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25 de julio de 2019 | #1558

Algo más que la bolsonarización de la campaña

Hemos denunciado sistemáticamente que el FMI ha marcado la cancha de la campaña electoral. Tan fuerte fue esto durante todo el proceso de las elecciones adelantadas provinciales, que derivó en una adaptación de las fuerzas que hoy intentan polarizar la elección agregando derechismo peronista a ambas fórmulas. Con Pichetto a Macri y con Fernández y Massa a Cristina. En el medio quedó un residual con Lavagna que no es ni chicha ni limonada, pero enteramente ubicado en el mismo campo de los diez puntos del FMI.

El primer acierto del PO y luego del FIT, fue caracterizar los diez puntos redactados en Washington como comunes a toda la clase capitalista y, por ende, tanto al macrismo como al PJ, que disputan, justamente, el apoyo de la burguesía, como variantes más apropiadas a la descarga de la crisis sobre las masas. En contraste, lanzamos los diez puntos del pueblo trabajador que culminan con el gobierno de los trabajadores. Toda una perspectiva política. Pero que empiezan por la ruptura con el FMI, lo cual es también el primer punto de los veinte que suscribió el FIT-Unidad. Esta divisoria de aguas se ha revelado central  La cuestión de la ruptura con el FMI resulta demoledora para la izquierda seguidista del nacionalismo y es nuestro punto de apoyo contra la polarización capitalista de la elección.

En este tren fondomonetarista, la campaña se ha bolsonarizado con una feroz andanada de todo tipo de referentes patronales en favor de una reforma laboral a la “Temer”, una previsional que supere la de Bolsonaro que ya cuenta con media sanción, y una ofensiva más general en favor de replicar el acuerdo colonial Mercosur-Unión  Europea con otras potencias, en particular Estados Unidos. El propio Bolsonaro se pronunció por Macri, en un operativo intervencionista sin precedentes en una campaña electoral de otro país, en un estilo Donald Trump.

Al calor de esta impronta, Bullrich lanzó su “servicio cívico de valores” para disciplinar a la juventud emprobrecida enviándola a los cuarteles de la Gendarmería responsable de la muerte de Santiago Maldonado, socia de la Prefectura asesina de Rafael Nahuel, cómplice notoria de la connivencia con el narcotráfico y animadora número uno de la criminalización de la pobreza juvenil en los barrios. A la iniciativa “olmedista” del macrismo, Fernández Alberto respondió que es un “paliativo” y “una salida de emergencia”. Siguió en esto un largo derrotero de iniciativas anteriores que se fueron descartando de notorios representantes de la política criolla: Felipe Solá, Julio Cobos en Mendoza, Capitanich, entre otros (ver artículo en Prensa Obrera, 19/7). Como se verá a ambos lados de la grieta trucha.

Pero la cosa va in crescendo. Cristina no se quiso quedar atrás y se declaró varias veces más capitalista que Macri a quien acusó de “soviético”. La ex presidenta fundó el calificativo en que durante su gobierno la gente compraba lo que quería y sobre todo primeras marcas que no eran “marca pindonga o cuchuflito”. Pero se metió en un berenjenal porque las “segundas marcas” a menudo son prohijadas por los mismos grupos económicos, como la leche La Martona o las marcas de supermercados del mismo producto que son fabricadas por el mismo grupo Mastellone que hace La Serenísima. En otros casos son productos de Pymes que el pejotismo vive ensalzando. Lo que es y fue incapaz de hacer Cristina es abrir los libros de las empresa formadoras de precios. Pero además delira cuando dice que todo el mundo compraba lo que quería, porque sus cuatro últimos años de gobierno estuvieron marcados por la caída del salario, la recesión y el ajuste para “vivir con lo nuestro”. Al punto que el kirchnerismo con Scioli a la cabeza perdió la elección repudiado, entre otras cosas, por el impuesto al salario que impedía comprar lo que quisiera a los trabajadores más calificados.

Cristina en semejante tren macartista, en realidad, quiso refutar a Pichetto que había acusado de comunista a Kicillof, el autor del pago al Club de París, de la indemnización a Repsol y del acuerdo YPF Chevron junto a Miguel Galuccio, con quien implementó el programa Gas Plus, antecedente y matriz de la dolarización de tarifas y la entrega de Vaca Muerta. El mismo Kicillof que acaba de negar la estatización de Edelap que ganó 1.650 millones de pesos el año pasado y dejó sin luz a un tercio de La Plata durante cinco días.

El último capítulo lo han escrito los propios empresarios condicionando el campo de la política patronal a la agenda de la reforma laboral, previsional e impositiva, frente a la cual Macri se coloca a la cabeza con Pichetto como pieza futura clave y Fernández-Fernández-Massa proponen un pacto social con la burocracia como condición para llevarla adelante mediante la firma de convenios flexibles que ahora mismo siguen firmando los burócratas de todos los colores pejotistas. Dos variantes de la “unidad nacional” fondomonetarista.

Resulta notable entonces que los “polos” presuntamente antagónicos, no sólo no son tales, sino que disputan por derecha una base electoral, cuya desesperación manipulan ante la brutal crisis capitalista y de todo el régimen económico que se descarga sobre sus espaldas. Son los políticos del FMI, son los políticos de la UIA, son los políticos que se bolsonarizan al compás de la agenda continental reaccionaria de la burguesía. Son las listas pobladas de pañuelos celestes.

Desarrollemos a fondo la campaña del FIT-Unidad con nuestras consignas, más vigentes que nunca: que la crisis la paguen los capitalistas; los candidatos del FMI o los candidatos del FIT-Unidad; por una salida de los trabajadores y la izquierda. 

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