12/07/2021

La crisis del trabajo en la Argentina

El enorme ejército de reserva de desocupados es un arma fundamental para la reforma laboral y los salarios de pobreza.

(Nota de opinión publicada en diagonales.com)

¿Cómo recomponer el paradigma del trabajo en el país, cuando hay 4,5 millones de personas con problemas de trabajo entre ocupados y subocupados? Para responder esta pregunta desde la perspectiva de los trabajadores, conviene examinar lo ocurrido en las últimas décadas en particular desde los ’90.

En 1998, de la mano de la Argentina de Menem, la desocupación alcanzaba el 18% sin que hubiera estallado la crisis. Cuando la convertibilidad voló por los aires, en el 2002 alcanzaba el 21,5% y la subocupación el 18,6%, en total 5,66 millones de personas con problemas de empleo.

El punto es que a la desocupación de los años menemistas llegamos por razones de fondo. En primer lugar, despidos en masa por las privatizaciones en el petróleo, la destrucción de los FF.CC., de la industria siderúrgica estatal, de la energía, etc. Por otro lado, por la flexibilización laboral que tiene varias consecuencias: aumento de la jornada, eliminación de protecciones de convenio y salubridad, aumento de los ritmos de producción, contratos temporarios basura, desprotección ante el despido, turnos americanos que eliminan el fin de semana, eliminación de categorías de convenio colectivo, descalificación profesional. Otro golpe a la ocupación fue la reforma previsional que alargó la edad en cinco años, evitando la liberación de centenares de miles de puestos de trabajo para las jóvenes camadas que se incorporan al mercado laboral año a año. Desde luego también impacta, especialmente en condiciones de flexibilización laboral, la cuestión del avance tecnológico que aumenta la productividad de cada trabajador potenciando de manera geométrica la expulsión laboral al combinarse con mayores jornadas en lugar de reducir las horas de trabajo.

A estas causas de fondo hay que agregar una letal, que concentra todas las anteriores: el trabajo informal que trepó en la crisis de 2001 para no bajar nunca más a niveles aceptables, al contrario llegamos al presente con porcentajes cercanos al 40%. Esto es así porque el trabajador informal carece directamente de derechos y todos los aspectos mencionados se potencian. Sabemos que en actividades de millones de personas como obreros rurales, trabajo en casas particulares y construcción son más los informales que los formales. En este tema se ha incorporado una variante decisiva de flexibilización extrema que es el fraude laboral legalizado del monotributo que encubre la relación de dependencia, tanto en la actividad privada como en el Estado.

Estas causas de fondo no han sido removidas, ninguna. Prueba es que, incluso en materia jubilatoria al extender a 70 años la edad de manera opcional, se ha profundizado la tendencia. Lo mismo podemos decir del empleo juvenil por excelencia del momento, el repartidor precarizado, los becarios estatales, etc. Y otra “herencia” de aquella crisis fundacional de destrucción del trabajo y de las condiciones laborales es la contraprestación laboral de los llamados “planes sociales” utilizados como mano de obra barata en los municipios, un arma extrema de precarización laboral y de depresión salarial.

No hemos tocado hasta aquí un tema que surge de las cifras del Ministerio de Economía que es el desaliento típico de las depresiones económicas que ha llevado a un millón de personas a no buscar más trabajo lo que llevaría la desocupación de hoy (10,8%) a casi el doble. Pero es, en todo caso un resultado de la estructura económica de primarización exportadora con su contracara de importación de bienes de capital y manufacturados.

De lo expuesto surge que la desocupación masiva es política de Estado de los políticos que se alternan en el poder representando a los sectores empresariales. El enorme ejército de reserva de desocupados es un arma fundamental para la reforma laboral y los salarios de pobreza. En esto coinciden la UIA, las entidades del capital agrario, los bancos y aún las Pymes. El cambio de paradigma para recuperar el trabajo podrá darse en las antípodas de esta orientación. Pero una Argentina donde se vuelque el ahorro nacional a la industrialización, a millones de viviendas necesarias, es sin duda la de la ruptura con el FMI, con la loza de la deuda y todos los aspectos de nuestra inserción semicolonial en el mercado mundial. Algo que requiere una reorganización económica y social desde el campo de los trabajadores.

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