08/03/2007 | 982

«Inclusión social», las pelotas

La verdad sobre la desocupación de un digito

Casi todos los diarios y analistas resaltaron la baja de la tasa de desocupación a un dígito y hasta lo presentaron como una consecuencia del supuesto modelo industrialista de “inclusión social” que se atribuye Kirchner. Pero incluso ellos no han podido negar que aún “continúan los graves problemas de calidad del empleo, entre ellos, trabajo en negro, niveles de remuneración por debajo de la línea de pobreza y subempleo” (Página/12, 4/3).


 


Lo que nadie hizo, sin embargo, fue explicar por qué, luego de entrar en el quinto año consecutivo de aumento del PBI al 9% anual, la desocupación, ahora de un dígito, sigue siendo alta (con los planes sociales sigue en dos dígitos, 10,1%), pues todavía comprende a casi 2 millones trabajadores.


 


Tampoco explican por qué, con ganancias sin precedentes, “la informalidad laboral es más alta” y “los ingresos a valores de pesos de 2006 muestran, en promedio, una pérdida de más del 25 por ciento de su poder adquisitivo, siendo la pérdida mayor en el caso de las mujeres que en los hombres” (ídem, Paula Nahirñak, Fundación Mediterránea).


 


Faltan las explicaciones también de por qué “dentro de los ocupados, el trabajo asalariado en negro sigue siendo importante” y “también es importante el trabajo informal (las empleadas domésticas, los trabajadores familiares no remunerados, los trabajadores por cuenta propia y los que trabajan en microempresas de menos de cinco trabajadores). Por otra parte, desde que la dictadura militar modificó la ley de contrato de trabajo se legitimaron diversas formas de trabajo precario, es decir sin estabilidad, como contratos por tiempo determinado, a tiempo parcial y temporarios. Además, se fortalecieron las tendencias a la subcontratación y a la tercerización de actividades que afectaron la anterior relación salarial” (ídem, Julio César Neffa, investigador superior del Conicet y director del Ceil Piette).


 


Otros, como el ex funcionario del Ministerio de Trabajo, Daniel Kostzer, en su afán por reivindicar el “modelo de inclusión social”, llegan a decir que ahora “no se requieren de bajas en la contribuciones patronales ni contratos precarios para que las empresas realicen sus operaciones” (Clarín, 4/3). La verdad es que, con salarios reales más bajos, el kircherismo mantuvo la reducción de las contribuciones patronales del menemismo y de la Alianza y agregó otras (reducción de los aportes patronales del 33% para las empresas de hasta 80 trabajadores) y mantuvo la precariedad de los contratos a tiempo parcial, temporarios, de aprendizaje y pasantías, que nunca fueron utilizados por las patronales tan intensamente como ahora. Mientras sectores de la burguesía pretenden justificar los bajos salarios y la mala “calidad” del empleo en la supuesta falta de educación y capacitación de los trabajadores, los datos estadísticos indican que “mientras en 1993 del total de los ocupados sólo un 22,9 por ciento tenía estudios superiores (incompletos o completos), esa proporción aumentó a 33,1 por ciento en 2006, pero la informalidad laboral es más alta y los ingresos en pesos de 2006 son más bajos” (ídem, Paula Nahirñak, Fundación Mediterránea).


 


Este cuadro laboral y social pinta de cuerpo entero la reactivación kirchnerista. La mayor ocupación con relación al peor momento de la crisis se explica por la ampliación de los mercados interno y externo, como consecuencia de la mayor demanda, reforzada por la devaluación del peso. El modelo de “inclusión social” o el “industrialista” ha provocado el abaratamiento del valor de la fuerza de trabajo, porque mantuvo y reforzó el andamiaje de la precarización laboral (esto gracias a la política de colaboración de la burocracia de la CGT y CTA con las patronales y la burguesía dominante).


 


El deterioro de las condiciones de trabajo fue acompañado de un incremento sin precedentes de la superexplotación obrera. La industria ocupa menos trabajadores que en 1998 —récord anterior de producción industrial— pero produce un 40% más. Ha crecido el nivel de superexplotación, en especial en tres sectores clave: construcción, autos y turismo. Con el precio de la propiedad en dólares por encima de los mayores valores alcanzados durante la convertibilidad, hubo una reactivación especulativa que aprovechó los bajos salarios para obtener ganancias exorbitantes de más del 100% en dólares. Con el sector automotor pasó lo mismo, y eso a escala continental, porque la combinación de dólar alto y salarios bajos ayudó a que las automotrices planificaran la colocación de autos en Chile, México y otros países de América Latina desde la plataforma argentina. En tanto, los turistas redescubrieron a la Argentina simplemente porque compran todo a menos de la mitad del valor que tienen en sus países de origen. Por su sumisión a las necesidades de la burguesía, la burocracia sindical no aprovechó la mayor demanda de trabajadores para replantear todas las condiciones de trabajo heredadas del menemismo y la crisis. Como vuelve a mostrarse en docentes o en las paritarias actuales, la burocracia fue negociando los convenios en función de las “pautas” fijadas por el gobierno y las patronales.


 


Si este es el panorama con más de cuatro años de recuperación capitalista, ahora los límites de la reactivación kirchnerista, por la crisis capitalista mundial, amenazan con una superexplotación mayor. La “burbuja inmobiliaria” comenzó a pincharse porque no hay demanda que pueda absorber los edificios y departamentos construidos. Al mismo tiempo, la inflación fue deteriorando el “dólar alto”, lo cual ha deteriorado la protección del mercado interno, como lo demuestra el crecimiento de las importaciones. De ahí la fuerte caída del saldo comercial y las acusaciones contra la invasión de productos brasileños y chinos. Todo esto ya está pasando cuando el crack bursátil mundial todavía no hizo sentir su fuerza en el movimiento económico internacional. Cuando esto pase, el kirchnerismo habrá quedado como un fenómeno pasajero en el que no tuvo arte ni parte.

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