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4 de marzo de 2019

Crisis económica: un marzo que se las trae

Aunque muchos lo atribuyeron al desafortunado discurso presidencial, lo cierto es que los motivos que llevaron a que marzo comience con una nueva suba del dólar se explican por las contradicciones explosivas de la política económica pactada con el FMI. Por eso el estado de ánimo de la mayoría de los analistas es de preocupación, cuando no directamente de un pesimismo mucho más realista. Unos y otros tienen en común la convicción de que la llamada ´pax cambiaria´ lograda a fines de setiembre a partir del segundo acuerdo con el FMI está llegando a su fin y que el gobierno se queda sin recursos para afrontar el tramo más difícil que tiene por delante, donde estará en juego su reelección.

Dólar, inflación, tasas

La suba que registró el dólar mayorista el 1 de marzo fue del 1.78%. Para una tasa de interés que aproximadamente ronda en el 3% mensual, una suba semejante equivale a que en un solo día el dólar se comió a más de la mitad de la tasa del mes. Así, la presión para que los plazos fijos en pesos se transformen en dólares aumenta considerablemente. Un movimiento más o menos generalizado en esa dirección tendría un alcance explosivo. Al actual tipo de cambio, la masa de plazos fijos equivale a casi 40.000 millones de dólares. Alcanzaría con que una parte de esos pesos se dirijan hacia el dólar para que se produzca una nueva devaluación que desequilibraría a un gobierno que ya camina por la cornisa. Ese movimiento podría ser impulsado por la creciente inflación, que convierte en negativa una tasa de interés exuberante, o por alguna ´mala noticia´ del exterior. 

Los instrumentos con que cuenta el gobierno para hacer frente a esta situación son muy limitados. Por el momento tiene uno solo: subir la tasa de interés con que el Banco Central remunera las Leliq. Sin embargo, este recurso se muestra cada vez más ineficaz. Sucede que los niveles alcanzados por la tasa de interés han derrumbado todavía más la economía, agravando la caída de la producción y del consumo. A su turno, esto repercute directamente en la recaudación impositiva, que crece muy por debajo de la inflación. En febrero último, por ejemplo, la recaudación quedó 9 puntos por debajo de la inflación. Se trata de una tendencia que se repite desde hace 8 meses, colocando en cuestión el déficit cero pactado con el FMI. Se repite la experiencia de Grecia, donde el ajuste brutal impuesto por la troika derrumbó la economía y obligó a nuevos ajustes.

Ante esta caída de la recaudación, el gobierno está obligado a renegociar otra vez el acuerdo con el FMI, solicitándole que lo autorice a usar parte de los dólares prestados para hacer frente a los gastos corrientes. Pero incluso aunque recibiese la autorización, el problema que generará esta medida es evidente. Sucede que, para hacer frente a los gastos corrientes, el gobierno deberá pedirle al Banco Central que transforme esos dólares en pesos, agravando el ciclo inflacionario. Los pesos que salen por una ventanilla el Banco Central buscará recuperarlos por la otra, mediante nuevas subas de la tasa de interés. Como un perro que se muerde la cola, al final del camino tendremos más recesión, más déficit, y una tendencia aún más explosiva a la corrida cambiaria y bancaria.

Desequilibrios 

Los desequilibrios envuelven todo el circuito económico. Ante la nueva suba del dólar las empresas privatizadas y las petroleras reclaman nuevos aumentos de tarifas, o en su defecto mayores subsidios, que chocan con la quiebra fiscal del Estado. Si el gobierno se negase a esta demanda la resultante sería la desinversión por parte de los monopolios.

El portal Infobae comenta de pasada un ejemplo que muestra de modo palmario el carácter parasitario del proceso económico actual. Ante la salida de fondos del sistema financiero, los bancos habrían llamado a las pymes para que conviertan los préstamos anunciados por el gobierno a tasa preferencial en plazos fijos en las entidades. Así, lo que debería servir para aumentar la producción termina convirtiendo a las pymes en rentistas que se apropian de un diferencial de tasa de interés, todo a costa de los fondos públicos. 

Quién paga la crisis

Las contradicciones insalvables que está poniendo en evidencia el plan económico pactado con el FMI muestra que el gobierno no puede enfrentar la bancarrota capitalista con medidas exclusivamente financieras o monetarias. La caída de la tasa de beneficio supone un ataque a los trabajadores de características históricas, tanto en el plano obrero-patronal como en las políticas públicas, ya sea con reformas previsionales aún más reaccionarias o despidos en masa de empleados públicos. Las patronales parecen tener conciencia de este hecho, como lo prueba los despidos y suspensiones que están creciendo de modo cada vez más masivo, asociados a ataques a convenios colectivos y que empiezan a ser ejecutados por las grandes empresas, incluso a riesgo de comprometer la reelección presidencial.

Tanto para los capitalistas como para los trabajadores, la bancarrota económica plantea una reestructuración de fondo de las relaciones entre las clases, o sea, quién paga la crisis. Para los trabajadores se impone tomar la iniciativa para derrotar la ofensiva capitalista por medio de la lucha y la acción directa, enfrentando los despidos masivos y las rebajas salariales, reclamando un paro activo de 36 horas. La izquierda debe colaborar con este trabajo, participando y auspiciando estas luchas, y ofreciendo un programa de salida, que plantee el reparto de las horas de trabajo, un plan de obras públicas financiado con impuestos al capital bajo control obrero, el no pago de la deuda, la nacionalización del sistema financiero y de los recursos naturales bajo el control y la gestión de los trabajadores. Este programa, para que la crisis la paguen los capitalistas, debe ser el eje de una fuerte campaña política del Frente de Izquierda en todos los planos de la lucha de clases: el de la acción directa de los trabajadores, en la elecciones que ya se desarrollan en diversas provincias y en una propuesta política nacional prográmtica y electoral que nos fisonomice claramente como el tercer bloque político en la disputa entre el macrismo y el relevo pejotakirchnerista en marcha.

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