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19 de julio de 2007 | #1001

El golpe de mano de Techint

El acto de asunción del nuevo ministro Peirano no dejó dudas: fue un verdadero mitín político de la “burguesía nacional”. Se trata del conjunto de los patrones que desde 2002 hasta hoy multiplicó sus beneficios en base a la devaluación y a la pesificación.

Estaban, entre otros, “el presidente de la UIA, Juan Carlos Lascurain; el titular del Grupo Techint, Paolo Rocca; el presidente de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi; el titular de Volkswagen Argentina, Victor Klima; el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Luciano Miguens, y (...) el titular de Fiat Argentina, Cristiano Ratazzi” (Página/12, 18/7). Como si se tratara de un acto de campaña, el mismo diario destaca que “la Unión Industrial movilizó hasta el último afiliado”.

¿Cómo explicar semejante despliegue para un recambio ministerial que, según tantos “analistas”, se debe a un “incidente personal” y que, por lo tanto, “no cambia nada”?

La razón es simple: no es la “bolsa de Miceli” la que disparó la crisis de gabinete, sino al revés —una crisis del plan económico es la que lleva a ‘encontrarle’ el bolso a Miceli. Tampoco se trata de una pelea por la sucesión de la ministra sino de una feroz disputa para digitar el ministro de Economía en el caso de que gane la esposa de Kirchner. A Peirano lo meten en Economía para que ‘demuestre’ que puede quedarse con el cargo después de diciembre de 2007.

La pelea por Economía ya tiene a varios “sparrings”: Mario Blejer, funcionario del Banco de Inglaterra, que por estos días decidió retornar de improviso a Argentina; Martín Redrado, viejo cavallista, que ocupa la presidencia del Banco Central; Beatriz Nofal, ex radical y ex aliancista. Esa disputa ya se había expresado con el caso Skanska, el que fue utilizado por la facción de Alberto Fernández para golpear a De Vido. Ahora, se “vio la mano devidista en el aliento a sendos escándalos mediáticos, como el de Miceli y Picolotti, ambas defendidas con énfasis por el jefe de Gabinete” (La Nación, 18/3). Si la cohesión interior de la camarilla kirchnerista se ha quebrado, es porque el kirchnerismo ha fracasado, luego de todo tipo de tentativas, de estabilizar el régimen político luego de la crisis 2001/3.

La “transición” y los devaluadores

La sucesión de Cristina está muy lejos de ser un armonioso pasaje de la banda presidencial entre dos cónyuges. El proceso económico se enfrenta a la necesidad de un viraje, porque los tarifazos y el arreglo de la deuda externa pendiente (con los bonistas y con el Club de París) son imparables. El conjunto de la burguesía plantea que este giro económico modifica las relaciones con el movimiento obrero —que debe ser disciplinado para que no torpedee el ajuste que se viene. Esta línea ya se viene aplicando en los convenios firmados este año y se manifiesta claramente en el conflicto de Foetra, cuya dirección fue conminada por el gobierno para que imponga el tope de aumento de salarios y las cláusulas antihuelgas y de flexibilización laboral. No es cierto, de ningún modo, que este giro sea un reclamo que la burguesía nacional o la industrial no comparta. Todo lo contrario, ella es la principal fogonera. Para esta burguesía ‘patriótica’ es la hora de recuperar el control completo del proceso social, que se ‘desbordó’ a partir del Argentinazo. Por ello promueve todas las medidas económicas que apuntalen el disciplinamiento de la clase obrera, como sería la revaluación del peso, que ya está en curso desde hace más de un año. Un peso más alto tiene el efecto contrario de la devaluación: en lugar de alimentar la suba de precios, incluido el salario, ejerce una presión deflacionaria sobre la producción y sobre la capacidad de negociación de los trabajadores. Lo mismo vale para la exigencia de la ‘burguesía nacional’ de que se ‘controle el gasto social’. Techint está también interesada en frenar la avalancha de importaciones chinas, que perjudican a sus clientes industriales. La UIA quiere que se pare la compra de empresas argentinas por empresas brasileñas. Adelantándose a las condiciones del ajuste, los Techint y compañía reclaman la creación de un Banco de Desarrollo para financiar a la industria, como ya ocurrió en el pasado y según el modelo de Brasil. Se trata de un planteo de subsidio del Estado a la ‘burguesía nacional’ en la tasa del crédito. Un banco de ese tipo necesitará financiarse en el mercado internacional, lo cual lleva a un arreglo de todas las pendencias acumuladas con el capital financiero internacional.

