27/07/1994 | 424

El PO y el atentado a la AMIA

La concentración en repudio al atentado producido en la AMIA ha sido un duro golpe para el proyecto reeleccionista. En contraste con el acto menemista de hace dos años, cuando Menem había mandado tropas al Golfo y era saludado por su política, esta vez hubo una masiva y prolongada silbatina en su contra y los gritos de “cómplice” afloraron desde varios rincones de la Plaza de los Dos Congresos. Menem, según todos los medios, dudó hasta el último minuto en concurrir al acto previendo esta situación, pero no tenía alternativa. Es decir, el gobierno fue repudiado por una multitud —200.000 personas bajo una lluvia inclemente— representativa de todos los estratos de la pequeña burguesía capitalina. Repetimos: dos años y cuatro meses atrás, Menem había sido orador de fondo y protagonista incuestionado en el acto contra la voladura de la embajada de Israel, lo que da una idea del desplazamiento político producido. Antes del acto, los funcionarios del gobierno menemista que llegaron hasta la sede destruida de la calle Pasteur fueron abucheados sin contemplaciones y Menem optó por no hacerse presente.


El otro dato político del acto fue el discurso de Beraja, presidente de la DAIA, la máxima autoridad política de la comunidad sionista en el país, que enjuició al gobierno por la “falta de respuestas” al atentado en la embajada y denunció que estos ataques se producen en la Argentina porque “el orden jurídico parece más endeble (y) los sistemas de prevención y castigo no lucen como eficientes y eficaces” y “es al gobierno al que le corresponden las responsabilidades mayores”, una declaración que está en la línea de un recambio político capitalista al menemismo y que repite palabra por palabra el editorial de La Nación del 19 de julio. El discurso de Beraja (menemista declarado y hombre de las AFJP) no es, por lo tanto, una intervención política en soledad; fue elaborado incluso de común acuerdo con la jerarquía sionista y el embajador israelí, es decir, en un marco internacional. Beraja retomó el hilo del editorial del diario La Nación (y de otros medios internacionales), que enjuicia al gobierno por tolerar la “impunidad”  y por la ausencia de “seguridad jurídica”. Morales Solá, otro editorialista de la burguesía, planteó en el mismo sentido la necesidad de “reconstruir al Estado”. El atentado ha acelerado la crisis del gobierno y ha precipitado realineamientos políticos: Beraja y el embajador israelí fueron hasta no hace mucho tiempo impulsores entusiastas de la “sionización” del gobierno menemista y propagandistas de las ventajas de su política en relación al gobierno de Alfonsín.


El carácter antimenemista del acto fue inocultable a pesar del esfuerzo por regimentarlo desplegado por sus organizadores, al tratar de imponer el silencio de la concurrencia y darle un carácter abiertamente sionista, en contraste con el “pluralismo” de la concurrencia.


En quince días el gobierno fue repudiado en dos movilizaciones masivas. Este proceso político acelerado de descomposición está descripto anticipadamente en el balance de la Marcha Federal del último Prensa Obrera. El proceso político planteado con el atentado a la AMIA es inentendible si no se parte de nuestro análisis, es decir, de la explosión reivindicativa que recorre al país y de la insatisfacción de todas las clases sociales como consecuencia de las contradicciones y limitaciones del “plan” Cavallo y del conjunto del menemismo como régimen político. Señalamos allí el desplazamiento de una parte importante de la clase capitalista que ha tomado conciencia de las posibilidades de una quiebra económica y que, a partir de esto, coqueteó con la Marcha, con expresiones del propio riñón de la banca, como González Fraga o Martín Redrado. La tendencia de la burguesía, más aún luego del acto de la Plaza de los Dos Congresos, no sería ya democratizar al menemismo sino buscar un recambio por la vía de la oposición, “cavallizando” al Frente Grande o a la coalición que se geste en torno suyo.


(Lo ocurrido con el atentado a la AMIA plantea por lo tanto una primera “tarea práctica”: redoblar el esfuerzo por colocar este número del periódico y promover su discusión, en particular del balance de la Marcha Federal).


La intervención del partido


El Partido Obrero fue la única corriente de izquierda que no sólo participó del acto contra el atentado, sino que llamó a concretarlo con anticipación, pero a partir de una iniciativa del movimiento obrero y de la izquierda y de un paro general. La secuencia de comunicados ilustra nuestra intervención política: el martes 19 llamamos a concretar un paro nacional de repudio, señalando que el movimiento obrero debía actuar ante la complicidad del gobierno menemista y de los servicios de espionaje internacionales (es decir, el Mossad) en el encubrimiento de los atentados producidos y a reclamar una comisión independiente. El 20 comprometimos la movilización del partido en el acto, destacando la consigna —”la auténtica solidaridad es hacer justicia”— por su relación con la consigna histórica “juicio y castigo a los culpables”, y planteando nuestros propios reclamos: basta de encubrimientos, abajo la supersecretaría de seguridad y por un Comité Investigador independiente del gobierno. Al planteo del arco burgués antimenemista de organizar un relevo político para contener la descomposición del Estado opusimos una política independiente tendiente a profundizar su crisis y planteamos una iniciativa política del movimiento obrero y de la izquierda.


