30/10/2003 | 823

Ataque en gran escala contra Brukman y Sasetru

La necesidad de neutralizar a los piqueteros (dividir, cooptar y reprimir) ha pasado a ocupar la primera plana de los medios de comunicación. «El gobierno apuesta a dividirlos», editorializa La Nación. Ezequiel Gallo destaca que «el gobierno apuesta de manera permanente a fraccionar a las organizaciones piqueteras», y agrega que «para lograrlo se apoya en el control de los proyectos productivos y laborales, recursos que los piqueteros necesitan para sostener su capacidad de movilización» (La Nación, 25/10).


Al día siguiente, Morales Solá traza la radiografía que hace el oficialismo del movimiento piquetero: «Un informe en poder del Gobierno señala que hay tres grandes grupos de piqueteros. Uno está en manos de la ministro Alicia Kirchner y aceptó reacomodarse en cooperativas de trabajo. Un segundo grupo pertenece a los líderes históricos, Alderete y D’Elía y podría sumarse al primero, porque se queda sin razones para mortificar. El tercero es una mezcla de marginales sin remedio con grupos de la izquierda antidiluviana».


Esta misma discriminación fue enfatizada en el noticiero nocturno de Canal 2, por Alfredo Leuco, un vocero oficioso del gobierno. Señala que el ascenso de Kirchner está clarificando el panorama, y decanta a los sectores que pueden ser asimilables de los que serían «irrecuperables».


Esta política se hace extensiva a las fábricas ocupadas. Se pretende meter una cuña en Brukman, en Sasetru, en Zanón, dividirlas, aislar a los sectores más consecuentes y cooptar a los otros sobre la base de promesas y prebendas. En este cuadro, figuras como la de Luis Caro juegan un papel servicial.


Riquista


Caro es un ejemplo mayúsculo de perfidia política. Por un lado, se jacta de la «prescindencia política» del movimiento que él preside pero, por el otro, actúa al servicio del riquismo (fue candidato de Rico en Avellaneda) y del clero «social».


Su participación en las listas riquistas es la culminación de una trayectoria en el municipio como funcionario del gobierno peronista de Cacho Alvarez. Entre 1991 a 1999 desfiló por diversos cargos oficiales (director de Acción Social, jefe de Compras y Suministros, subsecretario de Producción y Empleo, y delegado municipal de Villa Dominico). En otras palabras, el hombre que se jacta de abrir las fábricas, acompañó la gestión duhaldomenemista, responsable de la hiperdesocupación y del mayor vaciamiento industrial. Caro es un hombre de la Iglesia, designado delegado de la Pastoral Social del Obispado de Avellaneda-Lanús en los años 2000, 2001 y 2002.


Caro ha convertido al movimiento de fábricas en una suerte de coto. Todas las cooperativas están atadas por la lealtad y devoción al líder, quien está habilitado para hacer y deshacer a su antojo. En Panificación Cinco produjo un golpe de mano para desplazar a los «desobedientes y descarriados» y consagrar a sus acólitos. Caro procura poner en pie su propia burocracia con el propósito de gerenciar el espacio de empresas recuperadas, que puede reportar grandes dividendos políticos y económicos si se reconvierten en términos empresarios. Aunque Caro jamás explicitó sus diferencias con Murúa, lo que está en la base de la división del Movimiento de Empresas Recuperadas ÿmás allá de los alineamientos con diferentes variantes políticas patronalesÿ es la disputa por el manejo de esta red de empresas y los recursos y perspectivas comerciales que encierran.


Contra Brukman


En este contexto, no debe llamar la atención la conducta de Caro respecto a Brukman y Sasetru, y en términos generales en relación con las empresas donde prima un principio de independencia de clase frente a los gobiernos de turno.