Con la instalación de Peirano, la UIA y Techint han ganado una pulseada. Los Rocca aspiran a que Peirano, viejo funcionario del pulpo, pueda “conservar el puesto en un eventual gobierno de Cristina Fernández, o al menos, a que permanezca como ministro de la Producción, en caso de que la cartera económica se desdoblara en ese nuevo ministerio y el de Hacienda” (Página/12). El nombramiento de Peirano, en este sentido, apunta a más que a un interinato de cinco meses.

El nuevo ministro dijo que “rechaza de plano la receta ortodoxa de enfriar la economía y dejar caer el dólar para aplacar la escalada de precios. La salida, según su visión, es controlar la formación de precios” (Página/12, ídem), al cual quiere darle un “carácter permanente e institucional”. En realidad es un discurso para giles, porque no tiene otra alternativa hasta las elecciones de octubre. A Techint le preocupa salir de la crisis energética, que ya obligó a varias paradas técnicas en sus acerías, en especial porque su negocio tiene que ver con gasoductos y petróleo. Nada prueba mejor el agotamiento del llamado ‘control de precios’ que las crecientes autorizaciones de subas otorgadas por Moreno a las distintas ramas del comercio y el anuncio de una nueva suba para las prepagas.

En la primera fila de la asunción de Peirano, Hugo Moyano no le mezquinó abrazos al nuevo ministro ni a ninguno de los popes de la gran patronal allí presentes, porque es el gil número uno de toda la historia, que cree, o finge creer, que la política posterior a las elecciones será ‘crear trabajo’ y ‘crecer hasta lo que dé’. De ninguna manera. El conjunto del capital reclama una ‘normalización’ de la economía y de la política —como la encarna Macri, de un lado, y Cristina Kirchner, del otro. Si tenemos en cuenta que a Moyano ya lo ‘engrupieron’, en su momento, tanto Menem como De la Rúa, no hay nada nuevo en su torpeza. Después de todo, esto le permite seguir calentándose con el gobierno —lo cual es siempre un ‘mal menor’.

Es curioso que después de haber anunciado que “el cambio recién comienza”, el oficialismo se complazca ahora en destacar que el cambio de ministro no altera nada. El ‘cambio’, sin embargo, ya ha comenzado hace un tiempo, porque la política ‘nacional y popular’ está acabada. La anunciada intención de dividir el actual Ministerio de Economía en uno de Producción y otro de Hacienda anticipa la pretensión de subastar al próximo gabinete entre tendencias capitalistas rivales. Pero por sobre todo es una forma de asegurar a la ‘burguesía nacional’ su ‘banco de desarrollo’ en el marco de un arreglo con el capital financiero internacional.

Desarrollar una oposición obrera y socialista

La oposición multiplica sus ‘denuncias judiciales’ sobre la “bolsa de Miceli”, pero se cuida muy bien de no denunciar el escandaloso desfile empresarial que acompañó a la asunción de Peirano.

Ni el salario igual a la canasta familiar, ni el trabajo estable y seguro, ni el acceso a la vivienda está en la agenda de los Kirchner ni en la de sus opositores capitalistas.

En su campaña electoral, con en todas las luchas que se plantean, el Partido Obrero va a oponer al plan de ‘normalización’ capitalista que consistirá en tarifazos y congelamiento salarial, la agenda de las reivindicaciones obreras y populares.

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