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19 de junio de 2019

Las familias trabajadoras, entre la abstinencia y el endeudamiento

El impacto de la crisis y la combinación de inflación con recesión económica en las familias trabajadoras es desolador. Los últimos estudios publicados muestran cifras realmente alarmantes.

Derrumbe del consumo

Según la consultora Focus Market, el consumo masivo en el Gran Buenos Aires acumula en el último año una caída del 10,6% y no presenta expectativas de mejora. El informe, difundido por BAE Negocios (19/6), destaca que se redujo el número de transacciones y que disminuyó el número de unidades que se llevan por cada compra, con lo que el ticket promedio apenas supera los $200. 

Este derrumbe del consumo es indisociable de una inflación anual que llegó en mayo al 57,3%, con productos básicos aumentando muy por encima de la media, como es el caso de pañales (136%), leche (95%), o detergente y jabón (81%), según el mencionado informe. La Canasta Básica Alimentaria, con la que el Indec mide la cantidad mínima de alimentos que requiere una familia para no caer en la indigencia, cuesta un 61,7% más que hace un año. El mismo organismo identificó en mayo una aceleración de las subas de los precios mayoristas, acumulando un incremento del 68,5% en los últimos 12 meses, lo que significa que aún quedan por trasladarse nuevos aumentos a los precios finales.

Con un dólar estable, los analistas adjudican las subas en los productos primarios a la suba del precio internacional del petróleo, confirmando que la dolarización de los combustibles genera un espiral inflacionario que confisca los ingresos de las familias trabajadoras, las cuales necesitaron en mayo un ingreso mayor a los $30.000 para no ser pobres. 

Para graficar lo sensible de la situación sirve ver los cambios en las pautas de consumo. Una investigación realizada por D’ Alessio Irol y Berensztein demuestra que 9 de cada 10 argentinos bajó el consumo de alimentos y bebidas, y que el 83% no compra las primeras marcas. Mientras un 72% dejó de comer carne y disminuyó las gaseosas, el consumo de arroz se incrementó un 43%. Más estremecedor es el panorama si agregamos que un 51% de las personas de clase media-baja abandonó la compra de medicamentos (ídem).

Se expande, a su vez, el drama de la subalimentación en sectores crecientes de la población. Según el último informe del Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina, durante 2018 el 29,3% de los chicos sufrió déficit en sus comidas y un 13% directamente pasó hambre. A su vez, el estudio agrega que un 35% debió asistir a comedores infantiles.

Tarjeteando mientras se pueda

Otro estudio de D’ Alessio Irol retrata el alarmante cuadro de endeudamiento familiar: un 58% de quienes poseen tarjeta de crédito acumulan deudas. Muchos toman deuda para cancelar la tarjeta, y 4 de cada 10 destina el 40% de los ingresos familiares para saldar deudas. La mitad de los encuestados asegura que necesita por lo menos 3 años para salir del endeudamiento.

Ese informe destaca que el 37% sólo paga el mínimo (pateando el resto de los vencimientos para más adelante). Un relevamiento del Banco Central arroja que la parte impaga se refinancia a una tasa anual que puede llegar hasta el 223%, es decir que en un año pueden llegar a pagar más del triple de lo que consumieron. Es por esto que se registra una morosidad creciente de deudores particulares. Un banquero entrevistado por El Cronista (19/6) asegura que la gente que comienza ese mecanismo “posiblemente caiga en mora”, ante lo cual “subimos el pago mínimo para forzarlo a pagar más y achicar la deuda (…) Claro que esto hace caer el consumo, porque hoy la gente está usando la tarjeta para poder pagar la comida en el supermercado”. 

Un régimen de usura con el hambre popular

El colmo es que existe un sector del capital que saca provecho de esta situación. Por eso en un contexto de marcada recesión y derrumbe del consumo proliferan las tarjetas “low cost”. Recientemente generó resquemores en el rubro financiero el anuncio de la fintech brasileña, Nubank, de desembarcar en el mercado local, para ofrecer tarjetas de crédito de bajo costo y cuentas sueldo a quienes hoy están por fuera del sistema bancario tradicional, los cuales se calculan en la mitad de la población adulta del país (ídem). En ese terreno cosechan hoy grandes ganancias Tarjeta Naranja, Santander Río y Banco Galicia, que ya tienen repartidas más de 21 millones de tarjetas de este tipo.

Quienes se postulan para capitanear el barco de la quiebra nacional honrando la deuda usuraria con el FMI y los especuladores internacionales, los Macri-Pichetto y los Fernández-Fernández, solo pueden ofrecernos un agravamiento de la miseria que padecen hoy franjas cada vez mayores de la clase obrera. En un país que según expertos produce alimentos para 440 millones de personas, o sea 10 veces la población argentina, es claro que es apremiante una reorganización social que solo puede ser dirigida por los trabajadores, que son quienes producen la riqueza.
 

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