01/12/1994 | 433

El programa del PTP y el nacionalismo de derecha

Las llamadas organizaciones autoconvocadas tienen previsto realizar, el próximo sábado 3, una reunión para discutir las propuestas programáticas que permitan definir un frente para las elecciones del 14 de mayo del año que viene. El Ptp y el Mst han hecho circular sus proyectos, en tanto que el Partido Obrero distribuyó la propuesta de programa que presentó para la formación del frente de izquierda socialista (FIS), para las elecciones de abril pasado (ver Prensa Obrera Nº   410, 6/1/94).


El Partido Obrero ha venido impugnando este llamado debate del programa, como se puede ver en la carta que dirigió a los autoconvocados hace quince días (P.O. Nº 432, 17/11/94). En nuestra opinión se trata de una escenificación puramente diversionista, por cuanto el Ptp aboga y el Mst admite la realización de un frente encabezado por Fernando Solanas y/o Ricardo Molinas, es decir, por dos políticos profesionales o arribistas de la burguesía, con una foja de servicios tan deplorable como el voto a favor de la intervención de la gendarmería contra el santiagueñazo, el primero, o la pertenencia del segundo a un partido que apoyaba a la dictadura militar, entre 1976 y 1983, y que fue funcionario de Estado bajo el gobierno de Alfonsín.  No solamente el debate de un programa, sino especialmente sus conclusiones, se convierten en monumental estafa si no hacen mención de que semejantes políticos tendrían a su cargo la tarea de defenderlas y llevarlas a término. Solanas ya ha demostrado en el Frente Grande que estaba dispuesto a aceptar cualquier programa a cambio de la candidatura a gobernador por la provincia de Buenos Aires, algo que, lamentablemente para él, no ocurrió. Con el mismo “espíritu” aceptaría, si fuera de su conveniencia, encabezar las candidaturas de otro frente “más” a la izquierda. No hay que olvidar tampoco que Solanas integra con el “Cavallo” Alvarez, la Unidad Socialista  y el PAIS de Bordón, un interbloque parlamentario al cual se disciplina como diputado. Si también aceptara una propuesta frentista del Ptp y del Mst (ni qué decir del partido comunista), se habría convertido en “sirviente de dos señores”, aunque para el caso sería más apropiada la expresión de “amo de tres lacayos”.


La cuestión de si un frente electoral, llámese de izquierda, o consecuentemente opositor, o antiimperialista, o de lucha, puede ser encabezado por carreristas políticos con algún eco en la opinión pública de la clase media intelectual, o debe serlo por representantes de las organizaciones de lucha del movimiento obrero o popular; esta cuestión es la principal cuestión programática que hay que dejar en claro en primer lugar. Un director de cine, no importa si bueno o malo, puede integrar incluso un frente revolucionario, pero debe hacerlo desde abajo, no desde arriba. En esta distinción estriba la diferencia entre servir a una causa o servirse de ella, y en esta diferencia reside la distinción entre un revolucionario y un contrarrevolucionario.


Una vez más, la dependencia de la opinión pública pequeño-burguesa condiciona la formación de un frente de izquierda. Otra vez más, las candidaturas condicionan los programas, en lugar de que los programas definan, como debe ser, el carácter de quiénes deben encabezar la lucha por su realización. Las divergencias en el seno de la izquierda con relación a la formación de un frente no se encuentran todavía en si éste debe ser de izquierda o democrático, obrero o antiimperialista, electoral o de lucha; las divergencias están en una etapa previa: están en si debe estar al servicio de los carreristas políticos o debe ser la expresión de las organizaciones que luchan.


Reforzar el Estado es apalear al pueblo


Una vez dejado en claro lo anterior, y sólo una vez debidamente aclarado, no deja de ser ilustrativo e instructivo el proyecto presentado por el Ptp, bajo la rúbrica “Puntos para una plataforma nacional y popular”. Una versión similar lleva como título “Perfil político y plataforma programática”.


