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23 de mayo de 2019 | #1549

Alberto Fernández, el default y los socialistas

El candidato designado por Cristina declaró “Rechazamos el default, no somos socialistas” (Cronista Comercial, 20/5). La definición es astuta, sólo que los socialistas del Partido Obrero y el Frente de Izquierda no proponemos el default.

El default es la declaración de quiebra o insolvencia de un gobierno capitalista que quiere pagar la deuda, pero ha fundido sus finanzas y/o reservas en divisas y no puede afrontarla. La investigación y no pago de la deuda que proponemos los socialistas es la decisión soberana de un Estado de los trabajadores que ordena su economía a partir del no pago de la deuda, a excepción de aquellas acreencias que estén en manos de los jubilados o pequeños ahorristas, y no en manos de la banca acreedora, los fondos de inversión, los organismos multilaterales de crédito o los créditos de potencias imperialistas (caso Club de París, por ejemplo).

Un gobierno capitalista que defaultea, ordena su economía para el repago de la deuda, sin tocar los fundamentos económicos que llevaron a la cesación de pagos y, por lo tanto, ajustando contra los trabajadores para encontrar los recursos que no reunió en las anteriores condiciones económicas. Es lo que ocurrió en 2002 tras el default, en el marco de una megadevaluación, una desocupación de más del 20% y una caída del poder adquisitivo gigantesca.

Fue el gobierno capitalista de Adolfo Rodríguez Saá el que declaró el default de 2001/2002, y luego el ministerio de Remes Lenicov con Eduardo Duhalde el que aplicó una devaluación del 200% tras el corralito y el corralón, medidas que dejaron a millones de desocupados en la calle, licuando las tenencias de los ahorristas y desvalorizando en masa salarios y jubilaciones.

La “competitividad” provisional de esa etapa se basó en los salarios “recontra bajos”, mientras el dólar “recontra alto” hacía las delicias exportadoras. Los superávit gemelos, fiscal y comercial explotaron una reactivación mundial que ayudó a la “salida sojera”. Esta situación se prolongará hasta el canje de deuda de Roberto Lavagna, ya en tiempos de Néstor Kirchner en 2005, cuando se retoma el pago de la deuda.

Más tarde, vendrá el canje II de la mano de Amado Boudou en 2010, del que sólo quedarán afuera los fondos buitre por voluntad de ellos mismos. Luego, Kicillof pagó al contado la famosa deuda con el Club de París. Néstor Kirchner cancelaría al contado la deuda con el FMI con reservas del Banco Central a cambio de un bono de deuda del Tesoro que sigue allí, como pasivo del Banco Central.

Los fondos buitre terminarán cobrando 10.000 millones de dólares por una deuda diez veces menor, ya en tiempos de Macri, pero con aprobación peronista en el Congreso por parte de los diputados y de los gobernadores que hoy aportan a la tan pregonada “unidad del peronismo para enfrentar a Macri”. Kicillof se opuso a este pago a los buitres que el macrismo defendió para “volver al mercado internacional de deuda”. Pero la propuesta del keynesiano ex ministro cristinista no fue el no pago a los buitres, sino pagarles en los mismos términos que el canje I y II.

A esta altura importa clarificar que el canje I y II fueron un enorme negocio para el capital financiero, porque rescataron bonos basura que cotizaban centavos en el mercado internacional y habían provocado quebrantos importantes en las finanzas mundiales. Esos canjes incluyeron los famosos “cupones PBI” que resultaron un jugoso negocio. Digamos, por fin, que tanto Duhalde como Néstor Kirchner nunca dejaron de pagar al FMI, al Banco Mundial y al BID, y que esos organismos multilaterales de crédito no tuvieron quita alguna.

El resultado de la “salida” kirchnerista del default fue el “pago serial” de casi 200 mil millones de dólares del que se jactó Cristina cuando llegó la etapa crítica del agotamiento del endeudamiento “intraestatal” con el que se fue pagando la montaña de deuda ilegítima y usuraria heredada de la dictadura: el blindaje, el megacanje y todos los negociados de los últimos 40 años. Sin embargo, el pago serial no ahorró el enorme déficit fiscal, la inflación, el endeudamiento del Banco Central, el cepo y el desesperado intento de volver al mercado privado internacional de deuda de los últimos años de Cristina. En ese altar llegó el impuesto al salario, la desvalorización de jubilaciones y salarios, el ajuste contra los docentes y la salud, y se agravaron la precarización laboral, el trabajo en negro y la pobreza.

El no pago de la deuda que proponemos los socialistas, al contrario del default, es parte de un plan económico integral de los trabajadores: una banca pública única que termine con la fuga de capitales y destine el ahorro a la industrialización del país, el monopolio del Estado del comercio exterior para administrar las divisas, la nacionalización bajo gestión obrera de los recursos energéticos y estratégicos de todo orden, el reparto de las horas de trabajo disponibles entre todos los trabajadores y la recomposición de salarios y jubilaciones, así como la gestión de la moneda en función de este plan económico decidido y dirigido por los trabajadores.

Alberto Fernández, que fuera gerenciador menemista de las AFJP, legislador de Cavallo y jefe de Gabinete del canje de Lavagna, ya está eligiendo para su equipo a tipos como Guillermo Nielsen, funcionario estrella de Lavagna en el canje I, que tendrán por misión “renegociar” el pago de una deuda impagable. Tal vez, transformar el stand by del FMI en un crédito de facilidades extendidas, lo cual tendrá como contrapartida nuevos sacrificios y ajustes. Y convocar a los acreedores privados para una reestructuración, nombre elegante de un país que se presenta a decir “no puedo pagar”. Es decir que, bien mirada, es la política continuista de repago de deuda de Alberto Fernández la que nos llevará al default y no los socialistas del Partido Obrero y el FIT.

Un gobierno de trabajadores comerciaría con quien fuera necesario en un escenario mundial de guerras comerciales. Macri paradójicamente aisló a Argentina del mercado de deuda, que hoy cobra tasas imposibles (riesgo país 900 puntos), y por ello terminamos en las garras del FMI. “Pagar deuda con crecimiento” no depende sólo de sacrificios inenarrables para las masas, sino también de una economía mundial que hoy está en camino a la recesión.

El PO-FIT hará docencia política y programática sobre la importancia de romper con el FMI y repudiar la deuda, así como sobre las consecuencias nefastas de la política de quienes se presentan como recambio de los planes fondomonetaristas. Prepararemos a los trabajadores para las seguras luchas que vendrán, cualquiera sea el gobierno capitalista que surja en octubre. Para mejor llevar la palabra de clase y socialista a todos los luchadores insistimos en un Congreso del FIT.

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