11/06/2003 | 824

No existirían sin la «narcodemocracia»

El régimen político actual no tiene ninguna posibilidad de acabar con el estado de inseguridad, que él mismo atribuye a la policía.


Los titulares de este régimen político son los tutores de la policía delincuente y los principales beneficiarios, políticos y económicos, de los delitos.


Los Duhalde, los Fellner, los Romero, los Insfrán, los Rozas, e incluso los Kirchner, no estarían ocupando los lugares que ocupan si no fuera por el entrelazamiento de la política capitalista y sus punteros con la policía y con los jueces responsables de la corrupción y los ilícitos, es decir, sin la simbiosis entre los punteros y el delito.


Esta conclusión se desprende en forma elemental de los dichos de Béliz, cuando caracteriza al régimen actual como una «narcodemocracia».


O sea, como una democracia de narcotraficantes o financiada por el tráfico de drogas.


Lo mismo se deduce de la afirmación de Kirchner, que asegura encontrar pus en cualquier lugar que aprieta.


Pero la narcodemocracia, o cualquier otra variante de lo mismo, es la conclusión natural de todo régimen democrático basado en el capitalismo.


Porque sólo la formación de aparatos que escapan al control del pueblo, y que necesitan naturalmente de una financiación extraordinaria permanente, puede darle al político burgués la estabilidad de la que gozan jueces, policías, clero, militares y el conjunto de la burocracia del Estado.


Con esa «estabilidad» del aparato, el político capitalista desafía las contingencias de las renovaciones electorales periódicas que tipifican a la democracia.


La pretensión de establecer una «transparencia» en la gestión de gobierno y en la selección de los representantes del pueblo, en el Estado capitalista, es simplemente un fraude.


Para acabar con la inseguridad, en la que hay que incluir al «gatillo fácil», a las torturas en las comisarías, a los atropellos cotidianos, a los manoseos y agresiones de la burocracia del Estado y, naturalmente, a toda la gran delincuencia que no podría existir siquiera sin protección oficial; para acabar con esto sería necesario disolver a todos los aparatos represivos sin excepción y poner en comisión a todo el poder judicial.


Pero no será el régimen actual el que promoverá su reestructuración sobre nuevas bases sociales.


Por eso, cuando los piqueteros ganan las calles; cuando los obreros hacen huelga; cuando los activistas recuperan sindicatos; cuando la izquierda gana los centros de estudiantes; cuando todo el pueblo protesta contra la confiscación de que es objeto, no hay simplemente una reivindicación particular.


Hay un movimiento que, si adquiere un carácter de conjunto, será que el que hará la transformación que los trabajadores y el pueblo explotado necesitan.

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