De acuerdo al Ptp, “Estamos ante un Estado que descarnadamente ha abandonado aquellas cuestiones que supuestamente son su razón de ser, tales como la salud, educación, seguridad social y jurídica y la igualdad ante la ley”. Asimismo, “Menem ha colocado nuestro país como apéndice de (los) centros de poder imperiales”. En oposición a esto, el Ptp reclama “Garantizar la forma de participación popular en una auténtica democracia grande, para conquistar un Estado que sirva a los intereses nacionales y populares, donde el gobierno del país sea ejercido por los trabajadores y los genuinos productores nacionales, lo que reclama un papel activo y comprometido de las fuerzas políticas”. Aunque , concluye, “ninguna elección resolverá los problemas de fondo de nuestra patria,… debemos disputar en todos los terrenos, ampliando la unidad popular con el objetivo de una verdadera revolución nacional, popular, democrática y antiimperialista” (“Perfil”).


Lo que surge de todo esto es que el Ptp no plantea una revolución, sea del tipo que sea, sino que propone “devolver al Estado su razón supuesta de ser”, es decir que se propone cumplir una tarea restauracionista del Estado. Para entender bien esta propuesta restauracionista, hay que dejar en claro que la “razón de ser del Estado” no es la salud ni la educación, y mucho menos la igualdad ante la ley, sino que esa “razón de ser” es la de actuar como árbitro de la lucha de clases en calidad de instrumento final de la dominación de las clases propietarias o poseedoras contra las no propietarias y no poseedoras. La función del Estado es la de sofocar y reprimir los antagonismos sociales, cuyo desarrollo y agravamiento perpetúan al Estado y acentúan su “razón de ser”. La función del Estado en la salud y en la educación es igualmente represiva, ya que no es cierto que la orientación de la medicina y de la pedagogía no tengan un carácter de clase. No queremos que la educación sea dominada por el clero o los empresarios, pero tampoco queremos que la domine la burocracia del Estado, a través de la cual condicionan la educación tanto la iglesia como los patrones. El alcance revolucionario que tuvo el movimiento de la reforma universitaria consistió, precisamente, en plantear una autonomía que le permitiera oponerse a los curas y al Estado y unir al estudiantado con la clase obrera. Reclamar que el Estado establezca la “igualdad ante la ley” significa reclamar el retorno a las monarquías absolutas,  que dictaban la ley pero no se sometían a ella y significa un Estado que se encuentra por encima de la ley y que no está sometido a ninguna clase de limitación legal (lo cual también ocurre bajo el fascismo). De otro lado, el Ptp pone un signo de oposición entre la arbitrariedad y la ley, como si ésta no fuera, precisamente, la expresión más refinada de la arbitrariedad en favor de la clase capitalista. El “Perfil” del Ptp se coloca, entonces, bien atrás de la sabiduría popular, la cual asegura que “hecha la ley, hecha la trampa”.


El menemismo ha abandonado la financiación de la salud y de la educación públicas, pero el Estado tiene hoy una mayor injerencia política e ideológica en la educación y en la salud que en el pasado, como lo demuestra la modificación de los planes de estudio y el régimen escolar, e incluso su injerencia financiera es mayor, claro que en beneficio de la educación privada y de los subsidios por pasantías e investigación a los grandes pulpos.


Un frente consecuentemente opositor al menemismo, se llame como se llame, debe plantear la destrucción del Estado actual y la implantación de un régimen político de asambleas, de delegados electos y revocables, de consejos obreros y populares, de control obrero, de armamento o milicia popular. El programa del Ptp no plantea acabar con la injerencia del Estado, es decir, con la burocracia dependiente del capital, de todos los campos de la vida social, ni el desmantelamiento de las fuerzas represivas, de espionaje o seguridad. Por eso el programa del Ptp no es revolucionario en ningún sentido de la palabra.


Es significativo que el “Perfil” propugne una “democracia grande” (¡qué poca imaginación!), que “reclama, dice, un papel activo y comprometido de las fuerzas políticas»”. Pero en esto consiste, precisamente, la democracia menemo-alfonsinista, y la reciente Constituyente fue un escenario ilustrativo de cuán “activas” y “comprometidas”, y especialmente con quién, son estas “fuerzas políticas”. El agotamiento de los partidos patronales y tradicionales en general va de la mano con el agotamiento del propio régimen democrático burgués, y si el capitalismo no les reclama ninguna clase de consecuencia política, esta vitalidad no se la dará el frente y el Estado que propugna el Ptp.


