09/03/2006 | 936

Cayó un gobierno kirchnerista


La destitución de Aníbal Ibarra es una clara victoria popular contra el gobierno de Kirchner, que apostó a salvarlo desde el momento mismo de la masacre de Cromañón. Como moneda de cambio, se fue operando la “kirchnerización” de casi todo el gabinete de Ibarra e, incluso, del círculo íntimo que comanda su hermana Vilma. No le importó a Kirchner que fuera ese “entorno” el inculpado directamente por la red de coimas que se organizó con la “cámara de empresarios del espectáculo”, es decir, con los Chabán. Después de todo, la “cooptación” kirchnerista no se caracteriza por la limpieza de prontuarios, como lo demuestran los Aníbal Fernández, Othacehé o, más recientemente, Atanasoff.


 


En definitiva, el pasado martes 7 ha caído un gobierno kirchnerista. La asociación de Ibarra y Kirchner parió la expansión fenomenal del negocio del juego en la ciudad y el relanzamiento de la venta de las tierras de Retiro.


 


En plena campaña electoral de 2005, Kirchner dispuso que la decisión legislativa sobre la realización del juicio a Ibarra se postergara para después de las elecciones. Kirchner llevó a todos los actos oficiales al “amigo Aníbal”, y se lanzó a una carrera desembozada para borocotizar a la “sala juzgadora”. La caja del sindicato de trabajadores del juego, que preside el diputado macrista Amoroso, fue intervenida por el gobierno días antes del fallo decisivo. Un kirchnerista, Helio Rebot, fue amenazado con la pérdida de todas sus responsabilidades legislativas y partidarias.


 


Simultáneamente, se ensayaba la “borocotización” del flanco “izquierdista” de la sala juzgadora, a través del zamorismo y de la ex ibarrista Baltroc. La “borocotización” llegó también hasta la cúpula de la Iglesia. En las horas previas al fallo, La Nación destacaba en primera página el “acercamiento entre el Gobierno y la Iglesia” (7/3).


 


El fracaso de Kirchner en salvar a Ibarra desnuda, por lo tanto, la completa precariedad de sus “armados” políticos: detrás del hegemonismo kirchnerista, de su mayoría parlamentaria y de la “borocotización” general no hay más que un rejunte de camarillas. En el país de las papeleras, de la rebelión permanente contra los impuestazos y tarifazos, de la lucha de Las Heras, el gobierno no pudo juntar a cinco legisladores para enterrar la causa de Cromañón.


 


Golpe a la oposición patronal


 


De la caída de Ibarra, no han salido menos lastimados los Macri y Carrió. Ambos evitaron cualquier agitación pública en contra de Ibarra. La Legislatura dominada por ellos no fue capaz siquiera de denunciar al “gobierno en las sombras” ejercido por Ibarra desde su suspensión, participando de actos oficiales y echando mano del presupuesto oficial para financiar actos, solicitadas y apoyos mediáticos de todo tipo. Macri y Carrió se cuidaron siempre de no precipitar una destitución. Votaron el presupuesto 2006, que convalida todos los negociados de Ibarra, Kirchner y Telerman.


 


No sorprende, por lo tanto, que la destitución haya abierto una crisis en el ARI, que participó del gobierno ibarrista y cuya base social y política está reclutada en las filas comunes del Frepaso y de la Alianza. El juicio “abrió profundas huellas entre sus seguidores” (Página/12, 8/3); “No son muchos los dirigentes que se animaron a tomar partido, los que lo hicieron tuvieron que corregirse” (ídem), tal es el caso de Marta Maffei, que se había pronunciado por Ibarra.


 


La crisis de la oposición alcanza, finalmente, al zamorismo. Raúl Kollman informa, en Página/12 del 8/3, que el voto de Romagnoli por la destitución se produjo “a contramano de lo que habían conversado en AyL hasta la noche anterior. Es más, en la tarde de ayer circulaba el rumor de que Romagnoli abandonaría la bancada de AyL”.


 


La caída de Ibarra ha significado un golpe monumental para los asociados en el Encuentro de Rosario, y particularmente para el Partido Comunista (ver nota en pág. 7).


 


Telerman


 


Ibarra es ahora sustituido por Telerman, el representante más directo de los intereses sociales que condujeron a Cromañón. Telerman es el fogonero de la privatización del Teatro Colón y, en general, de la privatización del patrimonio cultural de la Ciudad (“industrias culturales”). Telerman se queda para salvar esos intereses y a la jerarquía estatal que ha lucrado con ellos. Debutará con una feroz lucha de camarillas. En la Ciudad, Telerman será el eje de una tentativa para “despegar” al gobierno de Kirchner del derrumbe de Ibarra. Los familiares han anticipado que irán por las responsabilidades penales de Ibarra y de todos sus funcionarios.


 


Las tareas planteadas


 


La caída de Ibarra es un golpe a una vasta red estatal y paraestatal. Es un golpe a las camarillas universitarias sobrevivientes de la Alianza; a la burocracia villera que lucra con la tierra y la vivienda; a la burocracia docente y municipal que pactó con Ibarra la regimentación de la Unión de Trabajadores de la Educación.


 


Todos ellos poblaron las solicitadas y “marchas” truchas en su apoyo.


 


Ibarra es la cabeza de un método de gobierno. En esas condiciones, su caída no puede ser la estación terminal, ni de Cromañón, ni de todas las luchas y reivindicaciones pendientes. Su destitución plantea desmantelar el “Estado de Chabán”, es decir, el gobierno continuista de Telerman y toda su red de funcionarios, burócratas sindicales y punteros. Todo el movimiento popular de la ciudad tiene que deliberar sobre esta perspectiva.


 


En lo inmediato, la victoria contra Ibarra y contra Kirchner nos refuerza para una gran batalla, la del 24 de Marzo. Para el gobierno, el salvataje de Ibarra era el paso previo para montar una gran marcha oficialista. La victoria de Cromañón nos plantea ganar las calles el próximo 24 de Marzo contra el gobierno, la represión, la impunidad, la contaminación, por el salario.


 


Apoyémonos en esta victoria popular para abrir paso a una nueva perspectiva política en todo el país.


 


 


 

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