06/06/1995 | 450

No hay que pagar… ¡La deuda!

¿Se acuerda cuando en marzo, Cavallo “salvó” a la Argentina reuniendo un pa­quete de “ayuda” extranjera y “patrióti­ca” por 11.000 millones de dólares?


Pues simplemente no ha quedado nada, porque toda esa inmensa fortuna fue a parar al pago de la deuda externa, al res­cate de bancos quebrados y a la corruptela preelectoral. “Argentina ya se gastó toda la ayuda externa”, titula, con mu­cha demora, (Ámbito Financiero 2/6).


¿Qué significa esto? Sencillamente, que la bancarrota oficial que se procuró disi­mular en marzo, es ahora oficial. Cavallo acaba de anunciar que la Caja del Estado sólo cumplirá puntualmente con el pago del capital y de los intereses de la deuda pública, postergando sin límite los pagos a los empleados públicos, las transferencias las provincias, la cancelación de deudas con los proveedores e incluso el abono de las miserables jubilaciones.


Más allá del golpe descomunal que esto significa para los trabajadores en forma directa, el régimen financiero de emergen­cia que se acaba de anunciar significará un agravamiento de la recesión económica, con las consiguientes suspensiones y des­pidos. El gobierno pretende retrasar aún más el pago a sus proveedores, lo que redundará en una mayor contracción del Arcado interno.


La “emergencia financiera” de Menem y Cavallo desnuda en forma brutal el fraude que significaron las elecciones del 14 de mayo. El 50% de los votos a Menem consagró la victoria de la Bolsa contra pueblo y por eso es que éste debe pagar ahora las cuentas de aquélla.


Pero no por eso la Bolsa está tranquila, los especuladores sencillamente se preguntan si, al final, la cesación de pagos no los alcanzará a ellos. No es casual que los valores en la Bolsa se encuentren hoy en la mitad del punto máximo que alcanzaron en 1992. El derrumbe del “plan” Cavallo no podría ser más completo.


La crisis comercial e industrial ha tri­plicado el número de quiebras con respecto al año pasado. Esto explica que la «estabi­lización» no provoque ya la euforia de antes, toda vez que el no aumento del promedio de los precios solamente está reflejando el derrumbe del poder adquisi­tivo de la población y la espectacular caída de las inversiones.


Las “malas noticias” nunca vienen solas. El “argentino que pronosticó la crisis mexicana” acaba de prever un nuevo desplome en México, debido a la bancarrota en que se encuentran la indus­tria y los bancos. Con relación a Brasil, la reciente renuncia del presidente del Banco Central de ese país ha sido interpretada unánimemente como el preaviso de la de­valuación del real.


Es incuestionable que la terminación del “boom” especulativo de 1990-93, está llevando a naciones enteras a la lona. A los teóricos del capital no se les ha ocurrido mejor cosa, ante la magnitud de la crisis, que preparar una ley mundial de quiebras, para aplicarla a los Estados.


El mismo señor que la prensa ha coinci­dido en presentar como oráculo de la eco­nomía latinoamericana, sólo ve como sali­da una depresión económica aguda, que permita reducir aún más los salarios y el valor de los activos industriales. De este modo, sostiene, se lograría atraer de nuevo al capital extranjero. Una verdadera ca­tástrofe.


Cavallo ya no puede alegar el “efecto tequila” para justificar el estado de emer­gencia del Estado. Ha quedado, como se dice, desnudo. No ha revolucionado, como pretende, a la Nación—la ha hundido y la sigue hundiendo.


¿No sería más barato, preguntamos, de­jar de pagar la deuda externa? La hipoteca oficial representa unos 16.000 millones de dólares anuales, que podrían ser destina­dos a los trabajadores y a la recuperación de la economía. El hecho de que no pueda ser refinanciada, está probando que no atrae al capital extranjero sino que lo ahu­yenta. La prioridad de su pago no atiende a razones económicas sino a razones capi­talistas. El gobierno, el régimen político actual y hasta el propio orden social depen­den del apoyo político de la banca interna­cional y de la gran burguesía nativa.


¿En qué consiste la soberanía de un país? No en el ejercicio del voto, sino en el superávit de su Tesoro. No se encuentra en la urna sino en la deuda pública. Muchos gobiernos sobrevivieron a votaciones des­favorables, casi ninguno a la cesación de pagos. No es muy democrático, pero así es la realidad del capitalismo. Menem ganó el 14 de mayo, pero para sobrevivir necesita pagar la deuda externa, aunque para ello Argentina se venga abajo.


Ahora se puede entender mejor por qué se movilizan los estudiantes, los docentes, los profesionales de la salud o los metalúr­gicos: porque el gobierno necesita arancelizar la educación, bajar salarios y reducir a cero el gasto social, con la finalidad de pagar la deuda externa.


Lo demás es verso.


¿No hay plata para pagar? ¡No pague­mos entonces la deuda externa!


Argentina no tiene gobierno, sólo una banda de martilieros públicos.


Que se vayan.

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