No es Menem sino la burguesía la que han convertido a Argentina en apéndice del imperialismo. Lo mismo hicieron antes Alfonsín, los militares, Perón-Isabelita (Perón volvió de la mano del Vaticano) y así de seguido. El Ptp quiere esconder a la burguesía detrás de Menem, lo que significa que su oposición a éste no tiene un carácter general, social, es decir consecuente, sino superficial, secundario. No justifica a un programa como éste el hecho de que aclare que “las elecciones no resolverán las cuestiones de fondo”, porque es precisamente en estos casos cuando la burguesía quiere disimular las cuestiones de fondo, que la izquierda tiene una obligación mayor en ponerlas en el primer plano.


La superficialidad de la caracterización del sometimiento nacional de Argentina, por parte del Ptp, explica que plantee vaciedades tales como el “rechazo al sometimiento al nuevo orden internacional y a la política de relaciones carnales con Estados Unidos” (“Puntos para…”). Es evidente que este “rechazo” no significa ni cambia nada, aunque la ausencia de mención a Europa y a Japón hace pensar en un retorno a la política maoísta de alianza con el imperialismo europeo, que finalmente culminó con el acuerdo ¡Mao…Nixon!  La lucha contra la dominación mundial del imperialismo sólo puede triunfar mediante la unidad internacional de los trabajadores. El Ptp no solamente excluye esta tarea sino que insiste en retornar a un movimiento de no alineados que desapareció sin pena ni gloria, y peor, sin dejar remitente. Pero lo importante es que los “Puntos” plantean una “integración latinoamericana y del Caribe bajo el concepto impulsado por los libertadores”. Esto significa que el Ptp propugna una unidad económica pero no política de América Latina, y a esa unidad le otorga una contenido capitalista, que podía ser idealmente progresista para los libertadores, pero que es incapaz en la actualidad de superar el sometimiento nacional de nuestros países. El nacionalismo del Ptp manifiesta aquí toda su estrechez y sus limitaciones con relación a un planteo nacional consecuente, aunque el Ptp se llene la boca todos los días con la palabra nacional. La integración (económica) es una maniobra de los monopolios; la superación de la esclavización nacional sólo es posible mediante la unidad política de nuestros países, sobre la base de una alianza obrera y campesina.


Volver a vivir o el cuento de la buena pipa


Tanto los “Puntos” como el “Perfil” hacen reiteradas alusiones a la “recuperación del poder de decisión nacional y defensa de la soberanía”, o a la “recuperación de la tradición histórica argentina de no intervención en los asuntos internos de otros estados”. Con relación a esto último, no sabemos si se trata de un chiste, cuando tenemos presente que Argentina participó de la peor intervención de la historia latinoamericana, contra Paraguay, en la guerra de la triple alianza, o contra el artiguismo oriental en beneficio del imperio portugués y del imperialismo británico. Tenemos un “premio nobel” gracias al principio de no intervención, el canciller Saavedra Lamas, que fuera designado por la Esso y la Shell para arbitrar en la guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia.


Es claro que no podremos recuperar algo que nunca realmente tuvimos, ya que el poder de decisión nacional fue una experiencia breve del primer gobierno peronista, entre 1948 y 1950, que terminó en un completo fracaso y demostró con ello que la burguesía nacional  es  incapaz de conservar una independencia política frente al imperialismo. Sólo un gobierno de trabajadores que luche por la unidad socialista de América Latina, puede ser genuinamente independiente.


Toda esta fantasía política, que glorifica idealmente a la burguesía nacional, cuando llega a las propuestas económicas se convierte en un intento deslucido de volver al gobierno de Perón-Isabelita  (o Gelbard-Gómez Morales, en economía).


Tanto en uno como en el otro documento se propugna una “reforma monetaria que permita garantizar la estabilidad del peso”. Los “Puntos” no desarrollan esta idea pero el “Perfil” sí lo hace, explicando que se trata de “eliminar la dolarización” y “realizar  una política monetaria y financiera autónoma en favor de la producción nacional y del bienestar popular”. Está claro que el Ptp propugna una política inflacionaria de créditos a la burguesía nacional, lo cual, si se elimina el condicionamiento para emitir moneda que es establecido por el nivel de las reservas existentes, simplemente desataría, más o menos tarde, una hiperinflación. En estas condiciones, la única estabilidad que podría existir es la del control de precios, que en un tributo típicamente chachista al  neo-liberalismo imperante, el Ptp no propugna.


