Políticas

3/12/1998

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La Alianza y un ‘comunista´ ilustre

Eric Hobsbawm, el conocido historiador y ex miembro del Partido Comunista británico (q.e.p.d.), fue galardonado como ‘ciudadano ilustre’ por el gobierno capitalino y fue distin­guido por la Cámara de Diputados, en su recien­te visita a Buenos Aires. El ‘ilustre’ dictó una serie de conferencias en el Teatro General San Martín y en el Colegio Nacional de Buenos Aires y obtuvo la atención periodística de numerosos medios de radio, televisión y prensa escrita.


Claro que no se trata de un mero hecho académico sino que tanto homenaje tiene olor a operativo político: la aparición en escena de un ‘arrepentido’, erudito e ilustre, que ha sido ‘descubierto’ por todo un sector de la inteligentísima.


En su último libro, Hobsbawm se había propuesto escribir la historia de este siglo que aún no concluyó (1). El apuro de Hobsbawm, octogenario ya, por ‘hacer terminar’ el siglo no se debe, sin embargo, a razones de edad, sino a su inquebrantable convicción de que la humani­dad ha vivido un ‘siglo corto’ iniciado en 1914 y finalizado en 1991.


La filiación stalinista del supuesto es clara: el fallido golpe de agosto del ‘91 y la posterior ‘desaparición’ de la URSS habrían provocado, no el ‘fin de la Historia’ sino el ‘fin del Siglo’. Hobsbawm admite tomar el concepto de ‘siglo corto’ de un tal Ivan Berend, antes presidente de la Academia de Ciencias de Hungría, ahora seguramente rezagado en la carrera por ‘recon­vertirse’ de burócrata a propietario. El proceso de restauración del capitalismo no deja de ser, con todo, ciertamente traumático para la buro­cracia… Así, hay quienes como Viktor Cher­nomyrdin han rapiñado monopolios del gas, y otros, menos afortunados (como Mikhail Gorba­chov), que se dedican a ‘subsistir’ filmando comerciales para la filial rusa de Me Donald’s.


Quienes estén familiarizados con su extensa obra, habrán podido notar que cuanto más se acercaba Hobsbawm al análisis contemporáneo, más evidentes se hacían sus falencias como his­toriador (2). Sin embargo, no es la novel incursión de Hobsbawm por la historia reciente, y su consi­guiente falta de ‘perspectiva histórica’, lo que explica las enormes limitaciones de sus planteos. Por el contrario, serán las posiciones y la trayec­toria política de Hobsbawm, desconocidas en estas pampas, las que las expliquen.


Antaño comprometido con el ‘movimiento comunista’, Hobsbawm es hoy otro barco a la deriva de la auto-disuelta flota stalinista, y sólo busca una playa donde amarrar.


La memoria ‘progre’ (estafa para desprevenidos)


Historiador de una enorme erudición, Hobs­bawm escribe (tal como decía Engels sobre su polemista Dühring) de todas las cosas existen­tes y de algunas más también,.. Pero con tan sólo repasar algunos tópicos o hitos, tendremos una radiografía del historiador.


Para Hobsbawm, la sociedad entera necesi­ta a los historiadores porque “son los incordiadores profesionales de aquello que sus conciudadanos desean olvidar. En primer lugar, las clases dominantes no parecen tener ninguna intención de ‘olvidarse’ del arte de la dominación de clase, aprendido con sangre y fuego durante siglos. En todo caso, la compren­sión global que los trabajadores necesitamos en camino hacia la emancipación social, será mi­sión del partido revolucionario (logrando convertirse en la memoria de la clase). En segundo lugar, veremos que si hay alguien que ‘desea olvidar’ es justamente nuestro historia­dor.


Hobsbawm ni siquiera se anima a refutar a Fukuyama, y en su retirada sólo se atreve a sostener que “la única generalización com­pletamente certera acerca de la historia es que seguirá desarrollándose en tanto exis­ta una raza humana”. La decepción política le hace sostener una rara concepción acerca de la ligazón entre relaciones de producción y desarrollo de las fuerzas productivas, porque Hobsbawm prefiere resaltar que el último cuar­to de siglo marcó el fin de ocho milenios de historia humana donde la abrumadora mayoría vivió del cultivo y el exudado de su propio gana­do, situación comparada con la cual “la histo­ria de la confrontación entre ‘capitalismo’ y ‘socialismo’ (…) será considerada quizás de un interés histórico más limitado”. Será quizás por las implicancias de este pensamiento que el Financial Times calificó su obra como “un libro brillante y estimulante”.


