08/04/1999 | 621

La portación de apellido y la política del disimulo

Es con estos recursos, o sea figuras del espectáculo o apellidos eminentes, que Izquierda Unida pretende ofrecer una salida política a la dispersión de la izquierda, aunque lo que busca en realidad es salir de su declinante orfandad militante y electoral.


Recordemos a los desmemoriados y a los más jóvenes que, en 1991, la izquierda democratizante ofreció a Solanas la candidatura del Frente del Sur, lo que le permitió al director hacer una carrera política a costa de otros y servir, él mismo, como trampolín para la carrera de otros como él, o sea Chacho Alvarez y Fernández Meijide. El Frente del Sur echó a su padre fundador, el partido comunista, para convertirse en Frente Grande; el cual echó a su vez a su hijo fundador, Solanas, para convertirse en el Frepaso; el cual ya no echó a nadie más, pero se convirtió en el trampolín del menemista Bordón, en 1995, y del fondomonetarista De la Rúa para 1999. Los izquierdistas que se quisieron salvar con el apellido de Solanas, terminaron como víctimas de su propia política electoralista, o sea de la que pretende sustituir la estrategia revolucionaria por el impacto mediático.


Con todo el respeto que seguramente merece Patricia Walsh, su apellido está sirviendo para una repetición considerablemente devaluada de aquella vieja política. Dígase de paso que la metodología de esta política es de cuño imperialista y hollywoodense, pues fue en Estados Unidos que la unión del espectáculo y la política fue aplicada por primera vez para despolitizar la política y manipular a los electores. De izquierda o de derecha, el método es el mismo.


La portación de apellido fue abusivamente utilizada en Argentina por los Perón y los Alsogaray; pero es vieja como el mundo, pues no en vano hubo dos y tres Bonapartes. ¿Pero puede servir para superar la dispersión de la izquierda? Este es el asunto. Responder que sí equivaldría a dar categoría de salida política al disimulo. Para superar la dispersión es necesaria una discusión de programa y de estrategia, y la disposición para unirse en la acción contra el capitalismo. Pero se desconoce que IU haya puesto algún programa en debate o que hubiera discutido el programa que levanta sistemáticamente el Partido Obrero.


La manipulación de apellidos esconde otros intereses bastardos fuera del ocultamiento o disimulo del programa. Esconde también el afán de carrerismo político de sus promotores, que mientras tanto se reparten candidaturas más cercanas al cargo efectivo, como las de un diputado o concejal. Una reciente información provista por el comité central del partido comunista ventila que sus máximos dirigentes se empeñarán en postularse como candidatos, por debajo de la candidatura simbólica asignada a Patricia.


Los frentes políticos deben ser encabezados por dirigentes políticos responsables ante su organización política, o por dirigentes de otras organizaciones que asuman una posición política bajo la responsabilidad de su organización. En la lucha por el poder no puede ser alternativa el francotirador o el dotado de virtudes particulares y, menos todavía, cuando se pretende la explotación mediática de un nombre o de un apellido. Patricia Walsh no será responsable de todo esto, pero, en lo que respecta a Izquierda Unida, el recurso a su portación de apellido traduce un alto grado de oportunismo, manipuleo y definitiva pérdida de convicciones políticas.

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Escribe Néstor Pitrola