El único régimen monetario compatible con la estabilidad y con la ruptura de la dependencia con el dólar, es un régimen de banca estatal única, de centralización estatal del crédito y del ahorro (bajo control obrero), lo que supone la confiscación de la banca y la nacionalización del comercio exterior. Los programas del Ptp no contemplan ninguna de estas dos medidas elementales, limitándose a plantear el control de cambios, como si éste fuera algo más que un intento probadamente fracasado de impedir una fuga de divisas y de capitales. (Se plantea que el Estado asuma el comercio exterior a través de Juntas, lo cual sólo puede referirse a los productos del agro). El Ptp tampoco propone la conversión de las reservas de dólares en oro, ni  la formación de un pool latinoamericano de reservas sobre la base de un plan económico común y la unidad política. El Ptp llama “reforma monetaria” a la piedra libre para emitir moneda sin respaldo, en beneficio de la burguesía nacional en quiebra.


Hay dos puntos más a los que conviene todavía que hagamos referencia antes de llegar a una conclusión en este tema. Se plantea como gran salida el “congelamiento de los fondos especulativos” en “pesos estables”, lo que en lenguaje común significa que se pagan los intereses sobre un capital que se mantiene indefinidamente retenido en depósito. Si los intereses son buenos, la medida es el sueño de todo especulador, cuyo afán cotidiano no es otro que el colocar su capital a un buen interés. ¡En esto consiste precisamente el plan Brady, que ha congelado el remanente de la deuda externa por treinta años, pero no, claro, el pago de los intereses! Todo esto significa que la “suspensión de todo pago de la ilegítima deuda externa”, por parte del Ptp, se refiere al capital, y sólo constituye una variante del plan Brady.


En el “Perfil” se plantea el “intercambio comercial bilateral”, se supone que como gran medida de independencia, aunque en realidad significa lo contrario. El comercio bilateral es un comercio compensado entre dos países, que nos obliga a comprar a quien nos compra. Esto conduce a que dependamos del mercado imperialista al cual más vendemos, y por eso fue la consigna histórica del imperialismo británico con respecto a Argentina. Un comercio compensado no requiere dinero efectivo, con lo que se remata la aspiración del Ptp de tener una moneda sin reserva en oro o en divisas con respaldo en oro. Semejante planteamiento constituye un retroceso teórico inmenso y lleva a un retroceso práctico mayor aún, a un régimen económico autárquico o de trueque, es decir, de retroceso inmediato o mediato de las fuerzas productivas. Gelbard y Perón creyeron por un momento que podían ejecutar semejante política en una circunstancia internacional en que crecían los precios agropecuarios y del petróleo, dando la impresión de que Argentina era invulnerable a la crisis que estaba afectando al comercio mundial.


Este retorno al programa del Frejuli, de 1973, y al gobierno Perón-Isabelita,  revela que el Ptp ha quedado detenido en el tiempo, o peor, que no ha aprendido nada de lo que ya se sabía que era inviable  en aquella época y antes aún. El Ptp es una pura repetición;  plantea siempre el mismo frente nacional y popular sin importarle el fracaso de este frente luego en función de gobierno o de la llamada traición de sus líderes. Ante el fracaso de Alfonsín, integra el Frejupo con Menem; ante la “traición” de éste, propone el Frente del Sur; ahora, con la “traición” del “Cavallo” Alvarez, propone otro con Solanas; cuando los cague éste, encontrarán a otro. Es la vieja política stalinista de Codovilla, o el cuento de la buena pipa.


Programa carapintada


El punto fuerte de los dos documentos del Ptp lo constituye, sin embargo, el que se refiere a Malvinas, pero que no podría ser enteramente comprendido sin la referencia a las cuestiones anteriores, en particular la que tiene que ver con el Estado. Siguiendo en este aspecto a toda la “extrema” izquierda argentina, el Ptp plantea “revertir el proceso de desmalvinización de nuestra política exterior”, cometiendo el más serio y grave de los errores que le puede caber a la izquierda.


