25/11/2021
Editorial

La grieta es clara: luchar contra el FMI o someterse a él

El 11 de diciembre a las calles y plazas de todo el país contra el acuerdo.
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La situación del país está dominada por la marcha del acuerdo con el FMI. No se trata de un hecho nuevo. Toda la política del gobierno estuvo centrada en la relación con el Fondo desde que asumió, al punto que el ajuste que viene ejecutando para cumplir con las exigencias del organismo lo llevó a perder las elecciones (según la lectura incluso de CFK y gran parte de la coalición gobernante).

¿Qué es entonces lo que ha cambiado? Que se acabó el tiempo de la “sarasa” y el FMI quiere sus exigencias plasmadas en el acuerdo para afrontar la renegociación del pago de los 45.000 millones de dólares de deuda que contrajo Macri con el organismo. Atrás quedó la pretensión del gobierno de un refinanciamiento a 20 años, o de la eliminación de las “sobretasas”. Guzmán busca que le acepten morigerar el ritmo de reducción del déficit fiscal, de no proceder a una devaluación y desarmar gradualmente el régimen de subsidios de las tarifas para no afectar una recomposición de la actividad productiva.

El gobierno ha largado el llamado plan plurianual con el objetivo de mostrar un rumbo, sumar a las cámaras patronales y comprometer en el mismo, vía el congreso, a la oposición. Allí se contempla parte de las exigencias del FMI y las patronales sobre todo las referidas a avanzar en la reforma laboral, la transformación de los planes sociales en empleo precario, la reducción de los aportes de las patronales, etc. A esto se suman cinco leyes que AF ha considerado clave y que en resumen son un rosario de beneficios impositivos a favor de empresas que dominan sectores clave como agroindustria, hidrocarburos, automotrices, etc.

El “plan plurianual” tiene una primera y vital definición: indica que el gobierno está dispuesto a atar el desenvolvimiento del país al FMI por muchos (pluri) años. Es una carta de intención de… sometimiento. De todas maneras el “plan” y las leyes no terminan de dejar conforme a nadie y menos al FMI.

Devaluación y ajuste

Según los trascendidos (las reuniones son secretas, de espaldas a la población que tendrá que afrontar las consecuencias de cómo estas terminen), el “staff” del Fondo “pidió apurar el sendero de reducción del déficit primario (pautado en 3,3% del PBI para el año que viene) y… reducir la brecha cambiaria entre el dólar oficial y los alternativos” (Tiempo Argentino, 20/11). En criollo: ajuste y devaluación.

La “pérdida de paciencia” del FMI se ha materializado en una apretada a fondo: caída de las cotizaciones de las empresas argentinas en Wall Street (hasta el 25% en algunos casos) disparada del dólar financiero ($218 para el contado con liqui) y salto del riesgo país a más de 1.800 puntos.

Ningún sector capitalista está dispuesto a romper con el Fondo, la necesidad de acudir al mercado de capitales a endeudarse predomina. Pero, ¿a qué costo?, ¿con qué resultado? Nadie quiere romper pero todos dudan del acuerdo. Esto parece estar presente en las declaraciones del presidente del Banco Central, Miguel Ángel Pesce, quien luego de reclamar que préstamos como el dado a Macri debieran ser hechos con un grado de previsibilidad de las condiciones que quien los recibe “pidió que se exploren mecanismos bilaterales de asistencia a través de los bancos centrales y de mecanismos de swap de monedas… que podrían aportar países como Rusia o China” (La Nación, 24/11). El Banco Central no tiene los recursos para seguir conteniendo una devaluación producida por “los mercados”. Las reservas líquidas del Banco Central, según algunos trascendidos, serían negativas (o sea se estarían usando dólares de los depósitos bancarios). Pesce es consciente que están jugando con fuego.

El capo de Electroingeniería declaró públicamente que “Argentina no debe apresurarse por acordar con el FMI», Ferreyra sostiene que hay que buscar financiamiento en Rusia o China, con quien tiene una sociedad para la construcción del Complejo Hidroeléctrico Néstor Kirchner-Jorge Cepernic en la provincia de Santa Cruz.

La pretensión de involucrar a China o Rusia parece ser una advertencia más que un camino viable, momentáneamente. China está presionando para que se llegue a un acuerdo con el FMI: “le insistió a Buenos Aires que cierre un tratado de Facilidades Extendidas, y que este respete las líneas generales que están ya negociadas con el organismo financiero que maneja Kristalina Georgieva” (Ámbito, 26/8). Y la situación económica de Rusia no da para asistir a la Argentina.