La intervención del partido en una movilización está determinada por el carácter objetivo de ésta, no por los que aventuran a hacerse presentes en ella, e incluso, como en este caso, cuando los convocantes son representantes del estado sionista, usurpando una iniciativa que le cabía a la clase obrera y a la izquierda. El acto en la Plaza de los Dos Congresos, objetivamente, surgió a partir de la inmensa conmoción popular por la masacre y en oposición al encubrimiento del gobierno y los servicios. Que la intervención del PO fue un acierto descomunal surge de la lectura de los hechos en relación al acto: el PO llamó a concretarlo y en caliente, con un paro general de todas las organizaciones obreras, la DAIA lo tuvo que hacer obligada por el reclamo de la gente, Menem dudó hasta el último minuto sobre si concurrir o no. En un acto cuya matriz es el repudio a la conducta encubridora del gobierno y los servicios, ¿quién se tiene que ir: nosotros o el gobierno enjuiciado (y las organizaciones sionistas complicadas con él)?  Es una lucha política y, por lo demás, en el seno de la única movilización contra una masacre que es un ataque a los trabajadores y el pueblo argentino y un ataque a la causa del movimiento obrero internacional (el cual plantea la independencia de Palestina como consecuencia de la victoria de la revolución y la guerra civil contra el Estado sionista y jordano, y de la revolución internacional).


En el acto a raíz del ataque a la embajada israelí hace dos años no participamos porque, objetivamente, era una movilización de apoyo al imperialismo en el Golfo y a la masacre del pueblo de Irak. El PO repudió el atentado y a la vez denunció la hipocrecía del arco justicialista liberal que patrocinaba el acto, “responsable de haber puesto al Estado argentino en el campo de una guerra que nadie nos declaró y para colmo del lado de nuestros enemigos nacionales”. En este caso la situación política se caracteriza por el acuerdo de todos los regímenes árabes, sin excepción, con el “acuerdo de paz” (un acuerdo contra las masas y la nación palestina) con el Estado sionista. En estas condiciones lo criminal hubiera sido no hacernos presentes y adoptar la política de “si no podemos hacer algo solos, no hagamos nada” . En contraste debe apreciarse no ya el papel lastimoso de la izquierda, sino del CTA-MTA, cuya única intervención fueron los consabidos comunicados de repudio y una adhesión a último momento al acto. Estuvieron por detrás de la CGT oficialista, que obviamente no hizo nada por el paro pero aparentó actuar. Si se hubieran puesto a la cabeza del reclamo popular y del paro contra el encubrimiento del gobierno, el paro del 2 de agosto habría dado un paso gigantesco, pero esto revela hasta qué punto son direcciones rehenes del “cambio en orden” del régimen menemista.


No hay que dejar de lado que el origen del atentado es aún mas incierto que el de la embajada. La OLP desde ya, pero además las fracciones opositoras a Arafat y al acuerdo de paz dentro de la OLP y aun Hezbollah han declarado que no tienen nada que ver con el atentado. El gobierno iraní ha sacado un violento comunicado en el mismo sentido y sin dejar dudas sobre que no corresponde a su política. Siria acaba de ser conceptuada por Kissinger como una “aliada” del “proceso de paz”. Entonces, ¿quién cometió el atentado? Entre los sectores a quienes más ha golpeado el “proceso de paz” están las fracciones derechistas de los “colonos” y militares sionistas.  Ni el gobierno, ni el Mossad, ni la CIA, ni el FBI dirán una palabra que pueda sacar a luz el compromiso de todo un sector del Estado sionista con el atentado (los “colonos” tienen poderosos aliados en el generalato israelí) o incluso de alguna fracción de los gobiernos árabes, si el descubrimiento de los autores puede hacer peligrar a esos gobiernos. Por eso se habla ahora de matar a los ejecutores del atentado, para encubrir responsabilidades.


Un último párrafo sobre la conducta de la izquierda morenista, que se opuso a concurrir al acto por su carácter “sionista” y pro “unidad nacional”. Esta actitud “independiente” del morenismo tiene una sola explicación: su despiste y el hecho de que el Estado menemista, golpeado, no esté ejerciendo una presión política sobre sus filas. Cuando esta presión se dio, como en La Tablada o en los casos de los militares muertos por la guerrilla en la década del ´70, el morenismo sucumbió ante el pánico que le creó el terrorismo político-ideológico de la burguesía, haciendo recaer sobre la JP o el ERP de los setenta o el MTP de los ochenta la responsabilidad de la represión y proclamando su solidaridad de principios con el Estado.

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