12/08/1993 | 398

Qué planteó Altamira

Por Editor

Jorge Altamira tuvo la oportunidad de intervenir en dos ocasiones en las sesiones plenarias del Foro de San Pablo, limitadas a los cinco minutos que fueron asignados para todos los delegados.


La primera intervención estuvo referida a los planteos realizados en los informes introductorios, por parte del representante del PT de Brasil y del PC de Cuba.


Electoralismo y Revolución


Altamira comenzó su intervención preguntando al plenario si estamos en presencia de un “principio” de viraje en las caracterizaciones de la situación mundial y continental respecto a las realizadas en los encuentros anteriores. Ocurre que los informantes presentaron un panorama de “ascenso de las luchas sociales”, “golpes a la dominación neo-liberal”, “crecientes manifestaciones de descontento popular” y hasta la previsión de una “completa modificación en la configuración del mapa político de América Latina”(‘que afectaría el contexto exterior de la Revolución Cubana’), como “consecuencia de las victorias electorales que obtendría la izquierda en los próximos 18 meses” en algunos de los siguientes países: Brasil, Uruguay, México, Nicaragua y Venezuela. El autor de estos conceptos, Marco Aurelio García, del PT, llegó al extremo de decir que “más que nunca estaba planteada una perspectiva anti-capitalista para la izquierda de América Latina”. Ramón Balaguer, del PCC, afirmó, en su informe, que “las contradicciones insalvables del capitalismo crean las condiciones para la reinserción revolucionaria”.


En los tres Encuentros anteriores, la caracterización oficial del Foro (criticada por el PO) había sido harto diferente: ofensiva ininterrumpida del neo-liberalismo, apatía de las masas, destrucción del socialismo en Europa, nuevo orden internacional. El giro en las tesis oficiales, sin admitir en ningún momento el fracaso de los pronósticos previos, estaba reflejando la realidad irrefutable de las caídas de Collor y Andrés Pérez, la crisis terminal en que se encuentran países como México y Brasil, el completo fin  de las ilusiones en que el imperialismo iría a reconstruir Nicaragua, el hundimiento social y político de los regímenes que están intentando restaurar el capitalismo en Europa del este y la ex URSS, y, por fin, la descomunal crisis que está afectando a Estados Unidos, Europa y Japón. En el I° Encuentro, en San Pablo, en 1990, se había negado la existencia misma de esta crisis y hasta se afirmaba que el capitalismo pasaba por una época de extraordinario vigor. En el II° Encuentro, en México, en 1991, se había votado “la integración al nuevo orden mundial”.


Luego de destacar este “principio” de cambio en las caracterizaciones oficiales del Foro (cambio que había pasado completamente desapercibido para el resto de las delegaciones), Altamira denunció las conclusiones que se extraían del nuevo planteo: a saber, posibilidades exclusivamente electorales y, a partir de ellas, posibilidades en lo referente al “desarrollo nacional”, al “crecimiento con distribución” y a la “integración económica”. La perspectiva trazada, incluso en la forma impresionista y no clasista como fue presentada, lleva, dijo Altamira, a otra conclusión: a saber, a la necesidad de que los partidos de la izquierda se preparen para la posibilidad de la emergencia de situaciones revolucionarias, y que no reconocer esta perspectiva llevaría a nuevas traiciones y tragedias como la de la UP de Salvador Allende, en Chile, en 1970-73.


Altamira destacó luego que un triunfo electoral generalizado de la izquierda en América Latina llevaría, no a mayores posibilidades de “desarrollo”, sino a un “encontronazo” con el imperialismo mundial, por lo que el Foro debía pasar a discutir cómo debía prepararse para esta eventualidad.


Al examinar el tema del “desarrollo nacional”, Altamira denunció que se lo concebía sin el desconocimiento de la deuda externa y sin plantear la renacionalización de las empresas privatizadas, lo cual convertía a ese “desarrollo” en una fórmula burguesa más, vacía y ambigua. Con relación a la “integración económica”, denunció que las experiencias del Nafta y del Mercosur revelaban una integración de los monopolios capitalistas  contra los pueblos, y que, en oposición a ellos, había que plantear la “unidad socialista de América Latina”.


Altamira aprovechó el tema de la “integración” para destacar lo que estaba ocurriendo en Uruguay, donde el Frente Amplio y el PIT-CNT se estaban aliando a la Cámara de Industrias (y a la Federación Rural) para reclamar una devaluación de la moneda, que diezmaría aún más el bajo poder adquisitivo de los trabajadores. Con el ejemplo uruguayo, Altamira procuró mostrar que los partidarios de la “integración”  capitalista se convertían en partidarios de  un “nacionalismo” antiguo, apenas los intereses de la burguesía del país eran afectados por la “integración”. Altamira calificó a la propuesta devaluacionista como una “crítica perversa” a la “integración”, que partía de los mismos círculos integracionistas. Insistió, entonces, en el planteo de la “unidad socialista de América Latina”.


