08/04/2020

¿Estado “presente” o Estado de clase?

En los últimos días, un sector del progresismo afín al gobierno salió a instalar, en apoyo a Alberto Fernández, una defensa de la “presencia del Estado”. Esto amerita desarrollar un debate sobre el carácter de clase del aparato estatal y su rol en tiempos de pandemia. 


El pasado domingo Carlos Heller, diputado nacional por el Frente de Todos, publicó una columna de opinión en el periódico Perfil titulada “Estado presente y con la gente adentro”. En su escrito, el ex titular del banco Credicoop hace una defensa de las políticas del gobierno nacional frente a la pandemia. 


Heller coloca al Estado argentino (comandado por Alberto Fernández) como una suerte de ente protector que “toma una medida tras otra para dar respuestas al actual escenario crítico” que vive la Argentina en los tiempos de la pandemia. “A partir de allí, (el gobierno) fue desplegando una serie de iniciativas para paliar los efectos que el aislamiento produce sobre la vida de las personas y las empresas”, explica el diputado, sin esforzarse en distinguir a quienes trabajan de quienes explotan. Este tipo de planteos ameritan abrir la polémica acerca del rol del estado.


Estado, clase y pandemia


La nota de Heller busca lavarle la cara al carácter de clase del estado, que se desempeña en términos generales pero incluso se agudiza en tiempos de pandemia. En ese sentido, el diputado se “vende” solo: valora la “asignación compensatoria al salario” y el REPRO, es decir el dinero con la que el estado decidió “ayudar” a los capitalistas a pagarle el salario a los trabajadores, que saldrá de la caja del ANSES. Heller defiende, sin decirlo, que los jubilados subsidien y sean solidarios con los Techint o las cadenas de comidas rápidas que despiden o recortan el salario. “Se postergaron o redujeron hasta el 95% el pago de las contribuciones patronales”, festeja (no sabemos bien que) el diputado.


Con cierto tinte demagógico, Heller habla del impulso a un “impuesto sobre los grandes patrimonios”, que él mismo admite no van a cambiar la situación económica de los Paolo Rocca y compañía. Este impuesto no ha pasado por ahora de versiones periodísticas. Mientras tanto, el decreto de prohibición a los despidos ha mostrado su carácter de papel pintado. Techint finalmente avanzó con los 1500 despidos a los obreros de la construcción, con la firma del ministro Moroni y del sindicato albertista de la UOCRA. Mc Donald’s y Burger King rebajan sueldos que ya de por sí son miserables en la juventud, mientras amenazan y suspenden. El gobierno nacional y Heller aún no han dicho una palabra de la #McEstafa.


El diputado del Frente de Todos llega al cinismo de valorar “los lineamientos de la refinanciación de la deuda externa”. El gobierno pagó la semana pasada el equivalente a 25.000 respiradores al capital financiero, y planea reestructurar (reperfiló para pagar) el resto e incluso pedir un nuevo desembolso del FMI.



Heller no dice nada de todas las nuevas ramas que fueron calificadas de “esenciales” y de cómo Alberto Fernández está, de la mano de Paolo Rocca y compañía, vulnerando de la cuarentena en favor de los intereses capitalistas y contra los trabajadores, que serán expuestos de manera vil a la pandemia. El Estado “está presente”, de eso no hay duda. Pero la cancha está inclinada.



¿Existe el Estado ausente?


Heller en particular y un sector del “progresismo peronista” o filo-peronista, en general, vanagloria un “Estado presente”, cuya característica principal sería la capacidad y sensibilidad para “intervenir” en la economía y, así, corregir los efectos negativos que tiene “la mano invisible” del mercado. Por omisión, buscan diferenciarlo de un “Estado ausente”, que desistiría de aparecer en el ámbito económico y dejaría que todos los procesos económicos ocurrieran sin tapujos. Los gobiernos calificados desde el punto de vista ideológico como “neoliberales” o calificaciones similares entrarían en este segundo grupo.


