastrófico. El reclamo de un gabinete de “unidad nacional” tiene todas las características de un planteo de transición, para comprometer a todas las fuerzas patronales, a la larga, en una salida dolarizada. No hay que olvidar que, Scioli primero, en la campaña de 2015, y el FMI, en el primer acuerdo, plantearon dolarizar al Banco Central, convirtiendo la deuda del Tesoro con el Banco en deuda internacional, cuyos dólares ingresarían al patrimonio del Banco Central. Ahora mismo los depósitos en pesos se están pasando a dólares o a depósitos en dólares – una característica de la dolarización, que se desarrolla “al mayor ritmo de los últimos 15 años” (El Cronista, 15/9). El propósito de la convertibilidad o la dolarización sería evitar la corrida bancaria que asoma.

Con este telón de fondo de la crisis, asoman las movilizaciones obreras regionales –San Lorenzo, Córdoba- un paro general en puertas, la rebelión educativa y la ocupación del Astillero Río Santiago. La clase obrera busca abrirse un rumbo propio en la crisis. Es necesario unir las luchas en una huelga general, un planteo que debemos hacer valer en el paro contemporizador de la burocracia sindical el próximo 25. La clase obrera, de todos modos, enfrenta un desafío estratégico directo y objetivo: posicionarse frente a la crisis de conjunto y ofrecer su propia salida. 

No hay escapatoria para esto. Planteamos que se vayan Macri y sus cómplices provinciales y legislativos, para que asuma el poder una Asamblea Constituyente soberana, cuya primera tarea será repudiar la deuda externa impagable y usuraria, y poner en marcha salida para que la crisis la paguen los capitalistas. La lucha por esta salida política transicional necesita de un Congreso de delegados con mandato de todas las centrales obreras y sindicatos, electos en los lugares de trabajo, para que la clase obrera se convierta en dirección política del conjunto de los trabajadores y oprimidos.
 

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