Programa y capitulación


La segunda intervención de Altamira se produjo apenas fue distribuido el proyecto de Declaración que se ponía a votación. Altamira anunció su completa oposición al documento en los siguientes términos:


1. A diferencia del I° Encuentro realizado en San Pablo, el proyecto no plantea la perspectiva del socialismo ni siquiera en la forma retórica en que se había efectuado en aquella ocasión. Es decir, que se coloca enteramente en el cuadro de la sociedad capitalista “realmente existente”.


2. Abandona el punto de vista antiimperialista más elemental, al no plantear el no pago de la deuda externa, instrumento fundamental de la gigantesca confiscación efectuada contra los explotados de nuestros países.


3. No denuncia el remate del patrimonio nacional, el cual es la base, además, de todos los ataques contra las conquistas sociales y laborales de las masas. No plantea la reversión de las “privatizaciones”, sin indemnización, a las que toma como un hecho consumado.


4. Se trata de un documento de perspectivas electoralistas, que incluye hasta a Chile, donde el PS, miembro del Foro, gobierna con la democracia cristiana en un régimen común con Pinochet. Esas perspectivas electoralistas pretenden insertarse en un cuadro de “dominación neo-liberal”. No denuncia al Mercosur, ni a la “integración” que se realiza en beneficio de los monopolios capitalistas.


5. No plantea la lucha contra Fujimori y llega al extremo de sintetizar su posición (con la complicidad de la izquierda peruana presente) de esta manera: “ve con preocupación la estructuración de un régimen autoritario y militarizado en Perú que no contribuirá a resolver adecuadamente los graves problemas de ese hermano país”.


6. Altamira repudió el “respaldo” que brinda el proyecto de Declaración a “los esfuerzos que en Centroamérica realizan el FSLN … por fortalecer los procesos de paz”, denunciando el co-gobierno del FSLN con Violeta Chamorro y la represión del ejército sandinista contra innumerables protestas populares y (“en el día de ayer”) contra los “recompas” en Estelí. Altamira fue el único que tocó la cuestión de Estelí en el Foro. Luego, en los discursos de clausura, tanto Daniel Ortega como Fidel Castro se refirieron a estos sucesos para responsabilizar “a la política económica del gobierno” por lo sucedido.


7. El proyecto no denuncia el plan de retorno de Aristide a la presidencia de Haití como una coacción impuesta por el imperialismo.


8. Altamira destacó por último que el pronunciamiento del proyecto contra el bloqueo a Cuba se mantenía “en el campo de la retórica”, ya que no estaba asociado a ninguna política revolucionaria ni a ningún “plan de acción político-práctico”.


Posdata


Lo resumido no agota lo que debía haberse planteado, ni las cuestiones susceptibles de polémica o incluso de grave denuncia, pero sí marcó una posición definida dentro de los cinco minutos asignados a los delegados. En una comisión que sesionó al margen de los plenarios, dedicada a discutir el tema de los “nuevos sujetos sociales”, Altamira caracterizó, también en cinco minutos, a las ponencias presentadas (que respondían casi todas a miembros presentes o pasados del Secretariado Unificado de la IV Internacional), como la expresión de un “socialismo académico y universitario”, que no elabora a partir de las luchas de las masas sino de disquisiciones de gabinete (Los mandelianos pasados o presentes son la principal usina “ideológica”  de las posiciones más extremadamente capituladoras y pro-imperialistas que se escuchan en los Encuentros del Foro de San Pablo).


Altamira destacó en esta comisión, en la cual participaron casi un centenar de delegados, que la democracia, una forma históricamente determinada de la dominación de clase, era la forma más desarrollada de la alienación o enajenación social, la forma extrema de la incapacidad de la sociedad para gobernarse a sí misma. Señaló que la democracia más perfecta no dejaba de ser una “administración de las personas”, es decir un manejo despótico, exterior, de la vida social, y no una mera “administración de las cosas”. Sólo el desconocimiento de esta realidad histórica puede explicar que se repita sin cesar la fórmula, vacía por definición, de “profundizar la democracia”. Para la burguesía, “la libertad de uno termina donde comienza la del otro”, es decir ante la propiedad de los explotadores. Para la burocracia “socialista”, la libertad de cada uno debe estar condicionada “al interés social o general”. Todas estas fórmulas son expresiones de alienación social, de sometimiento del hombre y de la mujer a poderes sociales que les son extraños. No es casual que se repita tan poco el concepto de Marx, según el cual bajo el comunismo “el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos” . Es decir donde cesa la administración de las personas.


Altamira señaló que las fórmulas democráticas encerraban un enorme peligro en un período que puede transformarse en revolucionario, porque pondrían un dique de contención a las masas y ello sería la base de una contrarrevolución burguesa. Ante un planteo izquierdista que exigía que se luchara por la democracia sin portar ninguna ilusión sobre una supuesta democratización de los aparatos represivos, Altamira destacó que el peligro de las ilusiones democráticas no residía en esos aparatos que el pueblo conoce, sino en los gobiernos democratizantes, que pueden, si esas ilusiones no se superan, paralizar mortalmente el movimiento de lucha de los trabajadores.

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