16/07/1998 | 593

¿Plebiscito contra Menem o cortina de una capitulación?

La crisis política que se desató luego de que Duhalde anunciara la convocatoria a un plebiscito contra la re-reelección en la provincia de Buenos Aires, ha confirmado dos postulados fundamentales de la línea editorial de Prensa Obrera. La primera es que, contrariamente a la opinión de la totalidad de la prensa y contrariamente a la caracterización de la situación política que hacía la izquierda democratizante, no era cierto que el proceso electoral con vistas al 99 había comenzado con dieciocho meses de anticipación, ni tampoco que el cuadro político estaba definitivamente congelado en la actual polarización entre el gobierno menemista y la Alianza. Semejante interpretaciónconvenía perfectamente a tendencias políticas como las representadas por las burocracias de la CTA y del MTA, que ya habían jugado el destino de sus organizaciones a secundar a la alianza entre la UCR y el Frepaso. También servía a los partidos de izquierda que pretendían armar un ‘espacio’ en la primera vuelta de las elecciones para pasar a votar a la Alianza en el segundo turno. Ahora, en cambio, está definitivamente claro que las condiciones del proceso electoral y las características que llegara a tener la campaña electoral, no estaban todavía clarificadas, pues dependían, primero, del estallido de la crisis que se venía incubando en el peronismo y, luego, de la naturaleza de su desenlace —con el agregado de las consecuencias que esto habría de provocar en el destino del desavenido matrimonio aliancista. En tales condiciones, lejos de adaptarse al engañoso electoralismo de los partidos oficiales, la crisis en el conjunto de la política patronal debía ser aprovechada para llamar a las organizaciones obreras que históricamente fueron el furgón de cola del peronismo, a que rompieran con éste y con la Alianza para formar unpartido obrero.


El segundo postulado de este periódico que también ha sido confirmado por los acontecimientos es la enorme posibilidad de que se produjera una división del peronismo. Señalamos esta perspectiva en el balance político que hicimos inmediatamente después de las elecciones, repetido luego en varias oportunidades y ratificado recientementeen el IXº Congreso del Partido Obrero. La posibilidad de una división sería la consecuencia del agotamiento del gobierno peronista y, por sobre todo, de la manifiesta tendencia opositora al gobierno de parte de las masas que habían votado al menemismo, incluso en el 95. Consecuentemente, el llamado a formar un partido obrero pretendía explotar una tendencia objetiva a la descomposición de la política patronal (incluida la menemización y crisis de la Alianza) con una tendencia subjetiva de los trabajadores a romper con el gobierno actual. En lugar de un ‘espacio de izquierda’ en las orillas de la polarización patronal, el Partido Obrero destacó esta descomposición de la política patronal (y los enormes perjuicios que causaba al pueblo, conjuntamente con la crisis económica mundial), para disputar la atención, el interés y la confianza de la clase obrera y de sus organizaciones en favor de una política y una organización clasistas y revolucionarias.


Qué dicen la gran patronal y los yanquis


La convocatoria de Duhalde al plebiscito bonaerense detonó una crisis que habría saltado de cualquier manera, ya que no faltaban pretextos, causales u ocasiones para ello. La podía haber provocado un fallo de la Corte, el enjuiciamiento de Cavallo, la ronda de plebiscitos en otras provincias, las internas del justicialismo o cualesquiera otras, incluidos un derrumbe financiero. El planteo de Duhalde no llega a ser estrictamente una novedad, ya que una idea similar la había propuesto el radical García Arecha hace pocas semanas e incluso el semanario trespuntos anticipó el plebiscito de Duhalde en su edición del 1º de julio («Plan B de Duhalde»).


Como señalamos desde aquí en varias ocasiones, detrás de la disputa entre Menem y Duhalde existen fuertes intereses económicos. El Citibank viene copando las telecomunicaciones gracias a la Corte Suprema menemista; lo mismo ocurre en el plano financiero. El menemismo está decididamente a favor de la privatización de los tres grandes bancos del Estado, los que irían a parar a manos extranjeras. El presidente del BankBoston acaba de declarar aAmbito (25/6) que «pocas veces hubo como hoy tanta coincidencia entre los banqueros y el Presidente». Duhalde, en cambio, está asociado con bancos europeos como el Santander en la AFJP Orígenes, la que acaba de pasar al primer lugar luego de haber comprado la AFJP Claridad. No es casual entonces que mientras el Citi y sus aliados respalden la re-reelección (La Nación, 9/7), el banco español Santander, que compró el Río el año pasado, informe que «un tercer mandato dañará la joven democracia argentina» (Perfil, 17/6). Ahora parece haber madurado otro enfrentamiento, en torno a la industria automotriz, en el que Menem apoya a las terminales, que reclaman facilidad para importar de sus filiales extra-Mercosur, en tanto que Duhalde defiende a siderúrgicos y autopartistas en el mercado nacional del automóvil.


El problema de la maniobra plebiscitaria de Duhalde es, sin embargo, que aunque las grandes patronales puedan tener sus fichas en diferentes tableros con respecto a la re-reelección, ninguna está dispuesta a crear una crisis políticaque abrevie el mandato de Menem. Pero esto es lo que podría llegar a ocurrir si tiene lugar el plebiscito y Menem pierde, visiblemente, ‘como en la guerra’. El seudo-opositor La Nación llega a hablar de «La irreflexiva decisión de Duhalde» o de «La insólita decisión de Duhalde»; al final, pide «un mínimo de gesto de grandeza o de renunciamiento», o sea que los dos se bajen del caballo. Los intereses norteamericanos se manifestaron de la misma manera. La banca de inversión Goldman Sachs advirtió sobre «la tensión que generan las disputas por las candidaturas» (BAE, 15/7) y, según The Wall Street Journal (15/7), «a los funcionarios e inversionistas de EE.UU. les preocupa que la Argentina proceda con un proceso legal y justo…» y que un intento de reelección «debe ser completamente legal y constitucional». Incluso el menemista Cheek, ex embajador de Estados Unidos, se ofreció a mediar entre Menem y Duhalde, porque —dijo— «Para el inversionista extranjero lo importante es respetar la Constitución» (Perfil, 15/7). Para otro menemista, el ya citado del BankBoston, «Sería mucho mejor que este tembladeral político no existiera» (ídem, 14/7).


