23/11/2000 | 689

Más agujeros que un queso gruyere

Toda la política del gobierno en las últimas dos semanas ha girado en torno a la necesidad de conseguir un «blindaje» financiero del FMI. Para ello no vaciló en violar el orden jurídico con un decreto que anula la PBU, reduciendo las jubilaciones entre el 15 y el 35 por ciento, ni en provocar con ello un conato de ruptura en el bloque de diputados de la Alianza, que podría desatar una crisis política mayúscula. Tampoco dudó en producir una crisis política con los gobernadores para que firmaran un pacto fiscal. En resumen, el objetivo de obtener el famoso «blindaje» ha justificado atropellos de todo orden hasta el límite del estallido político. Lo que demuestra que no es cierto que la crisis política ha provocado el derrumbe de la deuda pública, sino que son este derrumbe y las exigencias del FMI los que han provocado la crisis política.


Pero una entrevista de La Nación (19/11) al vicepresidente del FMI, Stanley Fischer, demuestra que el «blindaje» no blinda nada, o mejor, que es un «blindaje» para los especuladores internacionales que quieran retirar capitales anticipandose a una devaluación.


Fischer dice sin ambigüedades que «el país no debe tener expectativas de utilizar los desembolsos», por lo que no se entiende qué clase de «blindaje» está ofreciendo. La Nación, con una lógica que no es tal, titula el reportaje «Un crédito para quienes no lo necesitan», sin preguntarse por qué los países que no lo necesitan tampoco se molestan en pedirlo. Para Fischer, el crédito del FMI tiene otra función, la de servir para que la Argentina consiga otros «blindajes», que provengan de los acreedores internacionales, mediante diversos tipos de acuerdos que se activarían en caso de una crisis financiera generalizada. En última instancia, el FMI está planteando una suerte de renegociación de la deuda externa, la cual vendría recargada con nuevas exigencias fuertes de los acreedores –como podría ser la privatización del Banco Nación.


Es decir que Fischer le quiere cargar el muerto a los acreedores, que deberían aceptar una reprogramación del pago de la deuda externa. El planteamiento de Fischer desnuda entonces un choque entre la banca internacional y el Fondo, que se convierte en un fuerte elemento adicional de la crisis argentina. La experiencia en la aplicación de la política de «blindaje» a otros países, que La Nación recuerda, fue un fracaso. La Facilidad Suplementaria de Reservas, como se denomina al «blindaje», fue aplicada en Corea del Sur, en 1997, y en Rusia y Brasil, en 1998, con antelación al derrumbe que se pretendió evitar. Ya en Ecuador, a principios de este año, el FMI fracasó, precisamente, en persuadir a los acreedores a refinanciar la deuda externa ecuatoriana, lo que provocó la liquidación de numerosos bancos y de la moneda nacional. En resumen, la Alianza ha desatado una colosal crisis política en procura de una quimera.


Los choques que se avecinan con relación a este «blindaje» lo ilustra la propuesta efectuada varias veces por Juan Alemann desde La Razón, de que el gobierno sólo acepte pagar intereses hasta el 10% anual por la colocación de bonos, y que recurra al uso del crédito del FMI en el caso de que los acreedores no acepten esa tasa. A lo que lleva el planteo de Alemann es a que a la deuda y a los acreedores se les page en efectivo con la plata del FMI. Esto es lo mismo que financiar una fuga de capitales mediante el incremento de la deuda argentina con el Fondo y con la plata de éste.


La imagen idílica de un capitalismo que quiere que el Estado reduzca sus gastos para incentivar la inversión y el empleo, no tiene ningún fundamento en la realidad. Asistimos a una lucha de buitres para explotar la crisis en beneficio propio o para emerger ilesos de ella a costa de los demás, sin ningún reparo en producir con ello una fuerte disolución de las relaciones sociales y un brutal emprobrecimiento de las masas.

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fmi

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