26/09/2007 | 1011

Acoples, rejuntes y la crisis política inminente

Las elecciones del próximo 28 de octubre no solamente se presentan como fraudulentas debido al uso descarado de las colectoras, acoples y sub-lemas. Se trata de un método, reiteradamente probado, que habilita a toda clase de maniobras en el proceso de la votación y aún en el recuento de los sufragios —además del fraude para la ciudadanía que significa la aglomeración de listas de diverso signo político. En esta metodología podrida no solamente exulta el oficialismo sino todavía más la oposición, aunque en el caso de Carrió, por ejemplo, hay que reconocer que se trata de la misma amalgama que parió la Alianza en 1999, con la ‘piba’ Bullrich y el ‘socialista’ Giustiniani en el mismo barco. En el caso de Lavagna, el acople de alfonsinistas con duhaldistas se puede decir que ‘blanquea’ con enorme retraso al frente devaluacionista que derrocó a De la Rúa en diciembre de 2001. Kirchner, por su lado, lleva 126 listas en Santa Cruz (y una enorme cantidad de colectoras en los municipios bonaerenses), mientras Capitanich acaba de ‘deslumbrar’ al realismo político al agrupar a los izquierdistas de Barrios de Pie con los derechistas de López Murphy y los fascistizantes del partido nacionalista constitucional en la provincia de Chaco.


Pero más que fraudulentas, sin embargo, las próximas elecciones son engañosas, y precisamente por esto vienen empaquetadas con el fraude. Es necesario, por sobre todo, colocarlas en perspectiva; el voto popular no va a determinar ninguna salida a los problemas nacionales, ni siquiera zanjará las divergencias políticas que enfrentan a las principales fuerzas que representan a la burguesía. El escenario posterior a las elecciones mostrará toda la potencia de la crisis acumulada en los últimos años de gobierno, así como el efecto arrasador de la crisis económica internacional. El Partido Obrero es conciente de sus limitadas posibilidades para llamar la atención de los electores de cara al 28 de octubre, pero lo fundamental es desarrollar una campaña política de preparación de fuerzas para las crisis y conflictos que no dejarán de emerger en el período subsiguiente. Aislar al proceso electoral de las perspectivas políticas generales es una manifestación de miopía política incurable. Lo que importa en el próximo episodio electoral no es la habilidad para la maniobra en función de ventajas necesariamente menores sino la firmeza para defender un planteo estratégico y propagandizarlo entre los trabajadores.


La dama de la gobernabilidad


En oportunidad de la reciente reunión, en Buenos Aires, del Council of the Americas, su organizadora, una norteamericana ligada a los grandes pulpos y al partido demócrata de Estados Unidos, sorprendió con la afirmación de que solamente la candidata del oficialismo aseguraba la gobernabilidad. Nada podría ser más cierto —a primera vista, esto si se considera la precariedad de las alianzas políticas de Carrió o Lavagna; no hablemos ya de Sobisch o Rodríguez Saá. Los dos primeros representan un ‘replay’ devaluado: una, de la experiencia fracasada de la Alianza y, el otro, del duhaldismo. Los otros dos parecen, más que nada, candidatos a participar de futuras conspiraciones políticas.


De modo que la palabra de orden que baja, nada menos que de Washington, es el voto a Cristina Kirchner. La mujer se pasea por el mundo para devolver los favores, como el pago de la deuda con el Club de París, el tarifazo energético y una mayor ‘disciplina’ fiscal para asegurar el pago de la deuda pública. Su marido acaba de anunciar incluso la disposición a canjear el medio ambiente de Argentina por títulos de la deuda externa (en los que la prensa ha incluido a los que no entraron en la renegociación). También ha recriminado a Irán, como se lo exigió el ‘lobby’ sionista, sin importarle que esto pueda asociar políticamente a Argentina a lo que ya es una guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y contra Siria.


