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7 de marzo de 2019

El segundo acuerdo Macri-FMI se hunde junto al peso

La disparada del dólar por encima de los 43 pesos pretende ser diluida, en su significado, con ambigüedades retóricas. “Incertidumbre electoral”, “tensión cambiaria”. “Tasas de interés a niveles insuficientes”. Pero el retiro de fondos en pesos del sistema financiero, y su destino al dólar, obedece a razones de carácter más profundas y concluyentes. Hace dos días, un informe de la revista Forbes aludía a un próximo “colapso de la economía argentina”. En consonancia con este diagnóstico, se han derrumbado las acciones de las empresas argentinas que cotizan en la bolsa de Nueva York, y la propia bolsa local ha seguido ese camino. El riesgo país ha retomado su disparada.

El término colapso supera los desarreglos monetarios, y tiene que ver con el escenario de bancarrota general que tiene lugar en el país: la estadística industrial de enero acusa una caída del 10% respecto del año anterior, con sectores como el automotriz, textil o metalmecánica con retrocesos de entre el 18 y el 43%. La construcción, en la misma medición, cayó un 16%. En todos esos sectores, las suspensiones y despidos de trabajadores se han convertido en moneda corriente. La semiparalización industrial se relaciona, naturalmente, con la virtual desaparición del crédito. El régimen monetario acordado con el FMI ha dejado sin financiamiento al Estado y a la propia burguesía. Como contrapartida, un régimen de emisión disimulada –y que viola la llamada “emisión cero”– permite remunerar con tasas de entre el 50 y el 60% anual a los bancos que adquieren las Letras de liquidez del Banco Central y, a su turno, a los ahorristas que hacen sus colocaciones en los bancos a una tasa unos diez puntos menos. Este esquema especulativo, que rindió beneficios extraordinarios en dólares durante los últimos tres meses, ha comenzado a tambalear en estas horas. Sencillamente, los fondos especulativos que se han servido de él consideran que ha llegado la hora del retiro. La pertinencia de salir primero está dictada por los propios números: las actuales colocaciones en pesos, hipotéticamente volcadas a la compra de dólares, barrerían en pocos días con las reservas efectivamente disponibles en el Banco Central. Así, los fondos del FMI, dispuestos para que Argentina cumpla con los pagos de deuda en 2019, terminarían alimentando una nueva salida masiva de capitales –se repetiría la historia del ´megacanje´ de 2001, que permitió la dolarización de los especuladores capitalistas antes de la crisis final. En el día de ayer, un episodio menor anticipó lo que podría ocurrir en Argentina: nada menos que la red Banelco sufría un “tropezón informático”, a la misma hora en que arreciaba la conversión de pesos a dólares.

Completando este escenario, la esperada “lluvia de divisas” de la cosecha ha debutado con una caída en la liquidación de agrodólares en el primer bimestre, con una fuerte tendencia al acaparamiento. El capital sojero podría redoblar, en este escenario, la acumulación de silo-bolsas, a la espera de una mayor devaluación.

Con la seudoestabilidad cambiaria de estos meses, el gobierno pretendía poner un freno a la escalada inflacionaria, de cara al proceso electoral. La disparada cambiaria vuelve a echar nafta al fuego de las tarifas dolarizadas y los alimentos, en vísperas de las paritarias. Mientras el segundo acuerdo del gobierno con el FMI se hundía junto al peso, la docencia de todos los niveles ha comenzaba el ciclo lectivo con un paro masivo. La respuesta al derrumbe nacional, una vez más, está en manos de los trabajadores.

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