07/10/2001 | 725

No es más que el comienzo

Desde su inicio, la campaña electoral quedó planteada en torno a tres ejes. Uno, la disgregación de la Alianza; dos, una declinación relativa del peronismo; tres, la emergencia de candidatos advenedizos, sin programa ni organización, que pretendían enancarse en una coyuntura electoral confusa, a lo cual se agregó más tarde el voto en blanco y el anulado. En esta categoría se clasificaban las candidaturas apoyadas por Carrió y la de Farinello. El voto hacia la izquierda se encontraba condicionado, por este motivo, al éxito que pudieran tener los advenedizos.


De Carrió y Farinello a Zamora y el voto nulo


Estos lineamientos iniciales se vieron confirmados en los resultados finales, aunque con salvedades de distintas características. Aunque los dos planteaban un programa de devaluación de la moneda, esto quedó oculto para la opinión pública, que simplemente pareció cansarse de las denuncias de la Carrió sobre las «mafias» y de las apelaciones de Farinello a la «caridad cristiana». El crecimiento de la tendencia a anular el voto reflejó el fracaso de «las terceras líneas» para capitalizar la descomposición de la Alianza y del propio gobierno, y la declinación del peronismo. La suposición de que el país iba a tener que pasar por una breve experiencia de chachismo devaluado, no fue corroborada en la práctica. Sin embargo, diez días antes del 14 de octubre, un advenedizo inesperado, Luis Zamora, hizo una irrupción fulminante en el distrito Capital y se llevó el 80% del crecimiento de los votos que se esperaban para la izquierda, en especial para IU. La «ventaja» de Zamora sobre Carrió y Farinello fue que no tuvo que «soportar» el desgaste de una lucha política electoral, como ocurrió con estos dos, nada menos. En los diez días de ascenso fulgurante de Zamora, la lista de candidatos porteños del ARI literalmente se licuó. Un significativo sector del electorado centroizquierdista cortó boleta entre Terragno y Zamora.


En qué consiste la confusión política


En términos de consistencia política, la candidatura de Zamora se encuentra, sin embargo, varios escalones por debajo de Carrió y Farinello, toda vez que éstos acreditan al menos una participación en la lucha política previa a las elecciones, y algún grado de incursión en las luchas populares. Zamora salió literalmente de la nada. A su falta de protagonismo a lo largo del proceso que llevó al hundimiento del menemismo, primero, y de la Alianza, luego, Zamora agregó una completa ausencia en cualquier clase de lucha popular. En su lista no se encuentra el nombre de ningún participante de las luchas recientes que fueron dando vuelta la situación política. Incluso su programa, virtualmente desconocido, gira en torno a una crítica liberal de derecha de los partidos políticos, pero en especial contra la izquierda, y en un planteo de «democracia directa» de características plebiscitarias, es decir caudillistas o bonapartistas (la «democracia directa», entendida como gobierno de las masas explotadas, supone antes la destrucción del Estado burgués y su sustitución por una dictadura proletaria).


El ascenso, la caída y la parcial resurrección de los advenedizos, refleja la enorme confusión con que la mayoría del país enfrenta la presente crisis política, que más que eso es una crisis de poder. Ni estos candidatos a sustituir al político aliancista o peronista, ni el voto en blanco o anulado, tienen en cuenta siquiera la crisis semirrevolucionaria que atraviesa el régimen capitalista en Argentina. No se referencia en torno a esta crisis; en esto consiste la confusión política. Este confusionismo debería ser superado como consecuencia de la profundización de la propia crisis. Su repudio o «castigo» al político tradicional por un supuesto «incumplimiento» de programa o hasta de «promesas», o por la generalizada corruptela, se encuentra totalmente alejado de las definiciones que exige la crisis política *como la cuestión de la deuda externa o la salida al manifiesto derrumbe del gobierno. Las inquietudes y perspectivas que quedaron planteadas en los últimos meses como consecuencia de las dos asambleas nacionales de piqueteros, también estuvieron ausentes de los planteos electorales, y en particular por parte de los candidatos advenedizos, así como de Izquierda Unida y otras tendencias menores. Serán necesarias luchas aún más gigantescas para que ellas ingresen sin pedir permiso al escenario político.