Pero el pilar de la ‘gobernabilidad’, el crecimiento de la producción, está haciendo agua. La inflación, que alcanza un nada envidiable 20% anual, es una manifestación, en primer lugar, del boicot a las inversiones por parte de la clase capitalista —no solamente en infraestructura y combustibles sino también en la industria. En lugar de ampliar la capacidad de producción, los industriales (¡kirchneristas!) han cubierto la mayor demanda con importaciones —por eso ha caído en forma drástica el superávit comercial, incluso cuando los precios de las exportaciones agrarias han crecido más que nunca; han aceptado incluso vender sus empresas a capitales extranjeros, en especial a los brasileños, cuyo control es ejercido por los fondos de inversión internacional. Para ‘consuelo’ de algunos habría que añadir que asistimos a un fenómeno mundial, que fue señalado recientemente por el informe anual del Banco de Basilea. Esta depresión de las inversiones es un testimonio de la sobreproducción que caracteriza a la economía mundial. Su lugar ha sido ocupado por la especulación inmobiliaria, cuyo estallido se extiende por el mundo a partir de la crisis norteamericana. La depresión internacional de las inversiones se ha manifestado también en el campo del petróleo y del gas, y en la producción de alimentos. El capitalismo ha esperado la ‘señal’ del aumento descomunal de los precios para invertir, pero ahora se encuentra con una inminente recesión en los Estados Unidos, que ya se extiende a Europa. Se ha creado de este modo una combinación de inflación y de recesión. No es precisamente el tipo de mezcla que asegura la ‘gobernabilidad’.


Marchamos separados, pero golpeamos juntos


La consigna de ‘enfriar’ la economía y de asegurar la estabilidad de precios se ha transformado en un patrimonio común, si no de la humanidad, al menos de los cinco o seis candidatos patronales en vista. La primera dama ya dijo, en Idea, que no había que “enamorarse del dólar alto”, desmintiendo con ello a su esposo y dando el único toque de femineidad a su campaña —más allá, claro, de la exhibición de sus ‘tailleurs’. Rodríguez Saá planteó directamente el retorno a la ‘convertibilidad’, pero lo mismo hizo Prat Gay, el economista de Carrió, cuando dijo que había que ajustar la emisión monetaria a las reservas del Banco Central. El objetivo ‘enfriamiento’ de la economía es presentado como necesario para proceder al ‘tarifazo’, cuyo impacto inflacionario se vería atenuado como consecuencia de una disminución de la demanda y de una revalorización del peso. La finalidad estratégica del ‘enfriamiento’, sin embargo, apunta a ‘disciplinar’ a la clase obrera, mediante la creación de un nuevo ciclo de cesantías y despidos. La ‘gobernabilidad’ pasa por una política decididamente anti-obrera.


La ‘macana’ de todo este planteo es que se pretende ‘enfriar’ la economía cuando de esto ya se está encargando la crisis capitalista internacional —con la recesión en Estados Unidos. En lugar de avivar las llamas, los candidatos proponen apagar las brasas. Es cierto que esta recesión en ciernes va a estar acompañada de grandes movimientos especulativos (ingresos de capitales golondrinas) que podrían tener por centro a países como Argentina —pero, nuevamente, esto sólo servirá para complicar las cosas, pues a la recesión se le juntará la inflación. El llamado gobierno de ‘la burguesía nacional’ viene a fracasar exactamente cuando debería estar cumpliendo el cometido que se ha asignado, o sea cuando habría que contrarrestar la recesión internacional con un plan de desarrollo interno. Pero, como se ve, los ‘nac & pop” solamente han servido para aprovecharse de cinco años de recuperación económica (2002-07) y de crecimiento de los precios de exportación, aunque por sobre todo de salarios y jubilaciones bajos y de la vigencia de una implacable flexibilidad laboral.


De los Scioli y los Moyano


No es casual que, en este cuadro, la candidata oficial haya comenzado a juguetear con la necesidad de un “pacto social”. Es lo único que puede ofrecer en contraposición a sus competidores. El “pacto social” sería un acuerdo con la burocracia de Moyano, principalmente, para adaptar los reclamos de los trabajadores al ‘enfriamiento’ capitalista. La UTA, una adelantada del moyanismo, ya está mostrando de qué se trata en el hostigamiento a los trabajadores del Subte.


Pero la burocracia sindical no escapa al proceso de disgregación que caracteriza a los partidos políticos y al régimen político en general. El matrimonio Kirchner no le dio a Moyano las candidaturas que pedía para su fracción, porque tampoco podía entrar en choque con otros grupos relegados, sea de la burocracia, de los piquetruchos, de la CTA o de los punteros del Frente para la Victoria.


