15/05/2003 | 800

«El que se va sin que lo echen…»

No tuvo que pasar mucho tiempo para que tuviera confirmación lo que dijimos desde el comienzo acerca del proceso electoral: que era un episodio de la crisis política abierta por la bancarrota económica y la rebelión popular, y de ningún modo la salida a ella. Tampoco demoró en manifestarse que el menemismo ya no tenía sustento en la realidad creada por la crisis; según algunas encuestas habría obtenido en la segunda vuelta menos votos que en la primera. Los repetidos acuerdos del FMI con Duhalde y con Lavagna fueron una clara evidencia de que el riojano había dejado de ser desde hace mucho tiempo el pollo del imperialismo. La renuncia de Menem, sin embargo, ha confirmado en forma parcial la perspectiva de una vacancia de poder creada en la primera vuelta, cuando los dos primeros no obtuvieron juntos la mitad de los votos válidos y sólo el 36% del padrón total.


La decisión de bajarse del ballottage puso en evidencia una enorme crisis dentro del menemismo; el «viejo equipo» de los Bauzá, Corach y Kohan «perdió» a manos de los reclutas más «jóvenes» – Rojo, Figueroa Mera y Castro – y de algunos gobernadores como el pampeano Marín y el riojano Maza, y seguramente el petrolero-salteño Romero. Es decir que triunfó el ala más cercana a una fracción de los bancos y de la derecha norteamericana. O sea que en lugar de un «pacto de gobernabilidad» el menemismo ha elegido el acoso al gobierno de Kirchner durante todo el período de elecciones provinciales que terminará en octubre. Es claro que pretenderá utilizar, entre otras, las crisis que generarán las negociaciones de la deuda externa para explorar la posibilidad de una crisis política, un llamado a nuevas elecciones o copar al nuevo gobierno. De un modo general, la deserción de Menem representa una apuesta estratégica a un rápido fracaso de Kirchner.


En las jornadas previas a la renuncia, tanto la centroizquierda como la derecha hicieron un uso inagotable de la demagogia constitucional para defender el ballottage, olvidando todas las denuncias previas de manipulación electoral contra el duhaldismo. Los que criticaron el proceso electoral por no ser más que una interna del peronismo, o los que lo hicieron porque excluía la renovación total de los mandatos, han salido ahora a defender la etapa final del proceso trucho. Es que los Carrió, particularmente, aunque también los López Murphy, están pactando con el oficialismo nacional o los provinciales un reparto de posiciones en el próximo gobierno o en las gobernaciones. La deserción de Menem servirá a los centroizquierdistas y nacionalistas como una excusa para apoyar al gobierno de Kirchner, en nombre de la gobernabilidad.


El viaje que hizo Kirchner la semana pasada a Brasil y a Chile ha mostrado el empeño de la burguesía argentina y también del imperialismo por valerse del «modelo» Lula como alternativa a la rebelión popular. Esta tentativa abre una nueva oportunidad política al centroizquierdismo, aunque en condiciones generales mucho más críticas que las que existían cuando se armaron el Frepaso y la Alianza. No sólo esto: la experiencia de Lula comienza a agotarse con las manifestaciones de recesión industrial y los primeros síntomas de descontento popular. El intendente Ibarra imagina que puede valerse de esta nueva situación para montar un gran frente duhaldo-ibarrista-centroizquierda-Cta en la Ciudad.


Cualesquiera sean las expectativas «golpistas» futuras del menemismo, la renuncia de Menem al ballottage marca el total retroceso de la vieja representación «neoliberal». Los que vienen en su lugar, sin embargo, son en su inmensa mayoría de orígen menemista y han ejecutado una confiscación económica del pueblo sin precedentes en la historia nacional. Nunca se ha hambreado en Argentina como bajo el gobierno de Duhalde-Kirchner. La llamada nueva burguesía nacional, título que reclama para sí la nueva Asociación de Bancos, no es más que testaferro del Citibank, que pretende valerse de ella para poner bajo su control a la banca nacional y a la pública, como ya lo hizo bajo el menemismo. Kirchner y compañía representan, entre otros sectores, a los nuevos Monetas del capital norteamericano. Los decretos mineros firmados por Duhalde la semana pasada, que otorgan libertad absoluta para girar capitales y ganancias a los grandes pulpos, y que les garantiza la inmovilidad impositiva y cambiaria, demuestra qué falsa es la pretensión de que representa un «modelo productivo» que privilegie la manufactura industrial contra las otras formas, extraccionistas o financieras, de la explotación capitalista.


La completa orfandad con que asume Kirchner no significa que deba ser necesariamente un gobierno débil; esto depende, en gran parte, de su capacidad para aislar las luchas populares a través de una alianza, como ya se ha manifestado claramente, con el centroizquierda y todas las tendencias de la burocracia de los sindicatos. Pero no será un gobierno representativo sino de componendas, y por lo tanto un gobierno de transición entre dos polos: un gobierno por decreto, o la convocatoria a nuevas elecciones o a elecciones constituyentes. Hará un uso abusivo de la demagogia democrática para ocultar su origen minoritario y su completa contradicción con la soberanía popular, pero por sobre todo para frenar y reprimir los reclamos populares. Si no, que lo digan las asambleas populares de Santa Cruz.


Las ilusiones del electorado en los viejos representantes del capitalismo y en el planteo de cambiar de política sobre las viejas bases sociales, serán desmentidas muy rápidamente. El agotamiento de estas expectativas es inevitable. La delimitación política clara y completa con esta nueva tentativa pro-imperialista que nace amputada y maltrecha es la condición de cualquier política popular con futuro. Sobre la base de esta delimitación política es necesario profundizar las tendencias que la rebelión popular puso en marcha: el desarrollo del movimiento piquetero, de las asambleas populares y de las empresas ocupadas, y la recuperación de los sindicatos.

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