28/10/1993 | 405

Menem sigue procreando

Hay que rendirse a la evidencia: Menem tiene una “gran muñeca”. Si no alcanzaran para probarlo las divisiones que su convocatoria al plebiscito ha causado en el radicalismo, véanse los estragos que ha provocado también en la llamada izquierda trotskista, que se ha desnudado, frente a estos acontecimientos, como una izquierda constitucionalista. Quienes, naturalmente, se han sacado la máscara revolucionaria en forma más consecuente (u obsecuente) son los grupos que en la última campaña electoral hicieron abundante gala de lo que Trotsky denominó el “cretinismo anti-parlamentario”— en referencia a los que convertían al parlamento en un fetiche al revés; donde los reformistas veían la vía perfecta para la realización del socialismo, los anti-parlamentarios veían una cáscara sin contenido histórico, al cual se podía ignorar, o del cual se podía prescindir, aunque las masas no lo hubieran superado a través de una acción histórica propia.


En el número anterior de Prensa Obrera mostramos cómo la consigna de Asamblea Constituyente soberana había convertido al Pts en un faldero de la reelección; ahora es el turno del Mas, el cual se delata desde el título del artículo que dedica al plebiscito (SS, 20/10), donde se lee: “Asamblea Constituyente para reorganizar al país de abajo a arriba” —sin reparar que cuando un país se “reorganiza” a partir de una institución política cualquiera, lo hace al revés, de “arriba a abajo”. Pero como ningún país se puede “reorganizar” por vía institucional, sino que lo hace como consecuencia de la lucha entre las clases y de la victoria de una clase sobre la otra (en Argentina, como consecuencia de cincuenta años de guerras civiles —1810/1860), el planteo del Mas se reduce a lo que el propio Mas reconoce numerosas veces en el artículo: a reformar la Constitución, es decir, a reemplazar un papel por otro, y a fingir que este reemplazo sería sinónimo de revolución social. Tenemos, pues, a un partido acabadamente constitucionalista, es decir, que ha convertido a la reforma constitucional y a la Constitución en una panacea, es decir, en un fetiche.


 


Historia y política


La primera manifestación de este fetichismo constitucionalista consiste en el hecho mismo de plantear una Asamblea Constituyente y la reforma de la Constitución con independencia de las circunstancias históricas y políticas. En lo que hace a las circunstancias históricas, hay que recordar que la función revolucionaria de las Asambleas Constituyentes fue reemplazar a las monarquías absolutas y poner en pie al Estado burgués democrático, aunque también hay que tener presente que en América Latina estas Asambleas tuvieron funciones profundamente reaccionarias, como ocurriera en Paraguay luego de la masacre de la guerra de la Triple Alianza (1870), o como fue el caso de nuestra “Asamblea del año XIII”, que sancionó la secesión del artiguismo democrático y de la Banda Oriental. En Argentina existe un Estado nacional “democrático”, es decir constitucional, de modo que una reforma constitucional o una Asamblea constituyente tendría por función reforzar el carácter constitucional del Estado actual, es decir, darle rango constitucional a los atropellos cotidianos que realiza el Estado, incluso violando la Constitución vigente.


El Mas, el Pts y el morenismo en general se refieren con cierta frecuencia a la Constitución burguesa actual como “reaccionaria” (durante muchísimo tiempo plantearon lo contrario: el restablecimiento de la Constitución de 1853, a la cual calificaban de “democrática”, cuando ésta fue sustituida por los Estatutos de las Juntas Militares), pero en lugar de concluir de esto que hay que derrocar a la burguesía para poner en pie un régimen y una Constitución verdaderamente democráticos, concluyen que alcanza con una reforma democrática en la Constitución para superar el dominio de clase de la burguesía.


El Mas comete, en cierto modo, un error que ya Marx les había achacado a los obreros franceses durante la revolución de 1848; a saber, pretender infundir un contenido socialista al Estado democrático (burgués), en lugar de plantear el derrocamiento del orden burgués como un prerrequisito para la introducción del socialismo. Marx advirtió en aquel entonces que el proletariado francés pagaría con “una serie de derrotas” sus ilusiones constitucionales y democráticas. La Asamblea Constituyente francesa de 1848 se convirtió, en el espacio de solamente cuatro meses (de febrero a julio), de abanderada de la democracia en el verdugo de la clase obrera, precisamente cuando la lucha de clases en ese corto período mostró el antagonismo irreconciliable que oponía a obreros y capitalistas. Con esto quedó demostrado que la bandera constitucional estaba históricamente superada; que ya no podía cubrir con su manto a los obreros y a la burguesía.