La tendencia a la izquierda


La importante votación de Izquierda Unida en las provincias de Buenos Aires y Córdoba se encuentra diferenciada aunque dentro de la tendencia que animó el voto advenedizo o en blanco. Si bien es cierto que IU es una tendencia relativamente implantada en el proceso político e incluso en las luchas (aunque esto dicho de un modo muy general, ya que es notoria su ausencia en los movimientos piqueteros), su voto refleja una tendencia difusa al voto «a la izquierda», y no un voto programático preciso. No es casual que, en la Capital, perdiera su potencial de voto en pocos días a manos de Zamora, ni que hiciera una pésima elección allí donde por razones de orden legal tuvo que presentarse con la sigla MST (diputados nacionales de Córdoba y en Neuquén).


IU también tiene en común con Zamora la reivindicación del movimientismo y del apartidismo, como se refleja en el carácter «independiente» y hasta «peronista» que le atribuyen a Patricia Walsh. El planteo de IU sobre la deuda externa no es de ningún modo riguroso ni revolucionario, sino que se caracteriza por el populismo; entronca con las suspensiones de pagos que realizaron, en su momento, los gobiernos burgueses del peruano Alan García y del brasileño Sarney (a los cuales IU llamó oportunamente a imitar); es decir que, concebido como medida aislada y limitada, no pretende ser el punto de partida de una reorganización socialista de la sociedad. Ya sobre el final de campaña, los candidatos de IU se lanzaron más audazmente a la campaña de inspiración derechista «contra los políticos», en un afán desesperado por captar el voto «qualunquista» que se disputaban los candidatos advenedizos y el voto en blanco. El Partido Humanista centró toda su campaña en este planteo potencialmente reaccionario.


Los resultados de nuestro partido estuvieron condicionados, de un modo general, por el confusionismo que caracteriza al presente momento político. Pasamos de 112.000 votos, en 1999 (150.000, en 1997), a una cifra mayor a los 250.000, y nos hemos transformado en la tercera fuerza electoral en la capital de Salta, por delante de la UCR, con una votación masiva. También se han destacado las votaciones en Neuquén y en Santa Cruz, así como en algunos distritos bonaerenses como Mercedes (10%) y Marcos Paz (6%). Pero en la provincia de Buenos Aires, de conjunto, estuvimos lejos de realizar las expectativas previas, aunque crecimos de 49.000 votos, en 1999 (70.000, en 1997), a 150.000 votos; y fuimos superados no solamente por IU sino hasta por el PH (también en el pasado, IU nos había superado en la provincia). La correlación entre el protagonismo político y la organización de luchas del Partido Obrero, de un lado, y los resultados electorales, del otro, ha sido la más baja entre los partidos de izquierda. Este hecho está más acentuado en la Capital, donde hemos retrocedido (en beneficio de Zamora). Fuimos confinados por el «voto bronca» y el izquierdista difuso, que dominó el escenario de los electores que rechazaron al gobierno o se alejaron del peronismo.


La crisis política de aquí en más


El peronismo ha retrocedido en casi todo el país, lo cual se puede ver mejor en sus listas de diputados, ya que para senadores juntó en apoyo de sus candidatos a las tendencias más contradictorias. En Buenos Aires, por ejemplo, Duhalde no tuvo el menor reparo en denunciar al «modelo» y aceptar el apoyo de la Ucedé. En Córdoba, De la Sota juntó los votos del cavallismo, al mismo tiempo que denunciaba a Cavallo por retacearle los impuestos por la coparticipación federal.


