13/06/2002 | 758

Carrio se confiesa

Elisa Carrió no necesitó que la entrevista avanzara más allá de la primera pregunta para poner en claro el verdadero rol del ARI en la presente crisis argentina. Cuando el periodista de Página/12 (9/6) rompió el hielo con un «¿Cómo planea enfrentar la más profunda crisis que vive el país?», la respuesta de la diputada no dejó nada para el desperdicio: «Básicamente – respondió – , tenemos que ver cómo quedamos». O sea, ni el ARI ni Carrió piensan interferir en los planes de confiscación social que están llevando adelante el FMI, los banqueros, los grandes capitales y el gobierno, sino, eventualmente, actuar sobre las ruinas. El planteo puso también en evidencia la función de los planteos electorales: justificar el inmovilismo y la pasividad ante los embates del gran capital contra la mayoría del pueblo.


Pero el alcance de esta posición va mucho más lejos, ya que una vez consumada la confiscación social, la concentración capitalista o la imposición de los planes del Fondo, es obvio que no quedaría el menor espacio para las propuestas de reforma social que alega tener el ARI. No sólo esto, pues resignarse a «ver cómo quedamos» significa la posibilidad de una derrota de toda la rebelión popular. Si, por el contrario, una victoria popular arrasa con los planes fondomonetaristas, las limitadísimas reivindicaciones de Carrió entrarían en violento choque con las aspiraciones más elementales de las masas.


Con los bancos, no


Carrió revela por lo menos una colosal ignorancia política cuando dice que «es preciso cuidar las reservas y por eso creo que es acertado no vender más las reservas del Banco Central…», como si esto fuera, por un lado, efectivo, o, por el otro, cierto. En la situación presente, la protección de las reservas nacionales es imposible sin plantear el no pago de la deuda externa y sin la nacionalización sin indemnización del conjunto de los bancos, y requiere además un sistema de planificación económica. Pero Carrió no menciona una sola vez la confiscación del capital bancario y más bien se muestra hostil a cualquier forma de estatización. Como resultado de esto, no es ningún error caracterizar a Carrió como una defensora de orden financiero existente; no por casualidad se encuentra aliada al banquero Heller, que ha apoyado toda la política financiera aplicada en los últimos seis meses, desde el «corralito» de Cavallo en adelante. Por otra parte, es falso que se hayan dejado de vender las reservas del Central; si luego de haber emitido más de 15.000 millones de pesos para los bancos no se hubieran vendido reservas, tendríamos un dólar paralelo de 10 pesos y una hiperinflación en regla. El salvataje de la banca y la pérdida de reservas son hermanos siameses. El programa de Carrió no es reformista sino conservador.


Con el FMI, tampoco


Con relación a la deuda externa, Carrió plantea «llevar el caso al Tribunal de la Haya», para «convertir el tema de la deuda en un tema jurídico». El periodista no aclara si Carrió se sonrojó cuando le dijo esto, porque estamos ante un fenomenal acto de hipocresía. No ha quedado nada en pie del reclamo alfonsiniano, de hace veinte años, para que los tribunales argentinos distingan la deuda legítima de la que no lo es. Tampoco de la resolución de un juez, diez años más tarde, que admitió todas las denuncias de ilegitimidad de la deuda, presentadas por Alejandro Olmos, pero sólo para concluir, en su fallo, que el tema no era de resorte judicial sino del Congreso. Luego de toda esta experiencia de palabrerío inocuo, Carrió pretende entretenernos con el envío de abogados a Holanda, mientras el país se desangra financiera y socialmente con el correr de las horas. Con relación al FMI, Carrió propone «rediscutir» su papel en las Naciones Unidas… El significado de todos estos planteos es que cuando se agotan todos los argumentos en defensa de los bancos y del FMI, el centroizquierda presenta las últimas razones para justificar la oposición a romper con ellos y para defenderlos como referencia última del capitalismo.


