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31 de marzo de 2005 | #893

Cuando Repsol integra América Latina

Mientras Bush sacrificaba veinte minutos de su vida para hablar por teléfono con Kirchner, en la otra punta del hemisferio se reunían Chávez, Uribe, Rodríguez Zapatero y Lula como si fueran amigos de toda la vida. El norteamericano le confesaba al argentino sus preocupaciones por la "acción desestabilizadora" del presidente de Venezuela, sin importarle un comino las migas que hacía el acusado con guardianes del orden como el colombiano y el español. En la reunión cuatripartita de presidentes se estaba arreglando, mientras tanto, un gran negocio, como las ventas de aviones y fragatas por parte de España y Brasil, no solamente a Venezuela sino también a Colombia, y en ambos casos en el marco de convenios de seguridad, o sea con la participación de los servicios de inteligencia y de represión. Lo único que podía molestar al texano era, claramente, la incursión europea en el negocio de armas que Estados Unidos consideraba tener bajo un estricto monopolio. El asunto de las armas está emponzoñando el clima interimperialista, como lo ponen en evidencia las discrepancias sobre el embargo de armas a China o la disputa por el uso de la energía nuclear por parte de Irán o, más aún, las declaraciones del alemán Schroeder de que la OTAN ha dejado de tener utilidad para la Unión Europea.
 
Lo más interesante ocurría, sin embargo, entre bastidores, y no nos referimos a la aparición de un Maradona desembarazado de 15 kilos. Es que paralelamente a la reunión se anunciaba que Repsol expandiría sus inversiones en Venezuela, en una asociación con la estatal venezolana PDVSA, con la perspectiva de aumentar la producción de combustibles en un 60%. El anuncio fue hecho en Madrid, claro, aunque el acuerdo se firmará en Caracas con la presencia de Rodríguez Zapatero. Contempla la participación de Repsol en el principal proyecto de Gas Natural Licuado –que es la principal demanda del mercado de los Estados Unidos. Española por su origen, con negocios en Venezuela y en Colombia, asociada a la brasileña Petrobras en varios emprendimientos, Repsol aparecía como la prenda de unidad (capitalista, se entiende) capaz de hacer olvidar el ultraje a la soberanía venezolana que significó el secuestro de un líder guerrillero por parte de los servicios colombianos, el juicio que se les sigue a dos banqueros españoles en Caracas o las viejas divergencias entre Lula y Chávez, cuando el brasileño organizó un "club de amigos" para intervenir en Venezuela con la participación de Estados Unidos. De modo que, contra la opinión que prevalece en los círculos nacionales y populares, no habría vínculo más poderoso para amalgamar a los líderes de América Latina que un pulpo extranjero y, para mayor injuria, dedicado al acaparamiento de una materia prima estratégica y no renovable. Cuando se sabe que Repsol está controlada por un grupo de bancos españoles cuyo capital se encuentra en más de un 50% en manos de fondos de inversión norteamericanos, uno no puede sino preguntarse: ¿qué te preocupa, exactamente, Bush? La respuesta no puede ser otra que el desplazamiento del negocio de la venta de armas y la circunstancia desafortunada de que los amigos personales de Bush en Venezuela militan en el campo anti-chavista, en particular el abusador televisivo Gustavo Cisneros.
 
Pero la tela que hay para cortar no concluye aquí, y no solamente porque Repsol se encuentre explorando el Mar Caribe para Cuba, junto a compañías canadienses, lo que convierte a los ex colonizadores en el lazo de unión más importante de Cuba con el mercado mundial. Ocurre que Repsol justifica su nueva incursión en Venezuela por la caída que vienen experimentando sus reservas internacionales de petróleo. Lo curioso es que, hasta donde se sabe, las principales reservas de los españoles están en Argentina, las que compraron a 10 dólares el barril (ahora está en cerca de 60). Repsol está diciendo que no pretende incrementar las exploraciones petroleras en Argentina sino sacar la plata de Argentina para aumentar sus reservas con nuevos pozos venezolanos. Brillante negocio que implica, sin embargo, una descapitalización para Argentina, o sea fuga de capital. Implica también que Argentina perderá su condición de autoabastecimiento. La integración de la "patria grande" produce un gran negocio para el reino de España y una sangría financiera para Argentina. Bush quizá levantó el teléfono porque vislumbra una oportunidad en esta desgracia común. Porque lo cierto es que una asociación entre la kirchneriana Enarsa y la chavista PDVSA para regentear algunos centenares de estaciones de servicio que improbablemente le saquen a Shell empalidece ante el negocio que se abre para Repsol en Venezuela a costa de Argentina. ¿Pero el gobierno argentino no está informado, acaso, de los principales planes de inversión del principal grupo petrolero local? Con tanto fondo fiduciario andando por ahí para asociar a la camarilla oficial con las privatizadas, ¿el gobierno ha sido ignorado en este negocio? No lo creemos. Kirchner sabe lo que pasa y es la quinta pata (virtual) de la mesa que tendió Rodríguez Zapatero.
 
Los pulpos capitalistas del Estado kirchneriano han apuntado como negocio principal a la importación de gas boliviano y a la construcción de los gasoductos, en lo cual Repsol juega un gran papel. Esto explica la desaforada intervención de Kirchner en los asuntos internos del Altiplano. Ni que decir cuánto explica los elogios de Bush el rol de “contención” jugado por el gobierno argentino en Bolivia. En definitiva, cualquiera sea el lado por el que se los mire, los gobiernos nacionalistas de la integración latinoamericana exudan intereses foráneos por todos sus poros.
 
Si el enjambre nacionalista tuviera un mayor respeto por el estudio de la economía y del capital, seguramente Argentina no tendría que sufrir esta contaminación ambiental de palabrerío progresista al cohete. Los obreros deben exigir siempre los hechos y su contenido económico y social.
 

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