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26 de marzo de 2019

La suba del dólar, la punta del iceberg

Los comentaristas económicos insisten en asociar la suba del dólar –que alcanzó a más de 44 pesos – a las razones que no explican nada: “demanda firme, oferta escasa”, titula la web de un periódico de finanzas. Es obvio que sólo bajo tales circunstancias el dólar podría subir. Lo que debería subrayarse, en primer lugar, es que la nueva trepada coincide con una suba de los intereses que paga el Banco Central por sus letras, hasta alcanzar el 66% anual. Esa tasa exorbitante es la que debutó con el “plan Sandleris”, hace varios meses atrás. Aquella situación fue presentada como una “emergencia transitoria”, hasta que el mercado cambiario se normalizara. Por lo tanto, la situación ha vuelto a su punto de partida, o sea, a la emergencia. El segundo acuerdo con el FMI se encuentra definitivamente hundido: no hay tasa de interés, por usuraria que sea, capaz de contener la llamada “dolarización de carteras”. El reciente viaje de los funcionarios económicos macristas a Washington ha logrado arrancarle al FMI el compromiso de destinar parte del préstamo que deberá ingresar el próximo lunes a contener la suba del dólar, a razón de 60 millones por día. Nada garantiza, sin embargo, que esta financiación de la fuga de capitales (que engrosará la deuda externa) resulte suficiente para frenar una corrida. Mientras los depósitos en dólares en el sistema bancario alcanzan hoy los 30.000 millones de dólares, las reservas efectivas del banco Central no superan los 17.000 millones. En cuanto a la esperanza de equilibrar la demanda de dólares con los aportes del agro, las evidencias de una retención de granos y de divisas son harto evidentes, como lo mostró la cosecha de trigo. Ha sido un lugar común asociar al capital agrario –y de un modo general a todo el círculo rojo– con el macrismo. Pero en medio de una bancarrota general, el gran capital debe salir, en primer lugar, al rescate… de sí mismo. Una parte de la gran burguesía industrial y agraria apuesta hoy a un dólar de 50 pesos, aunque ello implique la ruina política definitiva del macrismo y de cualquier tentativa reeleccionista. En suma: la fuga de capitales en curso, a pesar de las Leliqs y de los altos intereses, expresa una desconfianza general de la clase capitalista, no ya respecto del futuro postelectoral, sino de la capacidad del macrismo para pilotear lo que resta de su gobierno.

Quiebra del capital

La devaluación en curso, por lo tanto, no es sólo la expresión de una coyuntura cambiaria. Asistimos a una disolución de la moneda nacional que traduce, de un modo general, un cuadro de disolución de las relaciones económicas vigentes. El crédito, componente fundamental de cualquier economía capitalista, ha casi desaparecido. Lo revela, por caso, la caída de un 90% de las escrituras con hipotecas en febrero de este año, en la Ciudad de Buenos Aires. En el plano del crédito de consumo, los trabajadores apenas refinancian sus deudas –usurarias– con tarjetas. Los tarifazos en el gas y en la luz previstos para estos días, y que alcanzaran el 30%, agravarán ese cuadro. La parálisis general de la industria automotriz arrastra ahora a los autopartistas, como ocurre con Lear. Las suspensiones y despidos en la industria expresan de qué modo el derrumbe industrial es trasladado a los trabajadores.

Puede afirmarse que los bancos –que están ganando fortunas con la deuda del Banco Central– no se han apartado del sostenimiento al gobierno “Cambiemos”. Pero cualquier banquero sabe que los intereses exorbitantes suelen ser el preámbulo de una insolvencia general. Esta situación comienza a hacer mella, en plano financiero, por el lado de los créditos impagos: el Banco Nación acaba de arrancarle al Anses un préstamo de urgencia para cubrir sus ´desfasajes de liquidez´, una forma elegante de aludir al tendal que están dejando grandes grupos capitalistas sobre sus números. Es el caso, según se informa, de los créditos no devueltos por Molinos Cañuelas. La descomposición económica, a término, también está colocando en cuestión el propio acuerdo con el FMI y su meta de “déficit fiscal cero”. Se calcula que la caída de ingresos, por menor recaudación en impuestos al consumo, aportes previsionales y retenciones, dejen un agujero fiscal de 80.000 millones de pesos (Clarín, 24/3). Mientras tanto, la devaluación –y la dolarización de tarifas- obligará a nuevos desembolsos de subsidios para sostener a los monopolios petroleros y gasíferos. Los medios afines al capital –oficialistas y opositores– se quejan de la alta tasa de interés que “financia al Estado y paraliza a la economía privada”. Pero el Estado está quebrado por una larga política de sostenimiento al capital, desde el gigantesco subsidio que implica el pago de la deuda usuraria hasta las generosas y crecientes exenciones a los aportes previsionales.

Considerada de conjunto, el derrumbe de la economía macrista vuelve a colocar sobre el tapete el impasse de fondo de la burguesía argentina. La “salida” que venía de la mano de un rescate del capital financiero ha potenciado todas las tendencias a la quiebra, en el marco de una nueva fase de la crisis mundial capitalista que se inauguró en 2007/2008. Un sector de la burguesía que abandona al macrismo reclama un nuevo “cambio de frente”, que pase por reciclar la enorme deuda pública externa y por un nuevo rescate estatal. Esta pretensión, sin embargo, choca con la magnitud de la quiebra nacional y los límites del propio capital internacional para abordar una política de rescates, la cual, de todos modos, ya ensayó el FMI desde mediados del año pasado hasta hoy, con los resultados a la vista. El dólar, por lo tanto, se dispara como expresión de una crisis general de las relaciones sociales imperantes y de sus pretendidas “salidas” políticas. La clase obrera y la izquierda deben tomar nota de este telón de fondo convulsivo.

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