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21 de abril de 2005 | #896

La rebelión no cesa

Al principio, hace tres años, creyeron que era un Chávez.
 
Al igual que Kirchner, al principio gobernó con el apoyo de los D’Elía y los Ceballos —los dirigentes del movimiento indígena ecuatoriano.
 
En las vísperas de su caída, el ex presidente Lucio Gutiérrez no tenía, sin embargo, más que el apoyo de un 5% de los encuestados.
 
Las organizaciones populares le habían dado la espalda hacía tiempo.
 
Es que de la demagogia nacionalista, Gutiérrez había pasado al entreguismo.
 
Como lo han hecho toda la vida los representantes ‘nacionales y populares’ de ‘la burguesía nacional’.
 
No mandó tropas a Haití, como Kirchner, Lula o Tabaré Vázquez, pero cedió bases a los yanquis en el marco del “plan Colombia”.
 
Por eso recibió el apoyo hasta el final del gobierno Bush.
 
El subsecretario para asuntos latinoamericanos de los Estados Unidos, Roger Noriega, un gusano de gusanos, había reafirmado su apoyo a Gutiérrez (La Nación, 20/4).
 
Como ha ocurrido en la mayoría de las crisis revolucionarias en la historia, el primer tiro lo dispararon los que mejor están de las clases medias.
 
Pero ya vienen los trabajadores y los indígenas, que encabezaron la rebelión de comienzos de 2000.
 
Los sucesos ecuatorianos preocupan a los Kirchner y a los Lula.
 
Ha sido derrocado uno de su propio palo.
 
La demagogia no alcanza.
 
Pegar el grito en un lado, diciendo que van a defender a Argentina hasta la muerte, y poner el huevo en el otro, pactando con el FMI y las privatizadas, y ajustando por inflación la nueva deuda externa; hacer esto ya no engaña a nadie.
 
No engañó a los docentes de Salta.
 
No engaña a los trabajadores del Garrahan, del Hospital de Niños o del Ramos Mejía.
 
No engaña a los aeronáuticos de Lafsa o a los trabajadores que Taselli quiere estafar y despedir en Parmalat.
 
No engaña a los familiares de las víctimas de Cromañón.
 
Si organizamos un Frente de izquierda y de los movimientos en lucha lograremos mucho más que simplemente los gobiernos capitalistas deban poner las barbas en remojo.
 
Podremos apuntar, no a otra demagogia nacionalista, sino a un gobierno de trabajadores.

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