28/08/2008 | 1052

Dubcek pacta en Moscú terminar con la Primavera de Praga

Por Redacción Equipo Cuarenta Aniversario

El acuerdo fue logrado luego de varios días de negociaciones. Los jefes del Kremlin aceptan que los «renovadores» retomen el gobierno que sus propios tanques habían tratado de liquidar. Las tropas de los «países socialistas amigos» se replegarán aunque un retiro definitivo queda sujeto a nuevas discusiones. La burocracia del «socialismo con rostro humano» se encargará de resolver con medidas políticas lo que no pudo hacerse con la fuerza de las armas.

El contenido de la «normalización» se fija en un documento secreto que recoge los viejos planteos de los capos moscovitas: «renuncias» de los funcionarios más radicales y de los directores de la radio y la televisión (que habían jugado un importante rol en la resistencia a la invasión), el cese de la campaña contra los dirigentes de la URSS, el desconocimiento de las resoluciones del Congreso clandestino.

La democracia «normaliza»

Con el retorno de los dirigentes de Moscú, comienza entonces la «normalización». Se convoca al viejo comité central, no al recientemente elegido en el XIV Congreso, que es impugnado con argumentos relativos a su irregular convocatoria. Pero son convocados también varios de los delegados elegidos para lo que debería ser el nuevo comité central. La política de «cooptación» irá disolviendo a este último. Los medios de comunicación comienzan a disciplinarse a la nueva línea y la censura va ganando terreno. Los elementos más radicales del ala renovadora son desplazados en las semanas siguientes.

Un nuevo 14º congreso se reconvoca para meses después. Por sobre todas las cosas los reformistas se empeñan en desmovilizar y frenar las acciones de protesta para «facilitar» el progresivo retiro de las tropas extranjeras. Es la política de estrangulamiento «pacífico» del levantamiento obrero y juvenil. El movimiento de masas se desmoraliza y se confunde frente a la política de la burocracia.

Comienza un proceso de emigración masiva. Todavía en los meses de noviembre, diciembre y enero importantes huelgas y manifestaciones obreras y estudiantiles se oponen al invasor y a sus equipos de colaboradores impuestos. En un acto heroico y desesperado, un joven se inmola públicamente en una plaza de Praga para provocar la respuesta del pueblo. Pero «esas reacciones masivas del pueblo y de la clase obrera constituían los últimos gestos de una sociedad que se sentía frustrada e impotente. No sólo por la abrumadora superioridad militar de los invasores, sino por el espíritu de capitulación de los órganos dirigentes del partido».1

El pacto contrarrevolucionario puso de relieve el antagonismo irreductible entre el ala renovadora de la burocracia y la perspectiva abierta por la irrupción de las masas. Para la cúpula, la «democratización»  era el instrumento para desarrollar un programa de integración progresiva con el capital mundial, como quedó claro en los planteos del programa de acción que había propuesto en marzo, luego de haber liquidado el gobierno del stalinista Novotny. La clase obrera y su vanguardia no encontró una vía propia  para la revolución política que acabara con la burocracia y recuperara su propio gobierno.

No se planteó el problema estratégico del poder, reconstruyendo su propio gobierno, la dictadura del proletariado. No se preparó para un enfrentamiento y depositó su confianza en una dirección que acabó echando la soga democratizante al cuello de la revolución. La «democratización» concebida como un fin en sí mismo volvió a mostrar sus límites insalvables.

El derrumbe stalinista (y la cuestión alemana)

La Primavera de Praga mostró también otros límites, los que arrastraban al régimen de la burocracia stalinista con centro en Moscú a una descomposición imparable. Durante varios meses todo el régimen de camarillas y facciones en la URSS y en el Este europeo se mantuvo en un estado de deliberación sobre los medios para enfrentar el estancamiento económico y el descontento popular creciente que se extendía por toda su geografía. En Checoslovaquia había tomado una forma explosiva pero era expresión de un fenómeno general.

Había pasado menos de una década luego de que otras revoluciones hubieran sacudido al mundo «soviético», entonces en Hungría y en Polonia. Por eso mismo en las discusiones sobre el caso checoslovaco, el ala más dura estuvo representada por los burócratas de Alemania oriental. Se encontraban en la frontera de Occidente, reinando en un (semi)país, artificialmente dividido por Stalin y el imperialismo para impedir el resurgimiento del proletariado alemán y europeo luego del derrumbe nazi.

Los burócratas de Berlín representaban mejor que nadie el inmovilismo de la política staliniana. Pero era justamente para salir de ese mismo inmovilismo que las alas «reformistas» se orientaban a buscar una salida con un giro más acentuado hacia el capitalismo mundial. Los Dubcek de 1968 son los antecesores de los Gorbachov y la Perestroika de dos décadas después. Y entonces también la cuestión alemana, se planteó como el «eslabón frágil» de la cadena.

La Primavera de Praga puso de relieve, en un nuevo contexto, la impasse más general de la burocracia y las contradicciones planteadas por la tendencia de la burocracia a la restauración y de la masas a rebelarse contra el orden staliniano. Ese nuevo contexto era el del agotamiento de los equilibrios alcanzados al finalizar la Segunda Guerra, el del Mayo Francés, el de  la quiebra del régimen gaullista, el del retroceso de los yanquis en Vietnam. Frente al ’68, «año revolucionario», la colaboración contrarrevolucionaria entre el imperialismo y la burocracia se intensificó.

En el ’68 ya habían comenzado las discusiones para la firma de un tratado de «cooperación y seguridad europeo» que no era otra cosa que una tratado de garantías mutuas y de integración de la burocracia al mercado capitalista. En 1970, en Polonia, los obreros retomarían la posta de la movilización que había llegado a su punto más alto en la Checoeslovaquia de dos años atrás, mientras el Kremlin firmaba el primer acuerdo con la burguesía alemana, en Bonn. Comenzaba otra etapa en la economía y en la política mundial.

(1) Claudín: La oposición en el «socialismo real», Unión Soviética, Hungría, Checoslovaquia, Polonia 1953-1980. Siglo XXI Editores, 1981, pág. 260.

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