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28 de noviembre de 2019

Duhalde merece la cárcel, no el bronce

Alberto Fernández pidió un “monumento al bombero” para el responsable de la Masacre de Avellaneda y megadevaluador.

Alberto Fernández se propuso darle a la visita que recibió de Eduardo Duhalde un contenido político preciso. A la salida de la misma, sostuvo en un tuit que al ex presidente deberían hacerle un “monumento al bombero (…) porque sacó al país del incendio y allanó el camino para volver a crecer”. Una reivindicación categórica de su breve mandato, durante el cual tuvo lugar la represión criminal al Puente Pueyrredón en la que fueron asesinados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

Por su parte, el propio Duhalde realizó luego declaraciones a los medios en las que sostuvo que Cristina Kirchner jugará un papel subordinado en el nuevo gobierno. Todo sugiere que Alberto Fernández -que viene de sumar al hijo de Roberto Lavagna como funcionario- busca hacerse de una base propia en el PJ tradicional.

Además, el ex presidente afirmó que la deuda no sería un problema porque “sabemos que no podemos pagar y lo saben también los acreedores”. “El problema es lo que producimos”, planteó, para argumentar que Fernández encabezará un gobierno centrado “en el trabajo y la producción”.

Fuera de los dardos contra CFK -sugestivos, sin embargo-, la presentación de su breve gestión como la de una salida a la crisis en base a un desarrollo productivo del país es una estafa. En realidad, su gobierno fue el de la megadevaluación que marcó la salida de la convertibilidad, lo que generó condiciones favorables para las exportadoras, lo que luego empalmaría con un récord histórico de los precios internacionales de las materias primas. Esos ingresos extraordinarios, de todas maneras, no sirvieron para industrializar al país sino para financiar la fuga de capitales y el pago de la deuda, que solo durante el 2002 (año en que Duhalde fue presidente) rondó los 21.500 millones de dólares, nada menos que el 22% del PBI. El boom exportador de los años siguientes no mejoró la situación “productiva” del trabajo, ya que un tercio de la fuerza laboral fue sumida en la precariedad, ni para dar paso al desarrollo de una pujante burguesía nacional, como se propuso Néstor Kirchner al asumir el gobierno en 2003.

Pero su verdadera función, quizás, haya asomado cuando afirmó que no ve a Mauricio Macri liderando a la oposición y se esforzó en diferenciar al presidente saliente de Horacio Rodríguez Larreta y la UCR, es decir que apostará por fracturar a la oposición para reunir un sector más proclive al “consenso” que, destaca, será fundamental en la etapa que se viene. Hizo particular hincapié en celebrar la noticia de que Alberto Fernández presentará un proyecto de ley para crear un Consejo Económico y Social, con el objetivo de que sea presidido por Roberto Lavagna. Duhalde aparece así como un vehículo para reunir adeptos entre la derecha argentina.

En esa dirección apuntan los halagos de Fernández a quien es el máximo responsable político del asesinato de Kosteki y Santillán. Ese hecho, que sacudió al país y obligó a Duhalde a convocar elecciones anticipadas, constituyó el intento más crudo de poner fin al movimiento piquetero y a la lucha popular a fuerza de balas de plomo. La reivindicación de su rol de “bombero” adelanta que el presidente electo ya abre el paraguas ante la situación inflamable en que deberá ocupar la Casa Rosada, con una crisis social rampante y un movimiento obrero con reservas de lucha.

La fuerza bruta es el correlato necesario de los pactos sociales, sea la Mesa del Diálogo de Duhalde o un Consejo Económico y Social para institucionalizar la subordinación de la CGT, la CTA y el Triunvirato Cayetano. Es una advertencia a los luchadores, y un mal trago para los izquierdistas o progresistas que siguen dentro del Frente de Todos, que ya estaban digiriendo la nominación a la Cancillería del otro principal responsable político de la Masacre de Avellaneda, Felipe Solá, entonces gobernador bonaerense.

Por lo demás, la preocupación por “la producción y el trabajo” es cierta, en la medida en que entendamos ello como la centralidad que adjudica Fernández a la flexibilización de los convenios, empezando por las más importantes concentraciones económicas como Vaca Muerta, la megaminería o el complejo ensamblador de Tierra del Fuego. El “esfuerzo” que le reclamarán a los trabajadores en pos de una reactivación productiva del país tiene como objetivo primario no la industrialización del país, sino la recaudación de los dólares que hacen falta para pagar al FMI y los usureros internacionales, que se encuentran comprando bonos argentinos a precio de remate

Para Duhalde no queremos estatuas de bronce, queremos la cárcel común. Ningún pacto con los verdugos del movimiento obrero y de los luchadores; los trabajadores debemos prepararnos para la defensa de nuestros reclamos contra este renovado intento de hacernos pagar la crisis.

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