25/07/2002 | 764

Estados Unidos se «Argentiniza»

La serie de monumentales quiebras empresarias internacionales con epicentro en Estados Unidos, y el derrumbe de Wall Street, han abierto una nueva etapa de la crisis mundial. Ponen de manifiesto que su centro es la primera potencia capitalista.


Este último fin de semana se declaró la quiebra de la gigantesca WorldCom, la segunda proveedora de telefonía de larga distancia de Estados Unidos, responsable por el 50% de todo el tráfico de Internet en ese país y propietaria de los pulpos telefónicos latinoamericanos Embratel (Brasil) y Avantel (México). Es la mayor bancarrota empresarial de los EE.UU. Los activos declarados de WorldCom, al 3 de marzo pasado, eran de 103.800 millones de dólares. Representan un enorme salto respecto de los 63.400 millones de dólares involucrados en la caída de Enron, el monopolio energético, que se derrumbó a fines del 2001; y cuadriplica el monto de los activos de las mayores quiebras registradas hasta entonces, las de Financial Corp of America y las de Texaco, en 1987 y 1988, respectivamente. En el primer semestre del corriente año, colapsaron otros monopolios con activos que superan con creces los 100.000 millones de dólares.


La lista, de todos modos, sigue abierta, e incluye a AOL-Time Warner, Xerox, Johnson & Johnson y Laboratorio Squibb, sólo para citar los casos más notorios. Hay que anotar, además, a los más representativos pulpos europeos y japoneses.


El caso asiático es ejemplar porque arrastra una depresión de más de una década y porque los esfuerzos por salvar a la banca han fracasado a pesar de los homéricos subsidios estatales, que han llevado la deuda pública del Japón a 8 billones de dólares. Según The Economist (13/4) los bancos japoneses están transformando sus deudas incobrables en acciones de compañías igualmente quebradas que, a su turno, arreglan sus propias cuentas inflándolas con acciones… de los bancos insolventes; todo lo cual puede conducir a una especie de «Big Bang» a la nipona.


En la otra pata del trípode capitalista, Europa aporta lo suyo, comenzando por Alemania, donde «el paisaje bancario atraviesa turbulencias sin precedentes» (Le Monde, 23/6). En el epicentro de la turbulencia se encuentra el poderoso Deutsche Bank, cuyos activos son 8 veces superiores a los de WorldCom –800 mil millones de dólares– y cuyas acciones han caído 50% en el 2001. El paisaje de la bancarrota se extiende a Inglaterra, Francia, Italia y España, donde los casos como WorldCom pululan por doquier. Ahorramos los detalles porque lo que importa es que la crisis emana del corazón mismo del capitalismo mundial.


Final de época


Los EE.UU. fueron presentados hasta el año pasado como el símbolo de una suerte de capitalismo inmortal. En 1999 el promedio de las acciones de Wall Street trepaba a los 10.000 puntos, cuadruplicando los valores del inicio de la década, y los gurúes pronosticaban que se triplicaría en el próximo período. Tres años después, las caídas bursátiles marcan una baja del 50%, o sea una pérdida de capital de 6 billones de dólares. Para el británico The Guardian (18/7) «nos encontramos al borde del precipicio».


Como la tasa de interés está en niveles bajísimos, el dólar se está devaluando y el déficit fiscal está aumentando para contrarrestar la recesión, los recursos del Estado contra la crisis no están funcionando. Cuando, en 1998, el «default» ruso amenazó con arrasar el mercado de capitales norteamericano, la Reserva Federal salió a socorrerlo con una emisión masiva de créditos a bajas tasas de interés. En el 2001, cuando comenzó la recesión, el costo del dinero bajó a apenas 1,75% anual, lo que permitió refinanciar deudas y estimular inyecciones de dinero en la Bolsa. Ahora, una nueva baja sería irrelevante y podría evidenciar «pánico», según señala un comentarista del Financial Times (16/7).


El derrumbe del dólar, a su vez, revela que EE.UU. ha dejado de ser una aspiradora de recursos del resto del mundo. El endeudamiento, desde principios de los ‘90, cuadruplicó el crecimiento del producto. La depreciación del dólar significa ahora que los capitales están saliendo de los EE.UU. Y esto recién comienza.


Las cámaras industriales norteamericanas saludaron la devaluación del dólar porque frena las importaciones, estimula las exportaciones y debería reducir el enorme déficit del sector externo, de 450.000 millones. Pero una devaluación mayor transformaría la salida de capitales en una estampida.


El pasaje de la sobrevaluación a la devaluación ha sido el signo dominante desde la crisis asiática de 1997. Pero la devaluación del dólar es la estación terminal, porque es el papel moneda de referencia mundial, ya que produce la revaluación de todas las otras monedas y una deflación general de precios, ingresos y beneficios.


Un fracaso que se las trae


A partir de la crisis de los ‘70, se produjo un enorme drenaje de recursos de los países semicoloniales a las metrópolis imperialistas por medio del pago de la deuda externa; se desarrolló la expoliación de las economías del Este europeo, que culminó con el colapso de la vieja URSS; se incrementó la explotación de la clase obrera de los países metropolitanos (flexibilización y precarización laborales; baja sistemática de los salarios). A pesar de esta exacción, a finales de los ’80, los resultados eran miserables en términos de recuperación de la actividad capitalista. Las quiebras bursátiles de los años ’87 y ’89, el desbarranque de una parte del sistema financiero de los EE.UU. (las sociedades de ahorro y préstamo) la recesión de Japón, y de Alemania así lo demostraban.


En los ’90, Nueva York se transformó en la nueva Roma del capital financiero internacional. La hipertrofia especulativa resultante se encuentra ahora en proceso de explosión. Las «quiebras corporativas» muestran el «exceso» de capacidad y de fuerzas productivas. En el campo de las telecomunicaciones, de la industria automotriz o siderúrgica, en el de los grandes servicios de transporte o de energía, en las industrias de punta de la informática o la biotecnología, en el sistema bancario… por donde se lo mire el escenario es siempre el mismo: sobreacumulación, sobreinversión, sobra de empresas, sobra de capitales que ya no pueden valorizarse a una tasa de beneficio compatible con su necesidad de reproducción. Una brutal destrucción de la riqueza social que toma la forma de capital, aparece como el «remedio» para una salida capitalista que implicaría catástrofes económicas y sociales nunca vistas.


Esta vez los Estados Unidos no pasarán de largo. Lo revela el hecho de que hemos pasado rápidamente de los «escándalos financieros» a una crisis política. Bush, el vicepresidente Cheney y otros altos funcionarios de la Casa Blanca empiezan a parecerse a los Menem criollos, imputados como cómplices y aun autores de los más diversos chanchuyos. La caída del coloso yanqui plantea un proceso de disolución social y político vastísimo. Y, como el pez se pudre por la cabeza, la mismismísima burguesía yanqui desconfía de la capacidad de su gobierno para enfrentarla. En una declaración extraordinaria, que parece propia de las pampas, un economista del Banco Morgan acaba de interpretar el desbarranque de la Bolsa como evidencia de que «los mercados perciben una crisis de liderazgo que no sólo abarca a la Casa Blanca sino a las corporaciones y a la propia Wall Street» (Financial Times, 15/7).


Las bancarrotas empresarias y bursátiles transforman la estafa que conocen los «ahorristas» argentinos en un juego de niños. En el país de Bush, 80 millones de norteamericanos conservan sus ingresos en acciones en la Bolsa. Los fondos de pensión-jubilación se están yendo al bombo con el proceso de quiebras. Se ha abierto una nueva etapa en la crisis mundial. La economía mundial se está «argentinizando».

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