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13 de diciembre de 2018 | #1532

#MiraComoNosPonemos

La denuncia de la actriz Thelma Fardin contra el actor Juan Darthés sonó como un estruendo en los oídos de millones de personas. Una de cada cinco niñas, según Unicef, ha sido violada en su infancia. El 20% de la población femenina del país ha sido abusada sexualmente. O violada por un adulto que estaba llamado a protegerla: un compañero de tira, un padre, un tío, un abuelo o un cura. Y la gran mayoría,  atravesada por el agravio verbal, psíquico, laboral.

“El movimiento de mujeres y otras diversidades sexuales se propone desterrar un régimen de violencia e impunidad sostenido, tanto desde el Estado como en cada espacio donde se juegan relaciones de poder. Están presentes en nuestros trabajos y lugares de formación.”

De un elenco de menores de edad, el violador era el único adulto presente en las grabaciones que hace nueve años realizaron en Nicaragua para la tira “Patito Feo”. Explotando el trabajo de 16 niños y niñas,  la productora de Tinelli viajaba con apenas dos madres de alguna de las nenas del elenco. Una férrea organización sindical no debiera permitir estos atropellos. “Según una encuesta reciente de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (Sagai), el 66% de les intérpretes afirmó haber sido víctima de algún tipo de acoso y/o abuso sexual en el ejercicio de la profesión. Se parece más a una norma que a una excepción", dice la carta del colectivo Actrices Argentinas. En esta  afirmación subyace la denuncia de la ausencia completa de reglas laborales que, si no impedirían, al menos acotarían los abusos de todo tipo.

Thelma pudo denunciar apoyada por sus compañeras actrices, las que,  a partir de la lucha por el aborto legal,  conformaron un colectivo que se reúne regularmente y que va planteando una agenda cada vez más vasta de reivindicaciones. No se identificaron con el #MeToo estadounidense, acción que asocian -con bastante justicia-  a una conducta individualista y con una estructura de poder de unas sobre otras. La denuncia no se canalizó a través del “Sindicato de actores” (sic), sencillamente porque su conducción mira para otro lado frente a esta cuestión, que es también una problemática laboral de primer orden. No hay disposición política y gremial para enfrentar a los poderosos de los medios.  

Las actrices denuncian la precariedad laboral, la ausencia de protocolos para la contratación de menores de edad, la total desprotección que se produce en los castings. Esto abona el camino hacia la vulnerabilidad de unas y el reforzamiento de la supremacía material y social de otros. 

Pero el texto interpela sobre el hecho artistico también. “Se erotiza y sobreexpone a niñes y adolescentes en la industria del entretenimiento”.

Para mostrar un niño erotizado, se erotiza a niños en la realidad. Una estafa moral, social y artística. Como Bertolucci y su confesión sobre la violación a María Schneider. El gran director no superó la prueba de la dignidad humana y de la excelencia artística. No supo transmitirnos una violación a partir de la actuación. Fracasó el gran director y en ese fracaso hizo añicos su condición humana,  impulsando la violación a una joven de 19 años. En los obituarios, la mayoría eligió olvidar, y confinar la tragedia artística y humana del "gran director". 
            
Precarización general 

Las actrices son la punta visible de un iceberg. Junto a ellas se alistan pelotones de trabajadoras cada día más indefensas. Esto ocurre cuando hay relaciones contractuales bajo convenio y cuando no las hay. En este último caso, donde la mujer es mayoría, hay que pensar qué no han vivido las trabajadoras del empleo doméstico remunerado, las miles que lo hacen fuera de toda regla laboral en cooperativas regenteadas por punteros del Estado, y las de todos los otros gremios, en mayor o menor medida. La reforma laboral que el gobierno vuelve a impulsar implicará un agravamiento de estas condiciones.

#MiraComoNosPonemos es una expresión adecuada para mostrarle a todos estos actores del poder que la organización de la mujer va a avanzar en la lucha por todas las reivindicaciones para poner fin a los abusos, violaciones y discriminaciones. 

“Donde la Justicia y el Estado obstaculizan, desestiman, demoran, estigmatizan a las víctimas o fallan en forma aberrante en favor de los victimarios, como en el caso de Lucía Pérez, nos convocamos para decir basta.” 

Cuando el Estado y las patronales no hacen más que avanzar y avasallar los derechos de las trabajadoras, dejan la huella del carácter de clase de esta opresión. Como en el caso de Lucía,  defendiendo el negocio narco que también usufructúan agentes del Estado. Como en el caso de Thelma, donde la cultura machista y misógina que se imparte desde el Estado y desde las iglesias, se dispara sin freno en un medio precarizado, que convierte a  las niñas en bocados sexuales, y en un medio donde los derechos laborales quedaron reducidos a la nada. 

La denuncia debe transformarse en castigo y también en la lucha por un cambio en las relaciones laborales, cuyas condiciones deberán ser dictadas y practicadas por las propias trabajadoras. Para eso,  hay que reforzar el camino iniciado por estas actrices cuando abrazaron la causa del aborto legal. Hay que recuperar los sindicatos para impulsar esta lucha crucial por la mujer trabajadora.  

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