(A partir de este momento histórico, la Asamblea Constituyente pasa a ser una consigna aleatoria, circunstancial y, por sobre todo, episódica, en la lucha por la revolución proletaria).


Pero un error más grande del Mas es plantear la reforma de la Constitución y la Asamblea Constituyente cuando el menemismo (y en todo caso menemistas y radicales) tendría la mayoría o incluso el control de esa reforma y de esa Asamblea. Es una fracción importante de la burguesía y del capital internacional la que plantea la reforma, no los trabajadores. ¡Y con justa causa! La iniciativa la tiene la burguesía, no el proletariado —y, en el caso de que fuera al revés, difícilmente los obreros argentinos gastarían sus energías en buscar una reforma constitucional. Por este motivo, cualquier planteo de reforma o de convocatoria a una Asamblea es, en este momento, pro-menemista. Esto, incluso si esa Asamblea fuese soberana, porque ello no querría decir otra cosa que la mayoría menemista (o, en todo caso, menemista-radical) sería soberana.


 


Peor que los radicales


Es verdad. “El Mas rechaza la reelección y … el plebiscito tramposo”, dice SS. “Y tampoco tiene nada en común, agrega, con la posición de los radicales, que quisieron hacer la reforma y la reelección cuando gobernaban y que ahora se oponen. La UCR, el Frente y otras fuerzas se oponen a la reforma, defendiendo así la vigencia de la Constitución actual”, concluye el Mas.


Aunque pueda sorprender, es así nomás: el Mas les reprocha a la UCR y al Frente Grande, no la tendencia de éstos a llegar a un compromiso con el gobierno, ni tampoco la política de desmovilización y confusión de éstos frente a la reforma y el plebiscito (lo que favorece una victoria gubernamental); no les reprocha esto, no les reprocha la capitulación ante el menemismo, sino que les reprocha oponerse a la reforma —un reproche falso, porque esa oposición de la UCR y del FG no es consecuente y ni siquiera es tal. El Mas le habla a los radicales como lo hace el menemismo: “ustedes son tramposos, querían la reforma cuando eran gobierno y ahora no; Angeloz se hizo reelegir en Córdoba, pero nos priva de ese derecho a nosotros; bla, bla, bla”. En lugar de denunciar la inconsecuencia de la “oposición” radical, critica el hecho mismo de esa oposición. Es imposible encontrar, entonces, una posición más pro-menemista que la del Mas.


(La crítica del Mas al radicalismo en este punto, es harto instructiva. El Mas les reprocha a los radicales, y en particular al alfonsinismo, la “incoherencia”  constitucional de éstos, que hasta 1989 eran partidarios de la reforma de la Constitución y luego dejaron de serlo. Pero la “incoherencia” constitucional del alfonsinismo es políticamente coherente, en tanto que la “coherencia” constitucional del Mas es políticamente incoherente. Los alfonsinistas defendieron la reforma cuando convenía a sus intereses de clase, y la rechazan ahora cuando los perjudica —la burguesía industrial y agropecuaria “ahogada” por el tipo de cambio fijo—. El Mas en cambio sigue defendiendo su consigna sin que le importe que esto perjudique los intereses de la clase obrera).


El fetichismo constitucional del Mas llega a tal extremo que ha dividido al país en dos campos, a partir precisamente de ese eje. Con este razonamiento, cualquier opositor a la reforma de la Constitución, que en la actual situación sólo beneficia a Menem, se convierte en partidario de la Constitución “reaccionaria” de 1853. Pero semejante manipulación sólo convierte en reaccionario al Mas, por reclamar una reforma y una Constituyente que sólo pueden servir al menemismo. El fetichista constitucional se ha convertido en víctima de su fetiche. Al Mas simplemente no se le ha o-cu-rri-do que una oposición al plebiscito y a la reforma reaccionarios, sobre la base de un programa de reivindicaciones y de un plan de lucha, pueda ser una oposición consecuentemente revolucionaria. No. ¿Por qué? Porque (de acuerdo al razonamiento constitucionalista del Mas) incluso una oposición basada en una política de lucha de clases dejaría vigente, al menos por un cierto tiempo … a la Constitución de 1853. Este es el resultado completamente natural del fetichismo constitucional: una completa enajenación política.


(El “argumento”  de que la oposición a la reforma constitucional convierte al partidario de esa oposición en un defensor de la constitución vigente, fue abundantemente utilizado por Cafiero y por Alfonsín para desacreditar la campaña por el No a la reforma bonaerense de 1990. ¿El Mas está renegando de su campaña por el No en aquella oportunidad?).


