18/10/2007 | 1014

“La Nación» y la democratización del Pellegrini

Señor Director:


La línea editorial de vuestro diario es harto conocida, de modo que no debería sorprender a nadie el ataque que descarga contra el movimiento por la democratización del Colegio Pellegrini y en particular contra el Centro de Estudiantes. Pero no estamos ante un caso de rigor o coherencia sino, como también es habitual, ante un esquematismo preconcebido. Amolda la realidad a la exigencia, suprema, del prejuicio. La autoridad es la verdad, el desafío es el error.


Cuando usted atribuye a la lucha del movimiento estudiantil el “severo proceso de deterioro institucional de la Escuela” no solamente está ignorando la realidad la está violentando groseramente. Cualquier observador medianamente atento sabe que ese llamado ‘deterioro’ es la consecuencia del paso por el país de una sangrienta dictadura militar, seguida de una ‘normalización’ que consagró a una camarilla, el ‘shuberoffismo’, que simplemente hundió a la Universidad y saqueó sus cofres. Muchos colaboradores de la dictadura continuaron con su labor ‘pedagógica’ y ‘formativa’. El presupuesto público ha estado dedicado, en las últimas tres décadas, a atender el pago de la deuda pública y privada, no a la educación o a la juventud. Es lamentable que usted no tenga una palabra de reconocimiento para el movimiento estudiantil que, con su lucha, contribuyó, primero, a poner fin a la dictadura militar, y luego expulsó a Franja Morada de la Universidad y de sus escuelas. Como ha ocurrido en otras etapas de nuestra historia, el movimiento estudiantil se ha erguido en un factor de “reparación moral”.


Su editorial restringe la caracterización de la crisis del Colegio al campo institucional. Con esto evita referirse al hundimiento del sistema educativo argentino y a su continuo desguace en beneficio de los principales grupos económicos. Hace mucho que los voceros de éstos insisten en que las instituciones educativas deben convertirse en un departamento anexo de los capitales privados; les sirven para reducir costos y para capitalizar las inversiones públicas. La consigna de “educar al soberano” ha sido reemplazada por otra: adiestrar una fuerza de trabajo flexibilizada. La mercancía universal ha sustituido al proyecto (ideal) de universalización humana.


¿Por qué alude “a la presión de núcleos estudiantiles minoritarios”, cuando todo el mundo sabe que se trata de un movimiento que cuenta con el apoyo del 80% de los alumnos y una mayoría de docentes, no docentes y padres? En un reciente programa televisivo, uno de sus columnistas, Mariano Grondona, se asombraba del apoyo que los padres brindaban a la lucha de sus hijos. Grondona llegó a insinuar que el nuevo respeto por la opinión y la acción de los adolescentes podría estar abriendo paso, peligrosamente para él, a una revolución de las relaciones familiares. Interesante. Es claro que en la jerga de La Nación la palabra ‘minoritario’ tiene una acepción descalificadora: no le importa los contenidos o méritos de los movimientos de minorías. (Tampoco le importa las ‘mayorías’, si éstas contrarían los intereses dominantes del momento.) Ignora que los grandes movimientos históricos comenzaron, invariablemente, como iniciativas minoritarias. Incluso los que inauguraron nuestra historia nacional independiente.


Su largo editorial atribuye a los estudiantes las intenciones más distorsionadas, incluso cita aprobatoriamente al rector Viegas diciendo que “es difícil adivinar el plan de los alumnos”. Pero el ‘plan’ de los alumnos es público, no se han apartado de él en ningún momento, incluso lo plasmaron en “un acta de compromiso con las autoridades”. Su editorial reconoce la existencia de este acuerdo aunque lo califica como “forzado”. Pero la única evidencia de ‘coacción’ que usted insinúa es realmente original: que, con posterioridad, “las autoridades no (cumplieron) con lo acordado”. Pero si las autoridades violentan su propia palabra (dos veces —al firmar el acta y al desconocerla), ¿pueden seguir ejerciendo sus funciones, en particular en el campo de la educación? ¿No es moralmente condenable la violación del compromiso con la palabra empeñada? ¿Reivindicando a esta clase de ‘autoridades’, puede usted aspirar a que el Pellegrini sea una escuela de ciudadanos?


Los estudiantes, los docentes y los no docentes reclaman participar de la gestión del Colegio; este es su reclamo. Acertadamente, señalan que el rector Viegas fue designado para imponer un proyecto de plan de estudios mercantil en la Escuela. No cabe duda que son perspicaces: han observado que la capa superior que maneja la Facultad de Ciencias Económicas, que ‘impulsa’ a Viegas, responde a las consultoras y estudios ligados a las grandes corporaciones. Las mismas entidades que están en la picota pública por los fraudes contables en Enron (Arthur Andersen), en el famoso BCCI (Price Waterhouse) y ahora en los fraudes de los préstamos ‘subprime’ (Moody’s, Standard & Poors, Ficht); o, fronteras adentro, en los casos de IBM-Banco Nación o Skanska. ¿Le parece correcto que manejen el Pellegrini los grupos que deben dedicar parte de su tiempo a gastar la suela por los pasillos de los tribunales de Estados Unidos?


Señor director, su editorial cree encontrar la llave de la bóveda de la crisis en un señalamiento efectuado por Julián Asiner, que usted cree muy oportuno destacar como “militante del Partido Obrero”. Nuestro compañero Asiner califica como “un triunfo ideológico” el logro del “acta de compromiso” que establece una gestión colegiada del Colegio. El “desorden” sería entonces la consecuencia de apetencias ideológicas, que el editorial califica incluso de “insaciables”. El movimiento del Pellegrini sería un caso de vampirismo intelectual.


¿Pero acaso desconoce usted que la educación es un quehacer eminentemene intelectual y por lo tanto vinculado a las ideologías que representan la época histórica que nos toca vivir o que procuran explicarla o transformarla? Un proceso intelectual sin ideologías es una contradicción en términos. Usted reclama “un diálogo racional”, pero sin ideologías sería una controversia cacofónica. La razón es contradictoria. Lo que hoy es racional deja de serlo mañana; lo universal es una serie de contradicciones. Usted presenta a la razón en abstracto, como una aplanadora de diferencias. Esto es totalitarismo.


El método demonizador del editorial lo lleva a presentar al Pellegrini como una suerte de Palacio de Invierno del movimiento estudiantil; “el proyecto estudiantil”, dice usted, es ‘la revolución institucional permanente’, “tal como sucede, también, en el marco de la UBA”.


Los estudiantes del Pellegrini no serían, entonces, reos del paco ni de los delitos inimputables. Están cebados por otro tipo de estupefaciente o por otra clase de reato. Su ‘motto’ es “Todo cambia”, a la Heráclito o a la Mercedes Sosa. Ahora bien: ¿el cambio puede no ser ‘permanente’? ¿Se cambia en cuotas? ¿Se cambia por prescripción? El cambio es la expresión de la necesidad, no una criatura de laboratorio, pero la necesidad es lo universal.


Su editorial, señor Director, demuestra la profunda seriedad del movimiento estudiantil y educativo de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini y del que ha liderado a la Federación Universitaria de Buenos Aires. Hay que saludarlo y animarlo. Estamos ante una nueva generación dispuesta a cambiar la historia.

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