Es un hecho conocido que Caro no ha tenido nada que ver con la larga y perseverante lucha librada por los compañeros de Brukman. El gran ausente en este conflicto pretende, ahora que se ha precipitado la quiebra de la empresa, aparecer como el portavoz de los obreros de Brukman y el artífice de una salida. Un fraude, porque si algo queda claro en el prolongado conflicto de Brukman, es que la posibilidad que ahora se abre para recuperar el control de la fábrica es la consecuencia de meses de movilización, de acampe frente a la puerta, de las jornadas de lucha organizadas por la ANT en defensa de las fábricas y del conjunto de empresas recuperadas, y de la campaña de denuncia contra el desalojo, que llegó más allá de las fronteras nacionales. Caro y su movimiento estuvieron totalmente al margen de este proceso, pero están urdiendo en la Legislatura (con Ibarra y con Macri) una ley que sacrifica gran parte de las aspiraciones de los obreros, al circunscribirla a una ocupación transitoria tanto del inmueble como de las maquinarias y al presentarla como un hecho consumado; o sea, una extorsión.


La aparición en escena de Caro apunta a hacer pasar esta maniobra. Su desembarco en Brukman ha sido facilitado por quienes se definen como aliados «nacionales y populares» del gobierno, es decir la Ccc, compañera habitual del riquismo. En caso de aprobarse el proyecto, los obreros retornarán a la fábrica bajo una situación extremadamente precaria. No serían dueños de nada, ni existe promesa por parte del Estado de expropiar ninguna cosa. Se deberá pagar un canon, y todavía puede ocurrir que parte de ese canon deba ser pagado por los trabajadores. Esa situación será utilizada como un poderoso condicionamiento. La extorsión exigirá apartarse de la «molesta» presencia de las organizaciones combativas. Para esta sucia tarea, Caro tiene los pergaminos bien ganados y los antecedentes suficientes.


El ataque a Sasetru


Otro blanco de este operativo lo constituye Sasetru, hacia cuya ocupación Caro mostró abierta hostilidad, al igual que contra la lucha librada en general por la recuperación de la fábrica. Atacó la ocupación de Sasetru porque era «política». Viniendo de un riquista, esta «acusación» es una cretinada. La única diferencia con Lavalán, Grissinópoli o cualquier otra empresa recuperada es que Sasetru estuvo abandonada por los capitalistas durante 19 años. La ocuparon ex trabajadores de la empresa y desocupados. ¿Estos últimos tendrían menos derecho a trabajar que los otros? El Polo Obrero puso el cuerpo en defensa de Lavalán, al igual que con Chilavert, Clínica Junín, Halac, Brukman y tantas otras empresas en lucha. No ocurrió lo mismo con Caro y Cia. Su presencia para «robar cámara» no estuvo acompañada por el movimiento que el dice representar. Su esposa, Liliana, concejal justicialista de Avellaneda, se retiró de la sesión junto a su bloque para no votar la expropiación de Sasetru mientras 786 policías reprimían a los trabajadores. En la nutrida lista de firmas en apoyo a la expropiación de Sasetru y el reingreso de los trabajadores a la planta, no figuró la de Caro ni tampoco la de su querida esposa.


Sasetru viene sufriendo el sabotaje oficial y es víctima de un ahogo económico. Las diversas reparticiones públicas, tanto de Nación como de provincia, vienen dando largas al asunto, bicicleteando todo tipo de compromiso, pese a que se les ha hecho entrega y hasta en demasía de la documentación que solicitaban. También aquí está presente el chantaje. La entrega de fondos podría destrabarse ÿcomo han deslizado más de una vez algunos funcionariosÿ si hubiera un cambio de conducta hacia el gobierno. Cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta, entonces, hacia dónde apunta al latiguillo de la «politización» e «injerencia partidaria» en Sasetru. Este anatema que Caro repite hasta el hartazgo coincide con la propia campaña nacida en las usinas gubernamentales. El mensaje es claro: apartar de la conducción de Sasetru al Polo Obrero.


Perspectivas


No hay mal que por bien no venga. Los ataques contra Sasetru (la semana pasada fue derrotada en una asamblea general una maniobra para dividir a la dirección de la Cooperativa) tienen el efecto benéfico de clarificar las filas del movimiento piquetero y de las fábricas ocupadas. Esta decantación es saludable, y se podría decir inevitable, y ayudará a la maduración y consolidación de un reagrupamiento de fuerzas capaz de completar la obra inconclusa de las ocupaciones de fábrica, que es imponer la gestión obrera colectiva y el control obrero como única salida frente a la impasse brutal del capitalismo.