Para aclarar los tantos es necesario precisar que no ha existido una desmalvinización en la política exterior argentina, esto por la simple razón de que las potencias imperialistas han exigido que ello no ocurriera. Desde el primer día del gobierno de Alfonsín, la política exterior giró en torno al tema de Malvinas, es decir, a las garantías de un entendimiento con Gran Bretaña compatible con los intereses de la Otan. Para facilitar esta malvinización de la política exterior, Alfonsín firmó el acuerdo del Beagle, tendiente a “pacificar” el extremo sur. Una política de desmalvinización fue la que se siguió en el siglo y medio anterior a la guerra de Malvinas, cuando los gobiernos argentinos ni tenían en cuenta la presencia británica en las islas. La política actual justifica la entrega al imperialismo en todos los terrenos, precisamente como una vía para demostrar que el país ha “madurado” para hacerse cargo o corresponsable del Atlántico sur. No es casual que Menem siga batiendo el parche de Malvinas, en lugar de echarlo al olvido; oportunamente, podría volver a ser un tema del que se valgan la burguesía nacional o el imperialismo para rescatar a algún gobierno o superar alguna situación en crisis terminal.


A los trabajadores no nos conviene ni interesa colocar la reivindicación de la recuperación de las Malvinas en primer plano (esto quiere decir malvinizar), por la simple razón de que no la podríamos consumar en la actual relación de fuerzas y porque la recuperación de las Malvinas está condicionada al avance exitoso de la revolución latinoamericana y de la unidad política, socialista, de América Latina. La recuperación de Malvinas está condicionada por toda la lucha de clases mundial, y no en menor medida por la de Estados Unidos y Gran Bretaña.  Cuba ha encarado de esta manera la cuestión de Guantánamo, y aun la de Puerto Rico y el conjunto del Caribe, los cuales forman una unidad nacional.


Al proletariado le conviene y le interesa destacar, en lo que se refiere a la dominación del imperialismo, no el problema territorial sino el social. En este sentido revolucionario, somos desmalvinizadores y así debe serlo toda la izquierda. Así lo fuimos en 1982, cuando denunciamos como demagógica y eventualmente proimperialista la ocupación de Malvinas por parte de la dictadura, y anticipamos que sólo defenderíamos esa ocupación en el caso de que Gran Bretaña enviara su flota con apoyo yanqui (Declaración de Política Obrera del 4 de abril de 1982).


Consecuente con su planteo, el Ptp llama a la “Intensificación de todas las medidas de presión DIRECTAS e indirectas para la recuperación definitiva de nuestras islas Malvinas, Georgias y Sandwichs del Sur” (mayúscula nuestra, JA). En buen criollo, esto significa sólo una cosa: el rearme argentino. Todo el “programa económico” del Ptp se va barranca abajo con este planteo, porque él consumiría algo más de un presupuesto nacional anual entero y una dura presión sobre el comercio internacional argentino.


El problema es, sin embargo, fundamentalmente político, porque aquí cobra todo su significado el planteo del Ptp de que el Estado cumpla con “su razón de ser”; de que esté ausente la reivindicación de desmantelamiento de los aparatos represivos y armados de la burguesía; de que no se levante el reclamo de juicio y castigo a los militares y de que se lo sustituya, en el “Perfil”, por la “Degradación y baja deshonrosa de todos los torturadores y secuestradores”.


El Ptp realiza una completa desvirtuación del antiimperialismo en beneficio de un nacionalismo militarista, por lo tanto reaccionario. Se cae, entonces, la excusa de que las masas no se encuentran maduras para un frente de izquierda; simplemente, es el Ptp el que se encuentra en las antípodas estratégicas de una política socialista e internacionalista. En la misma demagogia malvinista caen otras tendencias, como el 99% que se desgaja del morenismo, aunque claro, no lleguen a los extremos del Ptp, bien que lo sigan al milímetro, por ejemplo, cuando reivindican que Argentina tenga su propia bomba atómica, o cuando defienden al régimen de Cedrás en Haití. No es necesario, por otra parte, que las masas se encuentren “maduras” para tal o cual política, algo que sólo podrá determinarlo la práctica de esa política; lo que importa es que esa política sea adecuada a la etapa histórica presente y sirva como instrumento consciente para la maduración de las masas.


El hundimiento del “plan Cavallo” y el fracaso extremo que está cosechando la oposición burguesa al menemismo, precisamente debido a su total entrega al menemo-cavallismo; estos factores han dejado planteada una tendencia a la polarización política que exige de la izquierda audacia en el pensamiento y en la acción. Ni Solanas ni el programa del Ptp se identifican con una cosa o la otra.

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