Pero el peronismo no fue derribado electoralmente y por eso ha quedado como el árbitro de la situación política y, más todavía, como la principal herramienta de la burguesía para superar la presente crisis de poder. La pulverización de la Alianza, el tamaño del voto a la izquierda tomado como una totalidad (25% del voto positivo), y la incierta evolución del voto en blanco (que puede ser «recuperado» por la burguesía o radicalizarse francamente), reflejan claramente la agudización de la crisis de poder. Pero la minimización política de Carrió y Farinello, y el carácter políticamente indefinido del voto nulo y hasta cierto punto del voto izquierdista difuso, han devuelto al peronismo un rol excepcional en la crisis, comparable al período de la hiperinflación y del comienzo del menemismo. El peronismo se enfrenta a la responsabilidad de reconstruir el poder político del Estado. En última instancia, el progreso de la crisis de poder lo amenaza a él mismo con la disolución y por supuesto que pondrá a prueba a IU y a Zamora, y a su bloque de tres a cinco diputados nacionales.


¿Zafará el peronismo?


La línea general del peronismo es sostener al gobierno hasta el 2003, para entonces proceder a un recambio. ¿Pero son estos los ritmos de la crisis? El derrumbe de la precaria situación financiera se encuentra a la vuelta de la esquina, con la imposibilidad del gobierno de cumplir con el «déficit cero». Una muestra de la debacle lo constituye la pretensión de querer imponer por ley un canje de deuda a las AFJP, o sea actuar en forma confiscatoria contra una parte de los grupos capitalistas. La crisis internacional, en particular la crisis financiera y cambiaria de Brasil, amenaza con precipitar los acontecimientos en cualquier momento. El gobierno ya está discutiendo un cambio de gabinete, pero este cambio sólo tendría peso si produjera la salida de Cavallo. Que la burguesía se encuentra dividida por la mitad, nada lo demuestra mejor que el enfrentamiento entre Pagani (Arcor), de un lado, y Rocca (Techint), del otro, en torno a la devaluación de la moneda y a suspender el tratado del Mercosur.


La insistencia con el «déficit cero» podría provocar también levantamientos populares, ya que la tolerancia con las reducciones de salarios y servicios y con la postergación de jubilaciones y aguinaldos ha tocado el límite.


Si el peronismo no puede «hacer la plancha» hasta el 2003, deberá ingresar al gobierno. ¿Pero será efectiva esta entrada si no puede manejar la totalidad de la situación? Un gobierno compartido podría desgastar al peronismo y desbarrancarlo bien antes de los próximos comicios. Es decir que puede plantearse la hipótesis de las elecciones adelantadas. Sin embargo, el peronismo tiene una enorme dificultad para ir a un adelantamiento electoral, que es su división en por los menos tres o cuatro referentes políticos, que son expresión de otros tantos intereses diversos de la burguesía. Un adelantamiento electoral, por otra parte, podría acabar abruptamente con el voto blanco o nulo, ya que el marco de una crisis directa de poder achicaría mucho el margen de la indefinición política. ¿Para qué lado se orientaría la mayoría abstencionista que fue, por otra parte, casi la mayoría el pasado domingo? Pero si el peronismo uniera a sus fracciones en un planteo que le permita arbitrar la crisis política, podría «recuperar» para sí la mayor parte del votoblanquismo en una elección plebiscitaria. La posibilidad de que esto ocurra muestra las enormes limitaciones del voto en blanco como una protesta contra el régimen político de turno, o como una base firme para impulsar movilizaciones populares de contenido anticapitalista.


La situación que deja el escenario electoral también es definitoria para la izquierda, porque no podrá seguir pretendiendo «acumular fuerzas» con planteos sin contenido. No se podrá limitar a rezongar sobre los «sueldos de los políticos», ni defender el movimientismo y el amorfismo contra el «centralismo democrático» y contra «el partido»; deberá definirse frente a la crisis de poder que se niega a reconocer.


Es decir, que «esto recién empieza».


En el cuadro postelectoral, el Partido Obrero profundizará aún más el planteo que el electorado decidió no apoyar: que se vayan De la Rúa y los gobernadores, y que las actuales instituciones del Estado sean reemplazadas por una Asamblea Constituyente soberana, es decir gobernante.

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