29/11/2001 | 731

La crisis política con todo

El gobierno ha vuelto a convocar a una «concertación», luego que los grandes grupos económicos y el clero advirtieran contra el peligro de una «ruptura de la continuidad constitucional». Sin embargo, luego de una cacareada «expectativa» que no duró más que el pasado fin de semana, la «concertación» se desinfla. La primera en abrirse fue la propia Iglesia, y más acentuadamente aún el ala devaluacionista que encabeza Primatesta.


«Crimen político»


La «concertación» está pensada en base a un apoyo al «canje de deuda», al «déficit cero» y a los Lecops, resumido en el Presupuesto para el 2002, pero la realidad superó rápido semejantes ficciones. Desde el vamos, «Techint pid(ió) que el real se sume (al) tipo de cambio para importar y exportar» ( Clarín, 22/11), es decir avanzando en la devaluación del peso; el mismo día, BAE titulaba que «La depresión agobia a Siderar», una de las columnas del pulpo. A su vez, en los días siguientes, las perspectivas de un acuerdo se deterioraron aún más cuando quedó claro que para lograr el «déficit cero» habría que aumentar impuestos (a las ganancias y a las naftas) y emitir más Lecops. Al mismo tiempo se advertía que la emisión de éstos había llegado a un techo, y en provincias como Salta ya ha comenzado a hablarse de la emisión de bonos locales. Cavalieri, que no habla en nombre de los sindicatos sino de los capitalistas y de sus amigos Nosiglia y Barrionuevo, ya se adelantó a decir que «si Cavallo no modifica su ortodoxia… no sé para qué el Gobierno convoca a un presunto entendimiento» (La Nación, 27/11). Este «entendimiento», sin embargo, ha sido calificado editorialmente por La Nación como la condición para la «gobernabilidad».


Pero, más allá de todos estos pronunciamientos, los capitalistas están votando con la chequera. Desde el 25 de octubre, han salido depósitos por 4.500 millones de dólares y otro tanto han caído las reservas del Banco Central, para pagar la deuda externa. La cháchara de la «concertación» no cambió para nada esta tendencia, y tampoco podría hacerlo cuando la crisis financiera internacional se está atizando con rumores de quiebras en Japón y hasta Arabia Saudita, no hablemos de Turquía o Tailandia. La sola quiebra del pulpo Enron (ver aparte) amenaza desatar una corrida financiera de alcance mundial.


Los partidos políticos han sido excluidos en la primera etapa de la «concertación». Y es que el peronismo se encuentra completamente dividido. Morales Solá dice en La Nación (25/11) que «el peronismo está ya en la ratonera: o ayuda a la administración a salir del pantano en que chapotea o comete un crimen político». Pero si éstas son las alternativas, el «crimen» es más o menos inevitable. De la Sota y Romero, entre otros, quieren establecer una ley de lemas para apurar un adelantamiento de las elecciones sin tener que pasar antes por las internas partidarias. El planteo demuestra la velocidad del debilitamiento del peronismo desde las elecciones de octubre, y en especial de Duhalde, que incluso pretende formar un bloque propio con Mabel Muller (!!).


Al encabezar la oposición al intento de aumentar el impuesto a las ganancias, el peronismo aparece como mejor defensor de los intereses patronales que el propio gobierno, demostrando con ello que el mejor modo de «ayudar a administrar» (para los capitalistas) es ejecutando el «crimen político». Ante los argumentos del peronismo, el centroizquierda se ha batido en retirada: D´Alessandro, del Frepaso, ahora aliado del Ari y la CTA, ha renunciado a seguir con la propuesta de aumentar el impuesto a las ganancias (La Nación, 27/11). Los «progres» han fracasado por completo en su esmero como auxiliares del imperialismo.


Del cero político a la Asamblea Constituyente


El gobierno aliancista es un gran cero político, que simplemente subsiste gracias a la división de los capitalistas sobre el «default» y la devaluación, y a la división del peronismo. Incluso cree que esto le permitiría alargar, por medio de un decreto, el Presupuesto del 2001 al 2002. Pero una acentuación de la lucha popular y de la bancarrota financiera acabará con esta fantasía. La crisis de poder entraría entonces en una nueva etapa de «ingobernabilidad».


En estas condiciones, la burguesía podría aprovechar un período de inestabilidad para ejecutar todas las «tareas sucias» (devaluación, quiebra, privatización de la salud) y «limpiar» el terreno para un futuro gobierno «estable». La crisis política ya ha sido abundantemente usada por la burguesía para descargar la crisis sobre las masas, aunque hasta ahora no le haya servido para resolver sus problemas de fondo. Pero puede convertirse de aquí en más en un instrumento conciente de acción contra el pueblo. Para el pueblo, el desafío consiste en utilizar la crisis política para organizar un gran frente de lucha que acabe con los gobiernos capitalistas títeres y establezca el gobierno de una Asamblea Popular Constituyente.

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