A Duhalde no «le da el cuero»


Que el conjunto de la gran burguesía se opone a la realización del plebiscito bonaerense por temor a que pueda producir un acortamiento del mandato de Menem, lo demuestra mejor que nada la decisión de la Alianza, que en todas las cosas busca sintonizar con los intereses de ‘gobernabilidad’ que reclama el imperialismo, de rechazar un plebiscito similar para la capital federal. De la Rua fue el primero en advertir que un resultado negativo en la provincia podría dejar a Menem sin capacidad para gobernar en lo que resta de su mandato.


Es claro, a partir de esto, que la burguesía pondrá en juego los mecanismos políticos y económicos necesarios para que Duhalde desconvoque el plebiscito, a cambio de algún tipo de concesión que, en caso extremo, puede ser la de neutralizar la re-reelección. Duhalde, por su lado, es incapaz de ir más allá de los límites que le fijan estos intereses.El nacionalismo patronal no tiene ninguna intención de liderar una pueblada o de colocarse por encima de los intereses prácticos de los grandes capitalistas. Duhalde ya insinuó su línea de capitulación cuando declaró que»con el partido pueden hacer lo que quieran, pero con la Constitución, no». Duhalde es incapaz de romper con el menemismo sobre la base de un programa. La incapacidad de Duhalde para llevar adelante una lucha consecuente contra el menemismo, es una demostración adicional de que el peronismo necesita ser superado mediante la construcción de un partido de trabajadores.


Es clarificador, en este sentido, lo que dice Rosendo Fraga, un vocero político de los grandes capitales, en Ambito(14/7). Para la continuidad de la política menemista, señala, los grandes inversores reclaman que Menem tenga el control del PJ y de las bancadas justicialistas del Congreso. Se armaría de este modo una suerte de ‘cohabitación’para el caso de que la Alianza gane en el 99 —lo que también valdría si Duhalde consiguiera ser candidato y ganara. Lo que plantea Fraga es exactamente lo que se dispone a hacer Menem al convocar al congreso del PJ: quedarse con el control del aparato para más allá del 2000. La posibilidad de insistir con la re-reelección dependerá de la amplitud de la capitulación de Duhalde, del desarrollo de la crisis en la Alianza y, lo más importante de todo, del desarrollo de la crisis capitalista mundial y de la lucha de las masas.


Significado general


Los acontecimientos de esta semana no son más que otra fase de la crisis política abierta con el fracaso del plan Cavallo y la destitución de éste. El llamado plan económico no supera la enorme hipoteca económica que pesa sobre Argentina, ni aún después de haber rematado todo el patrimonio público y buena parte de los capitales privados. Al igual que en todas las llamadas crisis de la deuda del pasado, sólo hace falta un detonante para precipitar una fuga de capitales y la bancarrota económica. Solamente los capitales extranjeros logran refinanciar sus deudas externas, los nacionales no tienen crédito. Pero a diferencia del pasado, la amplitud de la crisis internacional presente se ha comido todo el capital prestable del FMI, el cual sólo pudo ofrecer 10.000 millones de dólares durante esta semana a Rusia, tomando él mismo deuda en el mercado internacional.


La potencialidad de la crisis económica convierte al duhaldismo o a la Alianza en alternativas inseguras frente al menemismo, no por una diferencia de política sino porque el menemismo ha demostrado una alta capacidad de control sobre todo el aparato que hace funcionar al Estado, desde la manipulación del Congreso y la Corte hasta la burocracia sindical, los gobernadores, el partido oficial, los intendentes y gran parte del clero.


Pero la continuidad de este gobierno de camarilla choca con las características del régimen democrático, incluso las más superficiales como las elecciones. El menemismo no tiene condiciones de obtener una mayoría electoral y su capacidad para regimentar las elecciones está condicionada por las contradicciones entre los propios grandes capitalistas. El empantanamiento del menemismo y de sus opositores expresa una crisis del régimen político, que debería ‘democratizarse’ si quiere dar cabida a un gobierno de centro-izquierda, o pasar a un régimen de partido único si quiere preservar intocable el aparato del menemismo.


Duhalde ha sido socio de la política menemista durante una década, por eso su propuesta de plebiscito no ha provocado ninguna movilización popular. Se trata de una capitulación anunciada, dada su condición de rehén de la gran patronal y del imperialismo, que no tienen ningún interés en desestabilizar al gobierno. La Alianza no se opone al plebiscito por provenir del duhaldismo sino para evitar que acabe con Menem, que es a lo que responde su consigna de «Ni plebiscito ni re-reelección, Constitución».


La consigna de los trabajadores debe ser Plan de Lucha. Que las organizaciones obreras rompan con el gobierno y con la Alianza y larguen un plan de lucha contra la reforma laboral y los despidos; por un salario mínimo para los desocupados, de 500 pesos; un salario mínimo de 1.200 pesos; el reparto de las horas de trabajo. No a la re-reelección. Fuera Menem-Duhalde. Por un congreso de organizaciones obreras que establezca un plan político y económico al servicio de los trabajadores.

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