 


Un “cambio” que no cambia


Claro que la reforma de la Constitución y la vigencia de la Constitución “reaccionaria” son la misma cosa. La reforma, al alterar una parte, deja en pie la estructura constitucional vigente. Después de haber dividido al país entre reformistas y no reformistas, resulta que todos son lo mismo. ¿Cómo resuelve este problema el fetichista constitucional? “El Mas, leemos, sostiene la necesidad de un cambio total, que incluye a la propia Constitución reaccionaria”.


Interesante salida, por cierto. El Mas no propone hacer tabla rasa con la Constitución actual, es decir desconocerla, o sea confeccionar otra Constitución a partir de cero. No es tan consecuente el Mas; prefiere cambiarla a desconocerla.¿Chicana de nuestra parte? ¡Para nada! Desconocer una Constitución es un acto revolucionario, que deja todo el poder de una nación en manos de quién lo hace. Cambiar la Constitución, incluso toda, es un acto meramente constitucional, que deja en pie a la Constitución vigente y a los poderes que emanan de ella, hasta que no quede “completamente” cambiada la Constitución. Desconocer una constitución obliga a la Asamblea que así lo hace, a gobernar, a tomar no sólo medidas constitucionales sino de todo tipo, prácticas, cotidianas, esto porque todas las leyes, decretos, resoluciones y fallos vigentes han perdido legitimidad constitucional. “Cambiarla toda” no obliga ni plantea nada. Solamente una vez que semejante “Constituyente” hubiera realizado su trabajo de “cambio total”, se podría empezar a poner en práctica sus disposiciones, y esto una vez que hubieran sido elegidos los nuevos órganos de gobierno establecidos en la Constitución “cambiada”. Una Asamblea para “cambiar todo” se encuentra sometida al poder de turno. ¡Esto es lo que el Mas entiende por Asamblea “libre” y “soberana”!


¡Pero semejante “cambio” constitucional dejaría, además, vigente en la práctica la estructura de clases prevaleciente en el país, esto porque nadie entregaría sus privilegios ante la sola presentación de un papel —habría que ir a arrancárselos!


¡También seguirían en pie las instituciones y, en especial, los aparatos armados y de represión! Se habría creado una contradicción flagrante entre la papeleta constitucional y la realidad. Pasado un cierto tiempo, la realidad absorbería a la papeleta constitucional, sea adaptándola mediante leyes reglamentarias, sea reformándola, con lo que volveríamos a tener la Constitución (burguesa)“vigente”. Para que tal cosa no ocurra, es decir, para que la nueva papeleta constitucional confeccionada por el Mas se imponga a la realidad, el Mas tiene un santo remedio: “esas medidas (¿sólo medidas? ¡Se trata del cambio total de la Constitución, de la estructura del Estado!) sólo se podrán lograr y mantener mediante una gran movilización de la clase obrera y el pueblo, que quiebre la oposición de los grandes capitales y el imperialismo”.


Como se ve, para el Mas el pueblo sale a la lucha para defender una reforma constitucional, y no al revés, que el establecimiento de una nueva Constitución (socialista) sólo puede ser el resultado de la lucha victoriosa de los explotados y de la conquista del poder político. Tenemos aquí al cretinismo constitucional convertido en caricatura. La lucha entre las clases y la lucha política que se deriva de ella, deben adquirir necesariamente, para el Mas, una catadura constitucional. Las consignas constitucionales se convierten en permanentes. La política se reduce a reclamar una Asamblea Constituyente Libre y Soberana. Difícilmente se podría imaginar una deformación política mayor, en especial viniendo de trotskistas.


 


En síntesis


A través de su posición sobre la reforma de la Constitución, el Mas ha desnudado que su democratismo no es episódico sino teórico, es decir, que corresponde a una concepción y a un programa. Este democratismo lo lleva a defender un planteo constitucional en el peor momento: cuando la burguesía, que ya gobierna en forma constitucional, tiene los medios políticos y, por sobre todo, una correlación de fuerzas favorable, para imponer una reforma a su antojo.  La posición del Mas es, entonces, una capitulación ante la presión excepcional que está ejerciendo la fracción del gran capital interesada en la reelección de Menem. El Mas no ha entendido ni el lugar histórico de las consignas constitucionales; ni la cuestión de su oportunidad política; y ni siquiera en qué consiste la consigna de Asamblea Constituyente desde un punto de vista, no constitucional, sino revolucionario.