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31 de marzo de 2005 | #893

¿Hay inflación? La economía política del aumento salarial

Por Corresponsal
En la economía mundial domina la deflación, no la inflación.
 
A pesar del monstruoso déficit fiscal de los Estados Unidos y de la incesante emisión de dólares, la tendencia es a la baja de los precios, no a la suba.
 
Esto ocurre incluso a pesar de los aumentos que registran las materias primas como la soja, el petróleo o los minerales.
 
La deflación es producida por la sobre-producción de mercancías y la sobre-acumulación de capitales.
 
La expresión monetaria de la deflación es la suba del precio del oro, el cual pasó de menos de 200 dólares la onza troy a más de 450 dólares por igual pesaje.
 
El precio del oro baja cuando los capitalistas convierten el dinero acumulado en capital que produce beneficios; ese dinamismo impulsa la inflación.
 
La subida del precio del oro significa que las ganancias se atesoran en lugar de reinvertirse en la producción.
 
Los países que ejemplifican mejor la sobre-acumulación de capital son China y Japón, que tienen atesorados, conjuntamente, un billón doscientos mil millones de dólares.
 
Europa no le va a la zaga.
 
En Estados Unidos la sobre-acumulación de capital se manifiesta en la enorme montaña de créditos e hipotecas con su contrapartida de un igualmente enorme cúmulo de endeudamiento público y privado.
 
La sobre-acumulación de capital se manifiesta también en una tasa reducida de rentabilidad del capital.
 
En Argentina, la devaluación había provocado una deflación superior a la mundial si se medían los precios en dólares.
 
Ahora, sin embargo, pareciera que vuelve a dominar la inflación.
 
Se pronostica un crecimiento del 12% de los precios minoristas en un año.
 
Ocurre que los capitalistas aprovechan la recuperación de la demanda para re-dolarizar los precios, o sea para multiplicar por tres el nivel que tenían en 2001.
 
Cuando enfrentan obstáculos políticos para hacerlo, crean la escasez, como ya ha ocurrido y como volverá a ocurrir con el abastecimiento de gas y de gasoil.
 
Bajo la batuta antimenemista y anticavallista hay, ahora, un regreso a la convertibilidad.
 
Este retorno puede ocurrir por una caída de la cotización del dólar o por una suba del nivel de precios internos.
 
Una baja del dólar frente al peso perjudicaría a los pulpos exportadores, que forman, precisamente, la base capitalista del gobierno.
 
Por eso Kirchner y Lavagna prefieren que se haga por suba de precios.
 
Lo demuestra que la deuda externa después del canje está compuesta, en un 40%, por bonos que se ajustan por crecimiento de precios.
 
Los usureros internacionales se suben también a la re-dolarización de la economía.
 
Pero Kirchner y Lavagna prefieren la suba de precios con una reserva: que no aumenten los salarios, que los salarios no se re-dolaricen.
 
Precios dolarizados, salarios pesificados: ¿no fue acaso éste el proyecto inicial de Rodríguez Saá?
 
Se agita el cuco de la inflación para disimular la re-dolarización de los precios y para mantener la pesificación de los salarios.
 
Se usa el cuco de la inflación para advertir que un aumento de salarios puede provocar una inflación aún mayor.
 
No existe el riesgo de que un aumento de salarios determine una inflación mayor porque el límite al aumento de precios lo pone el nivel medio de los precios internacionales.
 
En definitiva, no hay en marcha un proceso inflacionario sino una política de re-dolarizar los precios de las mercancías, de la deuda externa, de las propiedades y de los créditos… y mantener los salarios pesificados.
 
El enemigo principal no son los remarcadores más o menos numerosos, sino la política oficial de consolidar los niveles históricamente bajos que han alcanzado los salarios.
 
Kirchner propone un salario mínimo de 510 pesos; Moyano, de 640. Equivalen a 170 pesos y a 210 pesos de 2001, respectivamente.
 
Para combatir el encarecimiento de la vida de los trabajadores hay que ir, en cambio, por la triplicación de los salarios.
 

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