Esta segunda concepción, la de la ausencia del aparato estatal, es lisa y llanamente ridícula. En los años 90, por ejemplo (cuando muchos de los funcionarios que hoy están en el gobierno también tenían trabajo en la Casa Rosada), ¿quién decidió llevar adelante el Plan Brady?, ¿La decisión de desenvolver un paquete inédito de privatizaciones a tono con el plan de la Convertibilidad se tomó sola?, ¿Los ferrocarriles, YPF, las telefónicas, los servicios públicos, quedaron en manos privadas por las leyes de oferta y demanda, sin ninguna decisión política detrás?, ¿No hubo, acaso, ningún ente encargado de planificar con el FMI el endeudamiento y su constante pago?, ¿Fue solamente “el mercado” el que definió la quita de los aportes patronales en 1992?, ¿La reforma Previsional del gobierno de Macri se sancionó por acción de la Bolsa y los mercados?  Los ejemplos y las preguntas retóricas podrían seguir, pero siempre apuntarán a lo mismo: la idea del Estado ausente o “no interventor” es meramente una falacia.


La misma consideración podría hacerse a la inversa: Los gobiernos ideológicamente calificados de neoliberales o derechistas toman medidas que el progresismo coloca del lado de los “Estados interventores”. Emmanuel Macron acaba de anunciar, por ejemplo, una profundización del “Estado de bienestar” en Francia, así como el gobierno ajustador y fondomonetarista de  Mauricio Macri en la Argentina ha inyectado plata en calidad de “políticas sociales” al inicio de su mandato(planes, seguro de desempleo) por miedo a un “desborde”.


Así, la figura del Estado no interventor no es tal y las diferencias que un sector del progresismo nacionalista busca instalar para justificar diferencias entre “Estado de bienestar” y neoliberalismo no responde a cuestiones ideológicas estáticas sino más bien a qué dinámica toma la lucha de clases.


El Estado siempre interviene… a favor de la clase dominante


Entonces, el Estado siempre interviene, y lo hace a favor de una clase social, la clase dominante de cada período histórico. Esta concepción marxista del Estado como dictadura de una clase social determinada resulta fundamental, ya que su defensa contrasta con la idea de que el ente estatal sirve para asegurar el bienestar social del conjunto de la población, o incluso otra teoría (compatible con esta última) de que el estado es un “campo de disputa”, dentro del cual se puede luchar contra un enemigo interno para arrimar al Estado al “campo popular”.

Desde su génesis, el aparato estatal surgió para contener y mantener viva la desigualdad de las sociedades de clase, divididas entre un sector que trabaja (clase explotada) y otra que vive sin trabajar y usufructúa el trabajo ajeno (clase explotadora).  


En palabras del propio  Lenin, “los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoría de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo (…) El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra”.


Lejos de propagar el bienestar social, el Estado siempre interviene de alguna u otra manera para garantizar la dominación de una clase sobre otra. Las diferentes formas de hacerlo están atravesadas por la magnitud de la crisis capitalista en determinado momento histórico, rasgos particulares de los países, el nivel de organización de la clase obrera en un lugar y momento histórico y demás. Los Estado, a su vez, pueden hacer demagogia si tienen una renta extraordinaria que permita contener e incluso cooptar a un sector de la clase trabajadora, pero siempre en pos de ese objetivo de fondo.


A su vez, el Estado burgués responde a las necesidades de la burguesía de cada lugar, que a su vez en los países atrasados se encuentra en alianza con las clases dominantes de los países opresores (imperialistas). La misma no siempre aboga por la misma forma de acumular riqueza, ni la misma forma de gobernar: según las condiciones, aplica “cambios de frente”, en general basados en la necesidad de modificar ciertos direccionamientos económicos para acumular capital. La misma clase social que necesitó la devaluación, la “pesificación asimétrica”, los subsidios, el rescate y la “reconstrucción de la burguesía nacional” de Néstor Kirchner y Cristina Fernández entre 2003 y 2013, luego vio con buenos ojos la “apertura” y anulación del cepo cambiario y apoyó a Macri en 2015. 


¿De qué lado hay que estar?


John Maynard Keynes es el economista ícono del peronismo y en general el estatismo, al que Heller y tantos centroizquierdistas y estalinistas han pasado a apoyar. Lo reivindican porque defiende la “intervención” económica del Estado. En una conferencia de 1925, titulada “¿Soy un liberal?”, el propio teórico se encargó, 100 años atrás, de poner en fila a quienes crean que existe un Estado que vela por “todos”: “Yo puedo estar influido por lo que estimo que es justicia y buen sentido, pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía”. Nosotros, contra Heller y compañía, nos encontramos del otro lado de esa lucha.

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Escribe Gabriel Solano