13/07/2000 | 673

El frente nacional termina en fiasco

El Grupo Productivo de la UIA y las Confederaciones Rurales Argentinas habían anunciado un gran cambio de frente. De puntas de lanza de la ofensiva privatizadora del menemismo, prometían convertirse ahora en la vanguardia de un frente contra el ajuste que no vacilaba en enfrentar en serio a los pulpos de los servicios y a algunos monopolios. Para eso convocaban a un frente común a las burocracias del movimiento obrero, en especial a la estrella ascendente de la CGT de Moyano.


Inspirado nada menos que por Techint, este frente nacional planteó establecer un impuesto especial a los servicios privatizados para financiar un seguro a los jefes de familia desocupados, de unos 350 pesos. Lo justificaba como un medio para reactivar el mercado interno e incluso romper el círculo depresivo de la caída sistemática de la demanda. Proponía también un aumento de los aranceles de importación del Mercosur, para terminar con lo que llamaba ingreso de baratijas del exterior. No solamente sus voceros oficiales, sino incluso funcionarios del gobierno, como Brodherson, reclamaron en la misma sintonía que el dinero acumulado en las AFJP, arriba de los 20.000 millones de dólares, financiara un plan de infraestructura que promoviera el pleno empleo en la industria de la construcción. Por último, aunque había más, desde Ruckauf y Juan Aleman se apoyaba igualmente una reducción de las reservas que están obligados a mantener los bancos sobre el total de sus depósitos, para ampliar la oferta de crédito y hacer caer la tasa de interés.


Un plan de estas características no habría dejado de suscitar la adhesión de todo un espectro de fuerzas, como por ejemplo la CTA, la ‘izquierda que se une’ o la Corriente del ‘Perro’ Santillán, que propugnan un frente anti-ajuste o anti-delarruista (es decir con el ala política del gobierno contra el ala económica), para, por sobre todas las cosas, reactivar el mercado interno. De las tumbas donde se encontraban merecidamente enterrados, resucitaban el desarrollismo y el frente democrático como panacea contra el ‘modelo neo-liberal’.


Bien mirado, todo este planteo no era más que una cortina de humo. A nadie se le puede escapar que estas medidas, aunque completamente insuficientes para superar la crisis, afectarían sí la continuidad de la convertibilidad y la paridad unitaria con el dólar. Por eso se dejó trascender que el objetivo de todo este movimiento era la devaluación del peso y la armonización de la política monetaria con Brasil. Un golpe decisivo contra la hegemonía que habían tenido hasta ahora los grandes bancos, iba a ser, en compañía de la devaluación, la conversión a pesos de los depósitos y créditos bancarios establecidos en dólares, como había hecho México en la crisis de 1982. Dicho de otro modo, se trataba de un plan contra el FMI confeccionado a la medida de los grupos capitalistas nacionales e internacionales afectados por la fuerte recesión económica argentina.


Fiasco


De acuerdo con las últimas noticias, todo esto ha terminado en fiasco; la CGT de Moyano sigue conservando la amistad política de los pulpos de la industria y de una parte de los latifundistas, pero ahora se ha quedado sin inspiración y sin política.


Del impuesto a las privatizadas ya no se habla; sí del aumento del gas en invierno, de la prórroga de las concesiones (como ha ocurrido con Repsol) y del ingreso de los norteamericanos en las telecomunicaciones. En lugar del seguro al desocupado, ni los reducidos planes Trabajar se pagan en fecha.


En lugar del aumento del arancel del Mercosur, se está negociando su reducción, para acercarlo a los niveles que tiene Chile y para acercar también al Mercosur a un acuerdo, de Alaska a Tierra del Fuego, comandado por Estados Unidos. Para evitar malas impresiones no se habla ya de dolarización sino de acuerdo monetario con los Estados Unidos, como acaba de proponer el electo presidente de México.


El que ha quedado peor parado es el Plan de Infraestructura, para el cual no hay dinero en efectivo, no hay préstamos internacionales, no hay financiación de las AFJP, y ni siquiera un plan concreto, pues el que se fabula sólo se haría efectivo dentro de un año. Es que mientras la patronal de la construcción quiere que el Estado cargue con la financiación y las garantías del plan, el gobierno sólo le ofrece la posibilidad de gestionar créditos que no superen el doble de la tasa internacional!!


Sin duda, la UIA y las CRA le vendieron a la CGT Moyano un tranvía con una trompa enorme.


Explosión hay seguro


El fiasco ‘nacional y popular’ ha bloqueado un canal de desvío para la desesperación popular. Es decir que ha acentuado las tendencias explosivas.


La desocupación se ha ido al 15%, o sea unos 2.200.000 trabajadores, que totalizan cuatro millones y medio con los subocupados –en el marco de una recesión que «es la más larga y profunda de la historia argentina» (Broda).


Las características especiales de la recesión argentina obedecen, ciertamente, al régimen de convertibilidad, que depende de grandes ingresos de capitales para promover un ciclo de expansión. En condiciones de retracción internacional de capitales la recesión se amplifica porque el gobierno está inhibido para tomar medidas que activen la demanda interna. Es por esto que cualquier crisis política, sea provocada por la lucha popular o por el descontento de algunos sectores capitalistas; o cualquier cimbronazo financiero internacional, que acentúe la tendencia a la quiebra de los capitales endeudados; es decir cualquier acontecimiento más o menos serio, pondrá inevitablemente en juego el conjunto del régimen económico instaurado en 1991. Lo cual no quiere decir que el abandono de la convertibilidad sea una salida, como se está demostrando en Japón, donde la deflación lleva más de una década a pesar de que su régimen monetario le ha permitido inyectar en la economía más de un billón de dólares en forma directa y unas cinco veces más por medio del endeudamiento del Estado.


Incapaz ya de dar una salida preventiva a la crisis, el frente nacional de los llamados «sectores productivos» aparece como un recurso último para contener las manifestaciones independientes y revolucionarias de la crisis una vez que haya explotado. Pero incluso para efectuar esta sucia tarea no alcanza la inspiración, o lo que sea, de la UIA; es necesario que la burguesía tenga una dirección política. Lo único que la patronal tiene hoy a mano es un remedo de frente justicialo-aliancista, es decir de los partidos fracasados del ajuste, que además se encuentran en acelerada fragmentación.


La clase obrera merece otra cosa y necesita por supuesto algo diferente. Por eso apoyamos la campaña que ha iniciado un conjunto importante de dirigentes y activistas sindicales y políticos de la clase obrera en favor de un Congreso de delegados con mandato del movimiento obrero, que ofrezca un programa independiente de salida a la crisis y que lance la huelga general.

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