El andamiaje montado por el oficialismo para asegurarse la victoria el 28 de octubre no es precisamente un modelo para la ‘gobernabilidad’. El intendente de Mar del Plata, Katz, que ya circula como futuro ministro de Scioli, acaba de denunciar el método “institucional” del gobierno, lo que no puede más que ser una referencia a los casos Skanska, superpoderes, Miceli, valijazo (es una manera de reclamar que De Vido y Alberto Fernández no figuren en un próximo gabinete). Rivara, el ministro de Agricultura de Solá, lanzó una campaña para terminar con la metodología de comercialización en media res, que deja en claro la victoria de los frigoríficos exportadores y de los supermercados en la disputa del mercado de carnes. Según varios analistas, Scioli ya tiene armado un gabinete de su propio palo, o sea con poca presencia kirchnerista. Si esto se confirma luego de diciembre, Cristina Kirchner consagraría, en caso de ganar, un verdadero régimen de ‘ingobernabilidad’, que sólo podría provocar la envidia de Alfonsín y de De la Rúa.


El final del mandato de Kirchner se resume en un conjunto de tendencias que apuntan a un estallido del régimen político, que por otra parte nunca terminó de estructurarse luego del ‘Argentinazo’. Kirchner no pudo imponer ninguna forma de gobierno coherente, sea de partido, de coalición o personal. Las cuestiones planteadas por la rebelión popular de 2001 siguen en pie, acentuadas, y no tienen salida en un marco electoral.


Duhalde, ‘enter’


Este cuadro de conjunto ha permitido la reaparición de un muñequero político deshauciado, Eduardo Duhalde, quien se ha dado como objetivo reconstruir al partido justicialista —tal como lo piden Romero, Rodríguez Saá y otros. Dicho simplemente así, sin necesidad de adjetivos, delata un propósito conspirativo. No solamente porque Kirchner se asignó la misma finalidad cuando abandone el gobierno, sino porque significaría un trabajo de socavamiento de un eventual gobierno kirchnerista dos. Según La Nación, Duhalde vuelve para ejercer su oficio devaluacionista, en oposición a la revalorización que propugnan la mayoría de los candidatos.


Algunos suspicaces, sin embargo, sospechan algo más —y es que la señora del Presidente podría verse obligada a ir a una segunda vuelta, que es cuando Duhalde empezaría con su ‘labor’. En efecto, la posibilidad de que la candidatura oficial no alcance el 40% no puede ser descartada; según algunos encuestadores, evitar la segunda vuelta exige que gane la provincia de Buenos Aires con el 60% de los votos. Lo cual no es fácil, más allá de que ponga en evidencia una super-Scioli-dependencia. Los resultados adversos en la mayor parte de las grandes ciudades, en las recientes elecciones provinciales; la inflación y la manipulación del Indek (que ya ha desatado una crisis con Julio Cobos, candidato a vice del gobierno, por el manejo que ha hecho Moreno de los datos de Mendoza); el fraude en Córdoba y el enfrentamiento en esta provincia entre Alberto Fernández, de un lado, y De Vido-Jaime, del otro; la crisis ininterrumpida en Santa Cruz; en definitiva, un conjunto de derrotas, retrocesos y contrastes, aún pueden privar al oficialismo de la victoria en la primera vuelta. En este caso, el próximo diciembre podría incorporarse a la historia de los veranos calientes.


El reagrupamiento de los trabajadores sobre nuevas bases


En este cuadro de conjunto, las elecciones de octubre no van a servir ni para hacer un recuento de las tendencias de opinión en el electorado. Las listas en disputa procuran más disimular sus planteos que ponerlos en evidencia.


En este marco de confusión lo que importa es desarrollar una claridad política; señalar la estrategia, en especial con vista a una clase obrera que está pasando por una fase de transición en varios aspectos: 1) agotamiento de la experiencia con el pseudo nacionalismo burgués del kirchnerismo; 2) la presencia de una juventud sin un pasado político definido; 3) hostilidad acentuada, en especial entre esa juventud, hacia la burocracia de los sindicatos; 4) una tendencia a la acción directa en todas las clases sociales, como consecuencia del derrumbe social y de la impasse política. Es necesario, en estas circunstancias, llamar la atención de la clase obrera y de la juventud hacia la necesidad de un reagrupamiento político autónomo sobre bases socialistas. Sobre la base de esta perspectiva es necesario impulsar el reclutamiento de fuerzas y organizar un trabajo político sistemático. En oposición a quienes procurar ‘sobrevivir’ en los procesos electorales sobre la base de combinaciones sin principios, denunciamos la impasse, cada vez más acentuada, del régimen político y de la organización social capitalista en su conjunto, y llamamos a constituirnos en un partido político independiente que luche por el gobierno de los trabajadores y la reorganización socialista de la sociedad.