Apañando al ‘movimiento comunista’ al cual pertenecía, Hobsbawm sostiene que “una de las ironías de este extraño siglo es el hecho de que el resultado más duradero de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era el derrocamiento global del capitalis­mo, fue la de salvar a su antagonista”. Claro que para justificar históricamente el ascenso de la burocracia no hace falta cantarle loas a Stalin, alcanza con algo de sutileza: así, la derrotada revolución alemana no habría sido más que “una ilusión”, por lo cual Hobsbawm no siente la necesidad de referirse a la sucia labor de la socialdemocracia, que ahogó la revolución bajo las banderas ‘democráticas’. Así, a nuestro ilustre ‘historiador1 no le resta más que volcar sus prejuicios acerca del temperamento de las masas: “la mayoría de los soldados, mari­nos y obreros revolucionarios permane­cían moderados y obedientes a la ley”. Las preferencias políticas de Hobsbawm tampoco le permiten apreciar cómo el precio del aplasta­miento de la revolución alemana no fue la ané­mica República de Weimar sino el mismísimo Tercer Reich.


Luego, Hobsbawm plantea que “fue en 1920 que los bolcheviques cometieron lo que en retrospectiva parece un error gra­ve, la división permanente del movimiento obrero internacional” ¿Cuál error? Ni más ni menos que la III° Internacional.


Y esto a pesar de que él mismo señala que los primeros gobiernos de coalición, o enteramente socialdemócratas, surgieron en 1917/19; resal­tando que “la moderación de tales partidos fue fundamentalmente una reacción ante el bolchevismo, como también lo fue la premura del viejo sistema político (sic) por integrarlos (a los socialdemócratas)”.


Hobsbawm rinde culto a la cohesión mono­lítica de los PC, comparándolos con las perma­nentes escisiones en las otras tendencias de la izquierda. Resulta curioso, porque él mismo participó de una purga de ‘cuadros’ revolucio­narios (la tendencia Militant) al interior del Labour Party británico. Hobsbawm apoyaba a la derecha laborista para quienes “un gobier­no Thatcher era preferible a un gobierno laborista reformista”, mientras atacaba a la izquierda por su “radicalismo miope y secta­rio” y aprobaba la idea de marchar hacia un pacto entre el laborismo y los liberales del SDP/ Liberal.


Precursor de una Alianza a la argentina, Hobsbawm aconsejaba al movimiento obrero emprender “la construcción del más amplio conjunto de alianzas contra el thatcherismo, lo cual implica, en primera instancia, posiblemente objetivos bastantes modes­tos”.


¿Capitulará el ‘ilustre’ aliancista también frente a los genocidas? Claro que sí, ya que el centroizquierdismo es congénitamente co­barde. Se explica así su planteamiento de que “Pinoehet debe ser el problema de la justi­cia chilena”.


Simpatía por el demonio


Hobsbawm critica la táctica stalinista del ‘Tercer Período’, pero querer presentar, con­tra todas las evidencias fácticas, al Frente Popu­lar como ‘la táctica’ contra el fascismo, difícil­mente pueda llamarse ‘historia”… Admite que no era únicamente el franquismo el que quería estrangular la revolución, puesto que “el go­bierno español, y especialmente los comu­nistas… insistían que la revolución social no era su objetivo, e inclusive hicieron todo lo posible para controlarla y repri­mirla”. Pero Hobsbawm comparte esta política porque “lo interesante es que no era mero oportunismo o, como pensaban los puris­tas de la ultra-izquierda, traicionar la re­volución. Reflejaba el rechazo deliberado de la vía insurreccional al poder, por una vía gradualista; el cambio de una vía confrontacional por una vía de negociación, más concretamente, una vía parlamenta­ria de llegar al poder”. Manchar con sangre obrera las clásicas premisas del reformismo (desde Bemstein hasta el Kautsky senil) le parece “interesante” al profesor Hobsbawm…


Empecinado en hallar en el terreno de la metafísica lo que no se anima a buscar en el ámbito de la lucha de clases, Hobsbawm sosten­drá que “el pensamiento racionalista y hu­manista compartido por el capitalismo li­beral y el comunismo hizo posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo”. Naturalmente que Hobsbawm exigía la más estricta ‘unidad nacional’ contra el nazismo, elogiando al violento anti-comunista Churchill por ser un “gran romántico”. Cuesta creer que Hobsbawm no sepa que la burguesía británica no tenía intención de luchar contra el nazismo, de allí su política de ‘apaciguamiento y que el pacto de Munich (que él tanto demoniza) era un eslabón más en las difíciles negociaciones para fijar los límites del dominio nazi en la Europa central y oriental, sobre todo si Alemania final­mente se decidía a extender su “espacio vital” hacia la URSS.


Pero no sólo ante la ‘amenaza nazi’ es que Hobsbawm le capitula al nacionalismo (impe­rialista) británico. En 1982, apoyará a la Ingla­terra ‘democrática’ contra la Argentina ‘fas­cista’ cuando, en épocas de Malvinas, Hobs­bawm aconsejaba que “la izquierda debe em­pezar a pensar más concretamente… sobre la identidad nacional y los intereses nacio­nales”, so pena de que el thatcherismo se apo­derara de las banderas nacionales.