El petróleo es de ellos


El conservadurismo de Carrió se aprecia también en el tema petrolero, históricamente caro al nacionalismo. En ningún momento propone la confiscación de los pulpos petroleros y la estatización del petróleo, aun sabiendo que la política en curso significa la liquidación de un recurso no renovable y un bloqueo a la industrialización. Es lógica esta posición, toda vez que en el rubro actúa una parte de la burguesía argentina, como Pérez Companc. Para encubir la hostilidad a la nacionalización del petróleo se las toma con el caso del yacimiento Loma de La Lata, cuyo contrato de explotación fue prorrogado ilegalmente por otros veinticinco años. Pero ni siquiera en este punto plantea anular la prórroga, sino revisar las actuaciones, es decir que admite que el contrato leonino pueda seguir en pie. Carrió tambien confiesa que no sabe si las privatizaciones fueron todas legales o no, pero de lo que sí está segura «es que no les vamos a transferir – dice – , ningún precio a las generaciones posteriores con políticas estatistas locas como las privatistas que reinaron en los ’90». El abuso del adjetivo del delirio es un simple encubrimiento del statu quo; Carrió defiende el Mercosur, el cual tiene a la privatización del petróleo como uno de sus pilares. Es decir que seguiremos pagando el petróleo, no al costo sino al precio internacional, como consecuencia de la privatización «loca» de YPF. Pronosticamos, sin embargo, que cualquier candidato patronal que llegue eventualmente al gobierno, marchará de cabeza a una «estatización loca», cuando se oficialice la quiebra de Repsol-YPF, para proceder a una re-privatización posterior.


Limpieza étnica


Carrió sabe, claro, que con posiciones como éstas exhibiría un confusionismo político que podría arruinarle una campaña electoral en menos de una semana. A la hora de disimular su inconsistencia, la proclamada candidata a elecciones no convocadas, recurre a un verso que resalta todavía más su condición conservadora. Presenta como una novedad lo que el gran capital ha venido haciendo desde la dictadura: descentralizar las instalaciones industriales – como ocurrió en Tierra del Fuego, San Luis, La Rioja – o reforzar la ya existente, como ocurre en la ribera de Santa Fe-San Lorenzo. La finalidad de esta política fue justificar subsidios descomunales y abaratar la fuerza de trabajo.


Pero el planteo de Carrió es aún más retrógrado, porque justifica su propuesta de descentralización económica para «sacar a la gente de Buenos Aires», es decir para desarmar un poderoso foco de explosión social, que se acentuaría aun más si el conjunto bonaerense urbano fuera re-industrializado. También Alfonsín planteó llevar la Capital a Viedma. La descentralización apunta a enfrentar esta posibilidad. Como quiera que ninguna descentralización podría resolver la impasse de una población de 15 millones de personas, el rechazo a re-industrializar Buenos Aires significa una condena a la pauperización sin límite. Para apoyar su propuesta, Carrió menciona una «reforma agraria» harto curiosa por cierto, porque, dice, «no es tanto una reforma en el tema de la propiedad», ni siquiera de «cuál es la extensión». Como no es nada de esto, fabula en «reconstruir pueblos en base… (al) templo». Exacto para el paladar de Bergoglio y Cassareto.


Redistribución… para el capital


Al menos en este reportaje, Carrió no hace referencia al «salario mínimo ciudadano» sino a la parte que corresponde a la niñez, y se atreve a decir que esto redistribuiría los ingresos. El despropósito es colosal cuando se coteja con la gigantesca confiscación que se está operando en beneficio del gran capital. Cuando el valor agregado de la producción capitalista (PBI) baja de 300.000 a 100-120.000 millones de dólares, y cuando la hipoteca financiera sube del 160 al 200% de ese valor agregado, hablar de redistribución de ingresos (y para peor, limitarlo a un subsidio para la niñez del orden de los 60 pesos mensuales, o sea 15 dólares) sin producir antes una completa reorganización sobre nuevas bases sociales, es mucho más que una gigantesca pavada. A lo que apunta, al menos objetivamente, es a consagrar un techo social para las masas, del orden de los 200 ó 300 pesos, o sea unos 100 dólares, que ofrezca al capital su propio eje de reorganización, es decir, una fuerza de trabajo depreciada a niveles de los años ’30.


La Alianza no ha muerto


Con este programa reaccionario en la mano, Carrió ha decidido emparentarse con el PT de Brasil y con el FA uruguayo, en una tentativa que ya realizó en su momento el Chacho Alvarez. Pero aunque todos piensan igual, existe de cualquier manera una diferencia que la chaqueña parece no percibir: los círculos dirigentes del PT y del FA lograron capitalizar en su beneficio una experiencia que, antes de frustrarse, fue combativa y hasta heroica. El PT y el FA son la resaca política de un gran movimiento de masas. Hoy, ambos se pueden presentar como un recurso último del capital porque gozan de una autoridad fundada en el recuerdo. El ARI es, en cambio, la resaca de la Alianza. No hay una idea en el programa de la Carrió que De la Rúa o el Chacho no hayan suscripto.


«El peso de los muertos oprime el cerebro de los vivos».

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