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22 de febrero de 2007 | #981

La cuádruple devaluación del peso

Argentina ha devaluado el peso más de una vez, pero en la mayor parte de los casos lo hizo para compensar la caída de los precios de la exportación nacional y los fuertes déficits comerciales. En este contexto, la devaluación de 2002 fue por completo excepcional, en primer lugar porque coincidió con un fuerte aumento de los precios de exportación, los que en la actualidad se encuentran en sus picos históricos. De modo que a los beneficios de exportación generados por la devaluación del 70% del peso frente al dólar (de uno a uno a tres a uno), se vino a sumar el crecimiento del 40% de los precios de la propia exportación (en dólares). ¡Cada peso exportado antes de la devaluación se convirtió en más de cuatro pesos! después de ella. Este simple cálculo explica la euforia capitalista con la política económica posterior a la convertibilidad.
 
Pero este relato no es el fin de la historia, porque desde 1998 hasta el presente el dólar ha sufrido su propia devaluación, por ejemplo, contra el euro. Antes, noventa centavos de dólar compraban un euro, ahora hacen falta 1,30 dólares. O sea que el dólar se devaluó un 45%. La conclusión es sencilla: si antes de la convertibilidad por cada euro exportado se recibían 90 centavos de peso, ahora se obtienen cuatro pesos —una mejora de más del 300%.
 
Un cálculo similar podemos hacer con relación al real brasileño, frente al cual el peso se devaluó en un 40%. Un real obtenido por la exportación, en 2003 generaba un peso, ahora ese real produce 1,60 pesos.
 
Esta gigantesca renta de la devaluación cambiaria y comercial del peso, que (según la moneda de que se trate) va del 450% al 650% (el aumento de los precios de exportación en pesos equivale a una devaluación de la moneda), ha sido capturada por entero por dos grandes grupos de capitalistas: por los exportadores, por la vía comercial, y por los acreedores internacionales, a los cuales va la totalidad del superávit fiscal (al cual contribuyen los impuestos a la exportación) por el pago de los intereses y de un parte del capital de la deuda pública.
 
Esta descomunal desvalorización del peso (por el cambio y por los precios) no sale, por supuesto, gratis; ella explica la inflación creciente en el mercado interno —una vez superada la etapa de depresión de la demanda después de la crisis. Para impedir que la desvalorización internacional del peso se traslade por entero al mercado interno el gobierno debería revaluar el peso (llevarlo, digamos, a dos pesos el dólar), pero esto eliminaría el ‘beneficio’ de la devaluación. O debería instaurar un control de cambios y reglamentar la economía mucho más allá de los ‘acuerdos de precios’. El desequilibrio entre los precios mayoristas y los minoristas (los precios mayoristas crecieron un 180% desde 2001 y los minoristas un 100%), pone de manifiesto el potencial inflacionario existente. Hay además una fuerte “inflación de activos”: las acciones, los títulos de deuda, los créditos, los inmuebles y las tierras de cultivo (En las zonas más rendidoras, el precio de la hectárea ya ha llegado a los niveles de los Estados Unidos). Pero una reglamentación de la economía pondría al gobierno en contradicción con su base capitalista. Las condiciones económicas que el gobierno busca preservar a toda costa alimentan inevitablemente la inflación y, por lo tanto, deterioran las condiciones de vida de los trabajadores.
 
La política económica oficial reúne las condiciones de su propia crisis —esto más allá de la que pueda provocar un derrumbe de las condiciones económicas internacionales, que hasta ahora han favorecido la suba de los beneficios de la exportación de Argentina.

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