La crisis se agrava

La “resistencia” del oficialismo a aceptar de una las imposiciones del Fondo responde a la evidencia de que las consecuencias de hacerlo pueden dislocar aún más la situación económica, sobre todo si se avanza en una devaluación como reclama el FMI. Esto produciría una licuación del “costo laboral” por el derrumbe del salario, pero agravaría el costo de la importación de insumos y bienes de capital de lo cual depende la industria local. El otro aspecto clave es que elevaría sobre todo el costo de la energía, mucha de la cual se importa, por el alza mundial de los precios del sector y porque hay que pagarla en dólares. La débil reactivación que el gobierno festeja con bombos y platillos quedaría muy lejos de afirmarse. En el horizonte hay una versión siglo XXI del Rodrigazo, con su enorme costo para las condiciones de vida de millones de trabajadores.

Estas consideraciones explican la crisis que desborda a la coalición gobernante. La derrota electoral avivó los enfrentamientos entre el kirchnerismo y el bloque de gobernadores, intendentes y la burocracia sindical que sostiene a Alberto. CFK por su parte salió de escena, pareciera que busca tomar distancia de un fracaso de las negociaciones.

Son muchas las razones para que la crisis se agrave. Primero no es seguro que el gobierno llegue a un acuerdo, pero de hacerlo en los términos que exige el Fondo ¿cuál sería el beneficio? No está claro que abra un período de ascenso de la economía, está destinado a impedir caer en default con una deuda que a todas luces es impagable. Todo lo cual no parece resolver la huelga de inversiones que afecta a la Argentina: la creciente producción de Vaca Muerta se encuentra frenada por la falta de inversiones en oleoductos, por ejemplo.

El ajuste terminaría agravando más la situación del gobierno que pagaría el costo de haber hecho el trabajo sucio y entregaría en bandeja el próximo gobierno a la oposición, que fracasó en su intento de resolver la crisis dejada por Cristina y agravó la situación. El PJ pagaría los costos sin ningún beneficio.

El rechazo popular al ajuste es evidente, se expresó electoralmente, pero sobre todo es la base de la masividad y protagonismo en la calle de los grupos piqueteros independientes (y entre ellos la Unidad Piquetera y el Polo Obrero) que se organizan y crecen, donde antes solo pisaba el aparato de punteros del PJ, al calor de los reclamos populares contra el gobierno.

Eso es lo que ha llevado a Juan Grabois a apoyar el acuerdo (y votar a favor de él con sus dos diputados en el Congreso) a cambio de que se establezca en el mismo “un salario básico universal para los 9 millones de argentinos que no tienen ingresos regulares para sostener una vida” (La Nación, 24-11). O sea propone un IFE (no dijo hasta cuándo ni de qué monto) para 9 millones de pobres. ¿Trabajo genuino? No, eso implicaría romper con el Fondo. Hermoso futuro nos proponen los “progres”: pobres in eternum, un ingreso de miseria, condicionado al ajuste. El emisario del Papa lejos de llevarnos al cielo nos tira al infierno.

El camino hacia el Fondo está tapizado de dudas, crisis y enfrentamientos. Esto es palpable para el propio imperialismo. ¿Hasta dónde apretar la soga? No hay que descartar que el FMI se avenga a postergar un acuerdo sin imponer un default dejando que el gobierno siga haciendo el ajuste a su medida, lo cual tampoco resolvería el estancamiento económico, también se abre la posibilidad de que el ajuste lo haga de prepo el mercado. En el imperialismo están presentes las rebeliones populares contra el ajuste en el continente, que presagian el futuro argentino (ya tuvo su antecedente el 14-18 de diciembre de 2017) y además con un gobierno que fue derrotado en las urnas y está partido en varios pedazos, una oposición de derecha que está paralizada por su propia crisis y con los libertarios que aparecen con un factor de mayor crisis para Juntos por el Cambio.

A ganar las calles contra el acuerdo

Toda la crisis en torno a las negociaciones con el Fondo abren la oportunidad para que los trabajadores irrumpan con sus propias reivindicaciones, planteos y objetivos. La votación obtenida por el FIT-U, su crecimiento en las barriadas obreras, su reconocimiento como una fuerza de defensa de los intereses populares son puntos fuertes donde afirmarse para impulsar una intervención independiente de la clase obrera en la crisis.

Lo primero es llamar a ganar la calle, como lo ha hecho la unidad piquetera el pasado martes. La convocatoria del FIT-U a organizar la marcha del 11 contra el FMI, el plan plurianual del gobierno y el ajuste es un paso en ese sentido. Es necesario establecer una campaña por la ruptura con el Fondo y el rechazo al acuerdo, para eso el congreso que proponemos del FIT-U abierto a todos los sectores en lucha es necesario y daría cuerpo al mandato del millón trescientos mil votos obtenidos.

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