La guerra en las ‘Falklands’ le hacía recor­dar los buenos viejos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, donde se había logrado “la victoria contra la reacción, tanto en el extranjero como en casa, la victoria labo­rista y la derrota de Churchill”. En realidad, la reacción de posguera triunfó en Grecia aplas­tando a los partisanos griegos (los kapetanios de las EAM-ELAS), con la invalorable ayuda del imperialismo británico y, en cuanto al gobierno laborista de Clement Attle, rápidamente dio tranquilidades al gran capital…


La revolución en el ‘Tercer Mundo’


Hobsbawm aprueba la estrategia del stali­nismo en el ‘Tercer Mundo’-, para “los parti­dos alineados con Moscú, el capitalismo no era el enemigo, sino el pre-capitalismo, y los intereses locales y el imperialismo (yanqui) que lo apoyaban”. Por esto, los satélites moscovitas repudiarán la lucha arma­da y trabajarán por un frente con la burguesía nacional. “Esta estrategia, que enfurecía a los que preferían el camino de las armas, a veces parecía imponerse, como en Brasil, Indonesia y Chile”. Pero Hobsbawm no puede obviar que “quizás no por sorpresa fueron abortados por golpes militares seguidos del terror”. Tampoco el ‘historiador* se atre­ve a ahondar sobre por qué no fueron ‘sorpre­sas’ los desenlaces de las aventuras de los PC bajo los gobiernos de Goulart, Sukarno y Allen­de.


Para peor, Hobsbawm se (nos) confunde, porque le adjudica al maoísmo una política dis­tinta. En realidad, Indonesia 1965 significará para Mao el equivalente a la derrotada revolu­ción china de 1925-27 para Stalin.


En su defensa de la lineajusta de la buro­cracia, tampoco se salva el foquismo, culpable básicamente porque “subestimaba el rol de los golpes militares izquierdistas, que pa­recían imposibles en Europa hasta que ocurrió en Portugal en 1974; pero que eran muy comunes en el mundo islámico y no eran para nada imprevisibles en América Latina”. ¡¡Con el MFA, Nassery Velasco Alvarado, al socialismo!!


Adiós, ´camarada’ Hobsbawm


Para nuestro ilustre arrepentido, “el mun­do que se hiciera añicos a finales de los ‘80 era el mundo modelado por el impacto de la Revolución Rusa”. La liberación social de los explotados ya no estaría, entonces, a la orden del día…


Peor aún, “el debate que confrontaba al capitalismo y al socialismo como mutua­mente excluyentes, como polos opuestos, será visto por las generaciones futuras como una reliquia de la Guerra Fría ideo­lógica del Siglo XX”. ¿De veras el dominio social de la burguesía y el dominio de la clase obrera, no son mutuamente excluyentes? La descomposición del stalinismo adquiere aquí su verdadero significado.


Hobsbawm cree que “el fracaso del mode­lo soviético reaseguró a los seguidores del capitalismo en su convicción de que sin mercado ninguna economía puede funcio­nar; el fracaso del modelo ultra-liberal rea­seguró a los socialistas en la creencia de que los asuntos humanos, incluyendo la economía, son demasiado importantes como para ser dejados en manos del mer­cado”. El intelectual bienpensante quiere ga­narse un lugar en el cielo criticando los ‘excesos’ del capitalismo, pero nada más… Hobsbawm prefiere expresarlo en términos de modas inte­lectuales: “Marx vuelve (pero) no como al­ternativa de organización social”.


Está claro que, para Hobsbawm, el ‘merca­do’ es una política económica y no una rela­ción social, y su progresismo se limita a reivin­dicar el intervencionismo estatal keynesiano contra el ‘fUndamentalismo’ de mercado; es decir, no sale nunca del dominio de la explota­ción capitalista. Generalizando el escenario político nacional, es como si Hobsbawm se limi­tara a un apoyo a los gobiernos ‘aliancistas’ (Blair, Jospin, D’Alema, etc.), en contra de los gobiernos ‘menemistas’ (Kohl, Thatcher, etc.). ¡Tanta cháchara contra el neoliberalismo, y pen­sar que Hobsbawm bien sabe que fue en realidad el gobierno laborista de James Callaghan (1974- 79), quien en primer término llevó adelante las políticas monetaristas ‘thatcherianas’ de las cuales tanto se lamenta! ¿Qué impostura, no?


En concreto: primero por la ‘inmadurez de las condiciones’; luego por el ‘frente antifas­cista’ orarla. ‘lucha contra el pre-capitalismo’; o por ‘la desaparición del proletaria­do’; o por la ‘lucha contra el neoliberalismo’; es claro que para Hobsbawm nunca llega la hora de la independencia política de los trabajadores, convirtiéndonos así en víctimas, en el mejor de los casos, de los ‘El’ o ‘Ella’ de tumo.


Bien mirado el asunto, en realidad no llama tanto la atención el ‘homenaje’ para alguien como Eric Hobsbawm sino que uno se pregunta asombrado… ¿cómo es que se demoraron tanto?